Perdida CAPÍTULO 89 — Lo que cambia
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CAPÍTULO 89 — Lo que cambia

Lo que cambia

Los días siguientes fueron tranquilos.

No ocurrió nada extraordinario.

Y quizá eso era precisamente lo que más sorprendía a Julián.

Después de tantos pensamientos, tantos nervios y tantas preguntas, esperaba que algo cambiara de manera evidente.

Pero la vida continuó.

Milena siguió trabajando.

Julián siguió con sus clases.

Cada uno mantuvo sus horarios, sus responsabilidades y sus costumbres.

Solo había pequeñas diferencias.

Ahora se escribían durante el día.

A veces sin ningún motivo.

¿Ya almorzaste?

Sí.

¿Seguro?

Sí, doctora.

Bien.

Otras veces eran mensajes todavía más sencillos.

Vi algo que me recordó a ti.

¿Qué?

Después te cuento.

Y Julián sonreía frente al teléfono.

Antes habría intentado encontrar una explicación para cada palabra.

Ahora simplemente disfrutaba de saber que Milena había pensado en él.

También había cambiado la manera en que se despedían.

Un beso.

Una mano que permanecía entrelazada unos segundos más.

Una mirada que antes no se permitían sostener demasiado tiempo.

Nada exagerado.

Solo pequeños gestos.

Una tarde, Julián terminó sus clases un poco antes de lo previsto.

Miró el teléfono.

Pensó en escribirle a Milena.

Lo hizo.

¿Estás ocupada?

La respuesta llegó unos minutos después.

Un poco. ¿Por qué?

Quería verte.

Milena tardó unos segundos.

¿Solo por eso?

Julián sonrió.

Sí.

La respuesta fue inmediata.

Entonces ven.

Julián guardó el teléfono.

Antes, probablemente habría buscado una excusa.

Ahora no la necesitaba.

Simplemente quería verla.

Cuando llegó al consultorio, Milena todavía tenía algunos asuntos pendientes.

Julián esperó tranquilamente.

No intentó interrumpirla.

No esperaba que ella abandonara su trabajo solo porque él había aparecido.

Cuando finalmente terminó, Milena salió.

—Hola.

—Hola.

Ella sonrió al verlo.

—¿Mucho tiempo esperando?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

Caminaron juntos por el pasillo.

—¿Y qué querías hacer? —preguntó ella.

Julián se encogió de hombros.

—Nada en particular.

—¿Entonces para qué viniste?

Él la miró.

—Porque quería verte.

Milena sonrió.

—Eso ya lo dijiste.

—Y sigue siendo verdad.

Ella negó con la cabeza, divertida.

—Te estás acostumbrando rápido.

—¿A qué?

—A decir lo que sientes.

Julián pensó un momento.

—Contigo es más fácil.

Milena dejó de caminar.

Él también.

—¿Por qué?

Julián la miró.

—Porque ya no tengo miedo de que no quieras escucharlo.

Milena se acercó un poco.

—Puedes decirme lo que quieras.

Julián sonrió.

—Lo sé.

Y continuaron caminando.

Aquella noche, cuando Julián regresó a casa, pensó en lo que había ocurrido.

Nada extraordinario.

No habían tenido una cita.

No habían hecho ningún plan especial.

Simplemente había ido a verla porque quería verla.

Y ella había estado allí.

Eso era nuevo.

No porque antes no pudieran hacerlo.

Sino porque ahora ambos podían reconocer el motivo sin esconderlo.

Julián comprendió entonces que aquello era una de las cosas que realmente habían cambiado.

Antes buscaban razones para encontrarse.

Ahora podían simplemente decir: Quiero verte.

Y eso era suficiente.