Perdida CAPÍTULO 87 — ¿Y nosotros qué somos?
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CAPÍTULO 87 — ¿Y nosotros qué somos?

¿Y nosotros qué somos?

La tarde llegó más rápido de lo que Julián esperaba.

Había pasado buena parte del día pensando en Milena.

No de la misma manera que antes.

Ya no se preguntaba qué sentía ella.

Eso lo sabía.

Ahora se preguntaba cómo sería verla después de lo ocurrido.

Cuando llegó frente al lugar donde habían acordado encontrarse, la vio a unos metros de distancia.

Milena también lo vio.

Sonrió.

Julián sintió algo extraño en el pecho.

No era nerviosismo exactamente.

Era la sensación de estar viendo a la misma persona de siempre y, al mismo tiempo, a alguien diferente.

Milena se acercó.

—Hola.

—Hola.

Se quedaron mirándose durante unos segundos.

Milena sonrió.

—¿Por qué me miras así?

Julián negó con la cabeza.

—No sé.

—Otra vez con el “no sé”.

—Es que todavía me estoy acostumbrando.

—¿A qué?

Julián sonrió.

—A esto.

Milena entendió.

No necesitó preguntar.

Caminaron juntos.

Hablaron de cosas sencillas, como siempre.

Pero había pequeños cambios.

Sus manos se rozaban con más frecuencia.

A veces se miraban y sonreían sin motivo.

Y cuando se detenían, ninguno parecía tener demasiada prisa por continuar.

En algún momento llegaron a una cafetería.

Se sentaron frente a frente.

Milena tomó la carta.

—¿Qué quieres?

—Lo de siempre.

Ella levantó la mirada.

—¿Café?

—Sí.

—Qué poco original.

—Nunca dije que quisiera ser original.

Milena sonrió y pidió por los dos.

Cuando quedaron nuevamente solos, Julián apoyó los brazos sobre la mesa.

—Tengo una pregunta.

—Eso suena peligroso.

—No es tan complicada.

—Entonces hazla.

Julián dudó.

Milena lo observó.

—¿Qué pasa?

—Estaba pensando en algo.

—¿En qué?

Él respiró lentamente.

—¿Y nosotros qué somos?

Milena dejó de sonreír por un instante.

No porque la pregunta le molestara.

Simplemente había llegado.

Julián bajó la mirada.

—No quiero apresurarnos.

—No lo estás haciendo.

—Solo… ayer nos dijimos lo que sentimos. Nos besamos. Hoy hablamos como si…

Se detuvo.

—Como si ya fuéramos algo.

Milena apoyó los brazos sobre la mesa.

—¿Y eso te preocupa?

—No.

Julián sonrió.

—En realidad me gusta.

Ella también sonrió.

—A mí.

—Entonces…

—Entonces somos nosotros.

Julián soltó una pequeña risa.

—Eso no responde exactamente mi pregunta.

—Sí la responde.

—No mucho.

Milena lo miró durante unos segundos.

—¿Quieres una etiqueta?

Julián pensó.

—No necesariamente.

—¿Entonces?

—Quiero saber cómo lo ves tú.

Milena se quedó callada.

Después habló con tranquilidad.

—Te quiero.

Julián la miró.

—Eso ya lo sé.

—Y quiero estar contigo.

Él sonrió.

—Eso también lo sé.

—Entonces no necesitamos decidir todo hoy.

Julián asintió.

Milena extendió una mano sobre la mesa.

Él la tomó.

—Podemos ir descubriéndolo juntos.

Julián entrelazó sus dedos con los de ella.

—Me gusta.

—¿Qué cosa?

—Que no tengamos que ponerle nombre a todo inmediatamente.

Milena sonrió.

—Mira quién habla.

—¿Qué quieres decir?

—Eres tú el que analiza todo.

Julián soltó una risa.

—Estoy intentando cambiar.

—No tienes que cambiar.

—¿No?

—No.

Milena apretó suavemente su mano.

—Solo tienes que confiar un poco más.

Julián la miró.

Aquella frase quedó flotando entre los dos.

Confiar.

Tal vez eso era precisamente lo que estaba aprendiendo.

No necesitaba saber qué iba a ocurrir dentro de un mes.

Ni dentro de un año.

No necesitaba construir una teoría sobre ellos.

Por ahora bastaba con saber que estaban allí.

Juntos.

Cuando salieron de la cafetería, caminaron unos metros en silencio.

Julián miró sus manos entrelazadas.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Creo que sí sé qué somos.

Milena lo miró divertida.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿Y?

Julián sonrió.

—Dos personas que decidieron dejar de fingir que esto no era amor.

Milena se quedó mirándolo.

Después sonrió.

—Eso sí me gusta.

Y continuaron caminando.

Sin prisa.

Sin necesidad de definirlo todo.