CAPÍTULO 93 — Lo que todavía queda por conocer
Lo que todavía queda por conocer
El almuerzo había terminado.
La madre de Julián comenzó a recoger los platos.
Milena se levantó inmediatamente.
—Déjame llevar esto.
—No, querida. Tú eres la invitada.
—Precisamente por eso quiero ayudar.
—No hace falta.
Milena tomó uno de los platos antes de que ella pudiera detenerla.
—De verdad, no me molesta.
Julián sonrió.
—Déjala que te ayude, mamá. Ya la conozco y se va a sentir mal si no la dejas.
Su madre lo miró.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Entonces ya veo quién manda aquí.
Milena soltó una pequeña risa.
—No, señora. No es eso.
—Déjala —dijo el padre desde la mesa—. Si quiere ayudar, que ayude.
La madre terminó por rendirse.
—Está bien.
Entre los tres llevaron los platos a la cocina.
Unos minutos después regresaron a la sala.
La madre de Julián preparó café y cada uno tomó una taza.
La conversación continuó con la misma tranquilidad que había tenido durante el almuerzo.
Hablaron de cosas sencillas.
De la casa.
De la universidad.
De algunos lugares que Julián les había contado que quería visitar.
Hasta que su madre miró a Milena.
—Hay algo que me da curiosidad.
—¿Qué cosa?
—Tu trabajo.
Milena sonrió.
—¿Mi trabajo?
—Sí. Nunca había tenido la oportunidad de conversar con alguien que se dedicara a la psiquiatría.
—Es una profesión bastante particular.
—Eso mismo pienso.
Milena tomó un sorbo de café.
—¿Qué quiere saber?
—¿Qué es lo que más te gusta de lo que haces?
Milena pensó unos segundos.
—Creo que conocer a las personas.
Julián la miró.
—Eso sí te gusta.
—Mucho.
Ella sonrió.
—Me parece fascinante que dos personas puedan vivir situaciones parecidas y reaccionar de maneras completamente diferentes.
El padre de Julián asintió.
—Supongo que cada persona tiene una forma distinta de entender lo que le pasa.
—Exactamente.
Milena dejó la taza sobre la mesa.
—Y eso es algo que aprendes con el tiempo. Al principio puedes creer que conoces muy bien a una persona porque sabes cómo piensa, qué le gusta, cómo suele reaccionar.
Hizo una pequeña pausa.
—Pero después ocurre algo diferente y descubres una parte que no habías visto.
La madre de Julián la observó.
—¿Y eso también pasa con las personas que amas?
Milena sonrió.
—Sobre todo.
Julián permaneció en silencio.
—Cuando empezamos una relación con alguien —continuó Milena—, conocemos ciertas cosas. Sus gustos, sus costumbres, su forma de pensar... pero no sabemos cómo va a reaccionar cuando la vida cambie.
Miró a Julián.
—Tampoco sabemos cómo vamos a reaccionar nosotros.
Julián sostuvo su mirada.
—Creo que por eso no espero conocerlo completamente.
Su madre sonrió.
—¿A Julián?
Milena asintió.
—Sí.
—Pero ya llevan un tiempo juntos.
—Y precisamente por eso sé que todavía me falta mucho por conocer.
Julián sonrió.
Milena continuó: —Creo que conocer a una persona no significa llegar a un punto en el que ya sabes todo de ella.
Hizo una pequeña pausa.
—Cuando empezamos una relación tenemos claro que no conocemos todo. No sabemos cómo vamos a reaccionar cuando cambien las circunstancias, ni qué cosas pueden aparecer con el tiempo.
Miró nuevamente a Julián.
—Y creo que conocer o dejar que una persona te sorprenda en sus acciones, dependiendo de las circunstancias, también es parte de una relación.
La madre de Julián la escuchaba atentamente.
—¿No te da miedo descubrir algo que no esperabas?
Milena pensó unos segundos.
—Claro que da miedo.
Sonrió.
—Pero también creo que esa es una de las mejores partes.
—¿Por qué?
—Porque una persona puede sorprenderte.
Julián bajó ligeramente la mirada.
—No necesariamente porque cambie, sino porque las circunstancias pueden mostrarte partes de ella que todavía no conocías.
El padre de Julián había permanecido en silencio.
Milena continuó: —Creo que cuando quieres a alguien también tienes que darle espacio para seguir siendo una persona que puede sorprenderte.
Hizo una pequeña pausa.
—No puedes decidir de antemano quién es, ni pensar que porque ya conoces una parte de esa persona ya conoces todas las demás.
El padre dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—Tienes toda la razón.
Los tres lo miraron.
Él sonrió.
—Imagínate. Llevo más de treinta años casado y todavía me falta conocer a mi esposa.
Su mujer soltó una pequeña risa.
—¿Todavía te falta?
—Claro.
La miró.
—Cada vez que la vida cambia, descubro algo nuevo.
Ella negó con la cabeza, sonriendo.
—Después de más de treinta años.
—Precisamente.
El hombre volvió la mirada hacia Milena.
—Uno puede pasar toda una vida al lado de alguien y aun así encontrar una parte que nunca había visto.
Milena sonrió.
—Eso es lo que pienso.
Julián permanecía callado.
Escuchaba a los tres.
Pero había algo en las palabras de Milena que se quedó con él.
No porque fueran nuevas.
Sino porque ella estaba hablando de la relación que estaban construyendo de una manera que él nunca había pensado.
Ella no pretendía tener todas las respuestas sobre él.
No necesitaba hacerlo.
No estaba intentando convertirlo en una persona que pudiera comprender por completo.
Simplemente quería seguir descubriéndolo.
Y quizá eso era mucho más importante que creer que ya lo conocía.
La madre de Julián tomó nuevamente su café.
—Entonces supongo que nunca terminamos de conocer realmente a nadie.
Milena sonrió.
—Quizá no.
—¿Y eso no te parece agotador?
Milena negó con la cabeza.
—No.
Miró a Julián.
—Me parece bonito.
Julián sonrió.
—¿Bonito?
—Sí.
Ella sostuvo su mirada.
—Porque significa que todavía puede haber algo nuevo.
Julián la observó unos segundos.
—Entonces tendremos que seguir descubriéndonos.
Milena sonrió.
—Eso espero.