Perdida CAPÍTULO 92 — Entrar en su mundo
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CAPÍTULO 92 — Entrar en su mundo

Entrar en su mundo

Julián llamó a la puerta.

Pasaron unos segundos.

Se escucharon pasos desde el interior.

La puerta se abrió.

La madre de Julián apareció con una sonrisa.

—¡Julián!

Lo abrazó con cariño.

—Hola, mamá.

—Pensé que llegarías más tarde.

—El camino estuvo tranquilo.

Ella se apartó un poco para mirarlo.

—Déjame verte.

Julián sonrió.

—Estoy bien.

—Eso ya lo veo.

Entonces su mirada pasó por encima del hombro de su hijo.

Y se detuvo.

Milena estaba allí.

Durante un instante, la expresión de la mujer cambió.

No fue rechazo.

Fue sorpresa.

Una sorpresa sincera.

Julián lo notó.

—Mamá, ella es Milena, mi novia.

Milena sonrió.

—Mucho gusto.

La mujer tardó apenas un segundo en reaccionar.

—Oh...

Miró nuevamente a su hijo.

Después volvió a mirar a Milena.

—Mucho gusto, querida.

Le tomó las manos con afecto.

—Qué alegría conocerte.

Milena sonrió, un poco nerviosa.

—Para mí también es un gusto.

La madre volvió a mirar a Julián.

No dijo nada.

Pero aquella mirada llevaba una pregunta completa.

Julián la conocía demasiado bien.

—Mamá...

Ella sonrió.

—No he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

—Después hablamos.

Milena soltó una pequeña risa.

—Espero no estar interrumpiendo.

—¡Claro que no! —respondió rápidamente la mujer—. Pasen, pasen.

Se hizo a un lado.

Julián entró primero.

Milena lo siguió.

Al entrar, sintió una sensación extraña.

No era simplemente una casa.

Era el lugar donde Julián había crecido.

Las fotografías familiares estaban en las paredes.

Algunas eran antiguas.

En una de ellas aparecía un Julián mucho más joven.

Milena se detuvo un instante.

Julián la vio.

—No empieces.

Ella sonrió.

—No he dicho nada.

—Pero estás pensando.

—Aprendí del maestro.

Julián soltó una pequeña risa.

Su madre los observó.

Y volvió a sonreír.

--- El padre de Julián apareció desde el fondo de la casa.

—¿Ya llegó? —Sí —respondió su esposa. El hombre se acercó.

Miró primero a su hijo. Después a Milena.

Julián se adelantó. —Papá, ella es Milena, mi novia.

Milena extendió la mano. —Mucho gusto. El hombre la estrechó con una sonrisa tranquila.

—Igualmente. No hizo preguntas. No mostró la sorpresa que había mostrado su esposa.

Solo la observó durante unos segundos antes de decir: —Bienvenida.

—Gracias. Julián miró a su padre. —¿Todo bien?

—Todo bien. El hombre volvió a mirar a Milena.

—Así que tú eres Milena. Ella sonrió. —Sí.

—He escuchado hablar de ti. Milena miró a Julián.

Él levantó las manos. —No he dicho nada malo.

Su padre soltó una pequeña risa. —Eso todavía está por comprobarse.

Julián negó con la cabeza. —Gracias por la confianza.

La madre intervino. —Déjenlos entrar tranquilos.

—Estoy entrando —respondió Julián. —Pues entra mejor.

Milena rio.

La tensión comenzó a desaparecer.

---

Poco después se sentaron a conversar.

La madre de Julián quería saber cómo se habían conocido.

Milena respondió con naturalidad.

Contó cómo habían comenzado a acercarse.

Julián añadió algunos detalles.

Cada cierto tiempo sus padres intercambiaban miradas.

No eran incómodas.

Eran miradas de padres que estaban intentando comprender algo nuevo.

Porque para ellos Julián seguía siendo su hijo.

Pero aquel día estaban conociendo una parte de su vida que no habían visto.

La relación que había construido lejos de ellos.

---

El almuerzo comenzó poco después.

La conversación se volvió más relajada.

Hablaron de la universidad.

De la familia de Milena.

De algunos lugares que habían visitado.

La madre de Julián hacía preguntas constantemente.

—¿Y trabajas cerca de la universidad?

—Sí.

—¿Siempre quisiste ser médica?

—Desde hace bastante tiempo.

—¿Y tienes hermanos?

—Sí. Tengo un hermano mayor, Ernesto, una hermana mayor, Sandra, y una hermana menor, Sofía.

—¿Tres hermanos?

—Sí.

—Entonces debes estar acostumbrada a tener la casa llena.

Milena sonrió.

—Bastante.

Julián intervino.

—Mamá.

—¿Qué?

—La vas a cansar.

—Estoy conversando.

Milena sonrió.

—No se preocupe. No me molesta.

La mujer la miró satisfecha.

—¿Ves?

Julián negó con la cabeza.

—Ya encontraste una aliada.

—Eso parece.

El padre sonrió desde el otro lado de la mesa.

—Déjala. Hace mucho que no tiene alguien nuevo a quien interrogar.

—¡No estoy interrogando a nadie!

Milena rio.

Julián también.

La conversación continuó.

Poco a poco, Milena comenzó a sentirse más cómoda.

Ya no pensaba tanto en qué decir.

Simplemente hablaba.

Y eso era precisamente lo que Julián le había pedido.

Que fuera ella misma.

---

En algún momento, la conversación llegó a la infancia.

—Julián siempre fue curioso —comentó su madre.

Milena sonrió.

—Eso todavía lo es.

Julián la miró.

—¿Vas a empezar?

—No.

El padre dejó los cubiertos sobre la mesa.

—Espera.

Miró a Milena.

—Hay una historia que tienes que conocer.

Julián cerró los ojos por un instante.

—Papá.

—¿Qué?

—No.

Su padre sonrió.

—Te voy a contar la historia del reloj.

Milena levantó ligeramente las cejas.

—Ah, el reloj que desarmó.

El hombre se quedó quieto.

Miró a Julián.

Después volvió la mirada hacia Milena.

—¿Ya te contó la historia?

Milena miró a Julián.

—Sí.

El padre soltó una pequeña risa.

—Ah.

Julián bajó la mirada.

—Te dije que tenía una versión mucho peor.

—Entonces será mejor que la escuche —dijo Milena.

El padre se acomodó en la silla.

—Bueno...

Miró a su hijo.

—Primero hay que aclarar que este señor siempre ha sido demasiado curioso.

Julián negó con la cabeza.

—Tenía nueve años.

—Eso no lo hace menos culpable.

Milena comenzó a reír.

El padre continuó contando la historia.

Habló del reloj de bolsillo de su padre.

De cómo había desaparecido de su lugar.

De cómo encontró a Julián sentado en el suelo con todas las piezas frente a él.

Y de la cara que puso cuando descubrió que su hijo no sabía cómo volver a armarlo.

Milena escuchaba divertida.

Julián permanecía en silencio.

—¿Y sabes qué fue lo peor? —preguntó su padre.

Milena sonrió.

—¿Qué?

—Que cuando le pregunté por qué lo había hecho, me respondió con toda tranquilidad que quería saber cómo funcionaba.

Milena miró a Julián.

—Eso sí me lo contó.

El padre volvió a mirarlo.

Después miró a Milena.

Su expresión cambió apenas.

No dijo nada.

Pero había algo distinto en su mirada.

Como si acabara de comprender que aquella mujer no solamente conocía al Julián que todos veían ahora.

También había comenzado a conocer al niño que había sido.

Julián levantó la mirada y encontró los ojos de su padre.

Por un instante ambos se entendieron sin necesidad de decir nada.

El padre sonrió.

—Bueno, supongo que ya tienes una versión bastante completa.

Milena negó suavemente con la cabeza.

—No sé si completa.

Julián la miró.

Ella sonrió.

—Todavía me faltan muchas historias.

Su padre la observó unos segundos.

Después asintió.

—Eso sí.

La conversación continuó.

Y poco a poco, el almuerzo dejó de sentirse como una presentación formal.

Se convirtió simplemente en una comida familiar.

Milena ya no estaba sentada frente a los padres de su pareja intentando causar una buena impresión.

Estaba sentada con ellos.

Conversando.

Riéndose.

Escuchando historias.

Y Julián, mientras la observaba, sintió algo que no había experimentado antes.

No estaba intentando encajar dos partes de su vida.

Por primera vez, ambas estaban compartiendo la misma mesa.