CAPÍTULO 91 — El camino hasta casa
El camino hasta casa
El sábado llegó más rápido de lo que Milena esperaba.
Desde que había acordado conocer a los padres de Julián, había intentado no pensar demasiado en ello.
No lo consiguió.
Durante toda la mañana tuvo aquella sensación extraña en el estómago.
No era miedo.
Era nerviosismo.
Después de cambiarse de ropa un par de veces, finalmente decidió dejar de buscar qué ponerse.
—Ya está —murmuró frente al espejo.
Tomó su bolso y salió.
Julián llegó unos minutos después.
Cuando Milena abrió la puerta, él la observó durante un instante.
—Hola.
—Hola.
—¿Lista?
Milena tomó aire.
—Creo que sí.
Julián sonrió.
—Eso sonó preocupante.
—No estoy preocupada.
—¿Segura?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué tienes esa cara?
Milena frunció el ceño.
—¿Qué cara?
—La de alguien que está a punto de presentar un examen.
Ella soltó una pequeña risa.
—No me ayuda que me digas eso.
—Solo estaba comprobando.
Milena cerró la puerta detrás de ella.
—¿Y tú estás tranquilo?
Julián guardó silencio durante un segundo.
—Un poco nervioso.
—¿Tú?
—Sí.
Milena sonrió.
—Eso me tranquiliza.
—¿Por qué?
—Porque pensé que era la única.
Julián tomó las llaves.
—No tienes que preocuparte.
Milena lo miró.
—¿Y si no sé qué decir?
—Tranquila. No te preocupes. Solo tienes que ser tú misma.
Milena levantó ligeramente las cejas.
—¿Por qué crees que eso sea suficiente?
Julián la miró.
—Porque así me conquistaste.
Milena sonrió.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—No recuerdo haber hecho ningún esfuerzo.
—Precisamente.
Ella soltó una pequeña risa.
—Entonces parece que funcionó bastante bien.
—Demasiado bien.
Milena negó con la cabeza.
—Qué presumido.
—Solo estoy diciendo la verdad.
Ella tomó aire nuevamente.
—Bueno. Vamos.
Durante los primeros minutos del camino, Milena permaneció en silencio.
Miraba por la ventana.
Julián conducía tranquilamente.
Después de unos minutos, ella comenzó a hablar.
—¿Sabes que llevo días pensando en cambiar una de mis plantas de maceta?
Julián sonrió.
—¿Eso es lo que estás pensando ahora?
—Sí.
—¿Seguro?
—Completamente.
—Bien.
Milena comenzó a explicarle cuál quería cambiar y por qué.
Julián la escuchó mientras conducía.
Después hablaron de otras cosas.
De la universidad.
De una película que habían visto.
De una situación graciosa que había ocurrido durante la semana.
Milena saltaba de un tema a otro con una rapidez que no era habitual en ella.
Julián lo notó, pero no dijo nada.
La dejó hablar.
Hasta que, después de unos minutos, ella se quedó callada.
—¿Qué pasó? —preguntó él.
—Nada.
—Estabas hablando.
—Ya no.
—Eso lo noté.
Milena sonrió.
—Es que me acordé de que voy a conocer a tus padres.
Julián soltó una pequeña risa.
—Ahí está.
—¿Qué?
—El verdadero motivo de todas esas conversaciones.
—¿Qué conversaciones?
—Las plantas, la universidad, la película…
Milena lo miró.
—Estaba intentando distraerme.
—Lo sé.
—¿Se nota mucho?
—Un poco.
Ella suspiró.
—No puedo evitarlo.
Julián la miró brevemente.
—No tienes que evitarlo.
—Es que quiero causar una buena impresión.
—Lo entiendo.
—Son importantes para ti.
—Sí.
Milena bajó la mirada.
—Por eso.
Julián tomó una de sus manos cuando el carro se detuvo en un semáforo.
—Milena.
Ella lo miró.
—No tienes que llegar allí intentando ser alguien diferente.
—Ya sé.
—Solo quiero que los conozcas.
Ella sonrió.
—Y yo quiero conocerlos.
Julián apretó ligeramente su mano antes de volver a ponerla sobre la palanca.
—Entonces eso es suficiente.
El resto del camino fue más tranquilo.
Milena volvió a hacer preguntas sobre sus padres.
—¿Tu mamá cocina mucho?
—Demasiado.
—¿Y tu papá?
—Come.
Milena soltó una carcajada.
—Eso no responde mi pregunta.
—Es que mi papá tiene una relación bastante seria con la comida.
—Entonces voy a caerle bien.
—Probablemente.
—¿Y tu mamá?
—Ella va a querer saberlo todo.
Milena hizo una pequeña mueca.
—Eso sí me preocupa.
—No tienes por qué.
—¿Y si me pregunta cosas incómodas?
—Le respondes.
—¿Y si no sé qué decir?
Julián sonrió.
—Puedes mirarme.
—¿Y tú qué vas a hacer?
—Salvarte.
—¿Cómo?
—Todavía no lo sé.
Milena rio.
—Excelente plan.
—Estoy improvisando.
Ella volvió a sonreír.
Poco a poco, los nervios comenzaron a mezclarse con algo más parecido a la ilusión.
Iba a conocer una parte de la vida de Julián que hasta ese momento solo había conocido a través de sus historias.
Y aunque seguía sintiendo mariposas en el estómago, ya no quería escapar de ellas.
Después de un rato, Julián disminuyó la velocidad.
—Ya casi llegamos.
Milena miró por la ventana.
No conocía aquel lugar.
Observó las calles mientras el carro avanzaba.
—Es bonito.
—Sí.
—¿Viviste aquí muchos años?
—Prácticamente toda mi infancia.
Milena volvió a mirar por la ventana.
Intentó imaginar al niño que había desarmado un reloj antiguo solo para descubrir cómo funcionaba.
Sonrió.
—Ahora quiero conocer esa versión tuya.
Julián la miró brevemente.
—No estoy seguro de que quieras.
—Después de lo del reloj, definitivamente quiero conocerla.
Él soltó una risa.
—Mi papá se encargará de arruinar mi reputación.
—Me parece bien.
Julián negó con la cabeza, divertido.
El carro continuó unos metros más.
Finalmente se detuvo frente a la casa.
Milena respiró profundamente.
Julián apagó el motor.
Durante unos segundos ninguno se movió.
Él la miró.
—¿Lista?
Milena asintió.
—Sí.
Julián sonrió.
Bajó del carro.
Milena hizo lo mismo.
Caminaron juntos hasta la puerta.
Julián levantó la mano.
Antes de tocar, Milena respiró una última vez.
Entonces él llamó.
Y esperaron.