Perdida CAPÍTULO 90 — Las cosas que aún no conocían
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CAPÍTULO 90 — Las cosas que aún no conocían

Las cosas que aún no conocían

Milena llegó a casa de Julián a media tarde.

Llevaba varias bolsas en las manos y una expresión que intentaba esconder una sonrisa.

Julián abrió la puerta y se quedó mirándola durante unos segundos.

—¿Qué traes ahí?

Milena levantó ligeramente una de las bolsas.

—Mi plan.

—¿Tu plan?

—Sí.

Julián miró las bolsas nuevamente.

—¿Debería preocuparme?

Ella soltó una pequeña risa.

—No. Pero vas a tener que confiar en mí.

—Eso siempre termina siendo peligroso cuando lo dices así.

Milena entró sin darle tiempo a seguir preguntando.

—Hoy cocinamos.

Julián cerró la puerta detrás de ella.

—¿Aquí?

—Aquí.

—¿Y todo eso?

—Ingredientes.

—Ya veo.

Julián sonrió.

No había esperado encontrarla así.

Mucho menos con la intención de quedarse.

Milena dejó las bolsas sobre la cocina y comenzó a sacar las cosas una por una.

Julián permaneció unos segundos observándola.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando.

—Es que no sabía que habías planeado esto.

—Precisamente por eso es una sorpresa.

Julián se acercó.

—¿Y qué vamos a preparar?

—Todavía no te lo voy a decir.

—¿Ni siquiera puedo saber?

—No.

—Esto es una dictadura.

Milena soltó una carcajada.

—Puedes irte si quieres.

Julián negó con la cabeza.

—No pienso cometer ese error.

Ella sonrió y continuó organizando los ingredientes.

Después de unos minutos, comenzaron a cocinar.

Milena se movía por la cocina con naturalidad.

Julián, en cambio, parecía estar aprendiendo dónde estaban algunas cosas de su propia casa.

—¿Dónde tienes el cuchillo grande?

—En el segundo cajón.

Milena abrió el primero.

—Aquí no está.

—El segundo.

Abrió el siguiente.

—Tampoco.

Julián se acercó y señaló un cajón.

—Ese es el tercero.

Milena lo miró.

—¿Y por qué me dijiste segundo?

—Porque pensé que estabas contando desde el otro lado.

—¿Cómo voy a contar desde el otro lado?

—No sé.

—Tú tampoco sabes dónde guardas tus cosas.

Julián se rio.

—Eso parece.

Milena encontró finalmente el cuchillo.

—Definitivamente necesitas reorganizar esta cocina.

—Llevas menos de una hora aquí y ya quieres cambiar mi casa.

—No quiero cambiarla.

Lo miró con una sonrisa.

—Solo quiero ayudarte.

Julián sostuvo su mirada durante unos segundos.

—Eso me gusta más.

Continuaron preparando la comida.

La conversación apareció sin esfuerzo.

Hablaron de cosas pequeñas.

De una película que habían visto días atrás.

De una discusión que Milena había tenido con una compañera de trabajo.

De algo que Julián había leído esa mañana.

Hasta que, en medio de una historia, Milena comenzó a reír.

—¿Qué?

—Me acordé de algo.

—¿De qué?

—De una vez que mi hermana casi me mata.

Julián levantó una ceja.

—Eso suena importante.

—Era pequeña.

—Eso no mejora la historia.

Milena se rio.

—Una vez estaba cocinando con mi hermana y me encargó una olla.

—¿A ti?

—Sí.

—Eso ya me preocupa.

—Tenía que vigilarla mientras ella hacía otra cosa.

—¿Y?

Milena bajó la mirada, intentando contener la risa.

—La olvidé.

Julián sonrió.

—¿Qué pasó?

—Se quemó.

—¿La comida?

—La olla.

Julián soltó una carcajada.

—¿Cómo quemaste una olla?

—¡No sé!

—Eso es impresionante.

—Mi hermana todavía me lo recuerda.

—Entonces supongo que nunca te dejó olvidarlo.

—Nunca.

Milena lo señaló con el dedo.

—Y no te rías demasiado. Estoy segura de que tú también hiciste cosas peores.

Julián pensó unos segundos.

—Bueno…

—¿Ves?

—Puede que tengas razón.

—¿Qué hiciste?

Julián sonrió.

—Una vez desarmé un reloj.

Milena dejó lo que estaba haciendo y lo miró.

—¿Un reloj?

—Sí.

—¿Por qué?

—Quería saber cómo funcionaba.

—¿Y lo volviste a armar?

Julián soltó una pequeña risa.

—No.

Milena comenzó a reír.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Qué pasó?

Julián apoyó una mano sobre la encimera.

—Mi papá tenía un reloj de bolsillo antiguo. Había pertenecido a mi abuelo. Era una de esas cosas que guardaba con mucho cuidado.

—¿Y tú lo desarmaste?

—Tenía curiosidad.

—Julián…

—Era niño.

—¿Cuántos años?

—Nueve, creo.

Milena negó con la cabeza, divertida.

—¿Y tu papá qué hizo?

—Primero me preguntó qué había pasado.

—¿Y tú qué le dijiste?

Julián sonrió al recordarlo.

—La verdad.

—¿Qué verdad?

—Que quería saber cómo funcionaba.

Milena volvió a reír.

—¿Y él no se enojó?

—Un poco.

—¿Un poco?

—Bueno… bastante.

Julián rio.

—Pero después intentó ayudarme a armarlo.

—¿Y pudieron?

—No.

—¿Ni entre los dos?

—No.

Milena lo miró con una sonrisa.

—¿Entonces?

—Mi papá terminó llevándolo donde un relojero.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Y lo arreglaron?

—Sí. Por suerte.

Milena volvió a reír.

—¿Y qué te dijo tu papá?

Julián pensó un momento.

—Que la curiosidad no era el problema.

—¿Ah, no?

—No.

—¿Entonces?

—Que la próxima vez podía preguntar antes de desarmar una reliquia familiar.

Milena soltó una carcajada.

—Eso sí suena razonable.

Julián sonrió.

—Mi papá todavía cuenta esa historia.

—¿Todavía?

—Sí.

—Entonces quiero conocerlo.

Julián levantó la mirada.

La frase había salido de ella con una naturalidad que lo tomó por sorpresa.

—¿A mi papá?

—A tus padres.

Milena hizo una pequeña pausa.

—Después de todo lo que me has contado, siento que ya debería conocerlos.

Julián sonrió.

—Puedes hacerlo.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Cuando quieras.

Milena lo observó unos segundos.

—¿Este fin de semana?

Julián asintió.

—Este fin de semana.

Ella sonrió.

—Entonces quiero escuchar la historia del reloj directamente de tu papá.

—No estoy seguro de que eso sea buena idea.

—¿Por qué?

—Porque probablemente tenga una versión mucho peor que la mía.

Milena rio.

—Ahora tengo más ganas de conocerlo.

Julián también sonrió.

Durante unos segundos continuaron trabajando en silencio.

Pero esta vez no era un silencio incómodo.

Era simplemente el espacio tranquilo que quedaba entre dos personas que estaban compartiendo algo cotidiano.

Milena volvió a hablar.

—¿Sabes qué me gusta?

—¿Qué?

—Que nunca te había imaginado de niño así.

Julián la miró.

—¿Así cómo?

—Curioso.

Él sonrió.

—Siempre fui curioso.

—Supongo que todavía lo eres.

—Probablemente.

—Solo que ahora desarmas ideas en lugar de relojes.

Julián soltó una pequeña carcajada.

—Eso suena peor.

—Depende de la idea.

Él negó con la cabeza, divertido.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Cómo eras de niña?

Milena pareció pensarlo.

—Terrible.

—No te creo.

—Pregúntale a mi hermana.

—Entonces quiero conocerla también.

—Cuidado con lo que deseas.

Milena comenzó a contarle algunas cosas.

Historias pequeñas.

Recuerdos que no tenían ninguna importancia para el resto del mundo, pero que para ella seguían vivos.

Le habló de juegos, de discusiones con su hermana, de cosas que había hecho y que ahora le parecían absurdas.

Julián la escuchaba con una sonrisa.

A veces se reía.

Otras veces hacía preguntas.

Y por primera vez comprendió que había muchas partes de Milena que todavía no conocía.

No porque ella hubiera escondido algo.

Simplemente porque no habían tenido tiempo de preguntarse por todo.

Después de un rato, Milena lo miró.

—Creo que todavía nos faltan muchas historias.

—Sí.

—Muchas.

Julián asintió.

—Pero tenemos tiempo.

Milena sonrió.

—Eso dijiste la otra vez.

—Y sigo pensando lo mismo.

Ella se acercó un poco más.

—Entonces tendremos que aprovecharlo.

Julián tomó su mano.

—Lo haremos.

Continuaron cocinando.

La tarde fue cayendo lentamente sobre la casa.

Y mientras Milena hablaba de su infancia y Julián recordaba el día en que había desarmado aquel reloj que nunca logró volver a armar, ambos comprendieron algo sencillo.

Habían pasado mucho tiempo aprendiendo a conocerse en el presente.

Ahora comenzaban a descubrir las pequeñas historias que habían existido antes de encontrarse.

No las historias que dolían.

No las que necesitaban explicaciones.

Solo aquellas pequeñas cosas que habían formado a las personas que ahora estaban sentadas una frente a la otra.

Porque amar a alguien también era eso: Querer conocer no solo quién era cuando lo encontraste, Sino quién había sido antes de que sus caminos se cruzaran.