CAPÍTULO 94 — Una tarde cualquiera
Una tarde cualquiera
La tarde avanzó sin que ninguno se diera cuenta.
Después del café, la conversación había continuado de manera tranquila.
La madre de Julián se levantó para preparar algo de comer y Milena volvió a ofrecerse para ayudar.
—No, esta vez no.
—¿Por qué?
—Porque ya hiciste suficiente por hoy.
Milena sonrió.
—Pero puedo ayudar.
—Puedes sentarte y descansar.
Julián intervino desde el sofá.
—Hazle caso.
Milena lo miró.
—¿Tú también?
—Sí.
—Ya entendí quién manda aquí.
Su madre soltó una carcajada.
—Nadie manda. Pero siéntate.
Milena obedeció.
Julián se acomodó a su lado.
Su padre permanecía en el otro extremo de la sala, hojeando un periódico.
Durante unos minutos nadie dijo nada.
No era un silencio incómodo.
Era simplemente una tarde tranquila.
Hasta que la madre de Julián apareció nuevamente.
—Julián, ven a ayudarme con esto.
Él se levantó.
—¿Qué necesitas?
—Alcanza la bandeja de arriba.
Julián caminó hacia la cocina.
Milena lo siguió con la mirada.
Su padre levantó los ojos del periódico.
—No te preocupes.
Milena lo miró.
—¿Por qué?
—Por él.
Ella sonrió.
—No estoy preocupada.
—Bien.
El hombre volvió al periódico.
—Aunque probablemente dentro de un rato tu paciencia sí lo esté.
Milena soltó una pequeña risa.
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Un rato después, los cuatro estaban nuevamente en la sala.
La madre de Julián había preparado algo sencillo para acompañar el café de la tarde.
Milena tomó un pedazo.
—Está delicioso.
—Gracias.
—¿Siempre cocina usted?
—Cuando puedo.
Julián intervino: —Y cuando no puede, también.
Su madre lo miró.
—No empieces.
Milena rio.
—¿Qué?
—Nada.
—Eso significa que hay una historia.
Julián negó con la cabeza.
—No preguntes.
—Ahora tengo que preguntar.
Su padre dejó el periódico sobre sus piernas.
—Mejor no.
—¿Ven? —dijo Milena—. Definitivamente hay una historia.
Los tres comenzaron a reír.
Julián la miró.
—Te estás adaptando demasiado rápido.
—¿Eso es malo?
—No.
Sonrió.
—Creo que es bueno.
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Más tarde, el padre de Julián salió al pequeño patio.
Julián lo acompañó.
Milena permaneció dentro con su madre.
Hablaron de cosas sencillas.
De la casa.
De algunas plantas.
De una vecina que siempre llegaba sin avisar.
Hasta que la madre de Julián la miró.
—Me alegra que hayas venido.
Milena sonrió.
—A mí también.
—Julián no suele traer a nadie.
Milena bajó ligeramente la mirada.
—Lo sé.
—Por eso me sorprendió verte esta mañana.
Milena sonrió.
—A mí también me sorprendió un poco estar aquí.
Su madre rio.
—¿Estabas nerviosa?
Milena soltó una pequeña risa.
—Muchísimo.
—No se notó.
—Eso es porque estaba haciendo un gran esfuerzo.
Ambas rieron.
—Pero puedes estar tranquila —dijo su madre—. Me caes muy bien.
Milena sonrió.
—Gracias.
La mujer la observó unos segundos.
—Ahora entiendo algunas cosas.
—¿Cuáles?
—Por qué Julián se ve diferente.
Milena se quedó callada.
—No sé si eso sea bueno.
—Lo es.
La mujer sonrió.
—Hace tiempo que no lo veía así.
Milena no respondió.
Solo sonrió.
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Cuando Julián regresó, encontró a las dos conversando.
—¿De qué hablan?
Su madre respondió inmediatamente: —De ti.
—Eso nunca es bueno.
Milena rio.
—No te preocupes.
—Ahora estoy más preocupado.
Su madre se levantó.
—Voy a terminar la cena.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Milena.
—No.
Julián la miró.
—¿Ves?
Milena le dio un pequeño golpe en el brazo.
—No te metas.
Julián sonrió.
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La tarde continuó así.
Sin grandes acontecimientos.
Sin conversaciones importantes.
Solo pequeños momentos.
Julián ayudando a su padre a revisar algo en el patio.
Milena hablando con su madre en la cocina.
Los cuatro compartiendo café.
Una discusión absurda sobre qué película ver esa noche.
Y una cena que terminó siendo mucho más larga de lo que habían planeado.
En algún momento, Milena observó a Julián desde el otro lado de la mesa.
Lo vio reírse de algo que había dicho su padre.
Después discutir con su madre por una tontería.
Luego levantarse para llevar los platos.
Era diferente.
No porque fuera otra persona.
Sino porque ella estaba viendo una parte de él que hasta entonces solo había conocido a través de pequeñas historias.
El hijo.
El niño que alguna vez había desarmado un reloj.
El hombre que ahora discutía con su madre sobre quién debía recoger la mesa.
Y por primera vez desde que había llegado, Milena dejó de pensar en que estaba conociendo a los padres de Julián.
Simplemente sintió que estaba pasando una tarde con ellos.
Como si llevaran mucho más tiempo allí.
Como si, por unas horas, aquella casa también pudiera ser un lugar donde ella perteneciera.