Perdida CAPÍTULO 86 — La costumbre de quererte
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CAPÍTULO 86 — La costumbre de quererte

La costumbre de quererte

Julián despertó antes de que sonara la alarma.

Durante unos segundos permaneció mirando el techo, todavía adormecido.

Entonces recordó.

La conversación.

La confesión.

El silencio después de decirlo.

El beso de Milena.

Y después, el segundo beso.

Sonrió.

No pudo evitarlo.

Se pasó una mano por el rostro y soltó una pequeña risa.

—No puede ser…

Se incorporó en la cama.

Había imaginado tantas veces cómo podría reaccionar si algún día Milena correspondía a sus sentimientos que ninguna de aquellas posibilidades se parecía a lo que estaba sintiendo ahora.

No era euforia.

Era algo más tranquilo.

Una felicidad que parecía haberse instalado dentro de él sin hacer ruido.

Tomó el teléfono de la mesa de noche.

Lo desbloqueó.

Abrió la conversación con Milena.

Escribió: Buenos días.

Se quedó mirando el mensaje.

Lo borró.

Volvió a escribir: Buenos días, Milena.

Lo volvió a borrar.

Frunció el ceño.

—¿Qué estoy haciendo?

Dejó el teléfono sobre la cama.

Dos segundos después volvió a tomarlo.

Esta vez escribió simplemente: Buenos días.

Lo envió.

Se quedó mirando la pantalla.

No había pasado ni un minuto cuando apareció la respuesta.

Buenos días.

Julián sonrió.

Después llegó otro mensaje.

¿Dormiste bien?

Julián escribió: Sí.

Pensó un momento y añadió: Aunque creo que hoy voy a estar distraído.

La respuesta llegó rápidamente.

¿Por qué?

Julián sonrió.

No sé.

Milena respondió: Mentiroso.

Julián soltó una risa.

Tal vez.

Después de unos segundos llegó otro mensaje.

Yo también estoy un poco distraída.

Julián se quedó mirando esas palabras.

Sintió nuevamente aquella pequeña presión en el pecho.

Pero esta vez no era ansiedad.

Era alegría.

Escribió: ¿Por qué?

La respuesta tardó un poco más.

Porque ayer cambió algo.

Julián dejó escapar una sonrisa.

Sí.

Un momento después, Milena escribió: Nosotros.

Julián leyó la palabra dos veces.

Nosotros.

Hasta hacía unas horas, esa palabra no existía entre ellos de esa manera.

Ahora sí.

Escribió: Me gusta cómo suena.

Milena respondió: A mí también.

Durante la mañana, ambos continuaron con sus respectivas actividades.

Julián intentó concentrarse en el trabajo.

Lo consiguió durante algunos minutos.

Después volvía a mirar el teléfono.

No porque estuviera esperando necesariamente un mensaje.

Simplemente quería verla aparecer.

Milena, por su parte, atendía sus asuntos con normalidad.

Pero cada cierto tiempo sonreía al recordar la noche anterior.

No había sido un impulso.

Había pensado en besar a Julián antes.

Muchas veces.

Solo que nunca había encontrado el momento.

Y cuando finalmente él había dicho aquello que llevaba tanto tiempo guardándose, la respuesta le había parecido sencilla.

No necesitaba un discurso.

Quería besarlo.

Al mediodía, el teléfono de Julián volvió a sonar.

Era Milena.

¿Ya almorzaste?

Él sonrió.

Todavía no.

Siempre dices eso y después terminas comiendo a cualquier hora.

Ahora tienes derecho a regañarme, ¿o todavía estamos negociando ese privilegio?

Milena tardó unos segundos en responder.

Creo que ya me lo gané.

Julián rio.

Entonces sí.

Después llegó otro mensaje.

¿Qué haces esta tarde?

Julián miró la pantalla.

Antes habría pensado cuidadosamente qué significaba aquella pregunta.

Ahora simplemente respondió: Estoy libre.

La respuesta apareció casi inmediatamente.

Bien.

¿Bien?

Sí.

¿Y eso qué significa?

Milena escribió: Que quiero verte.

Julián sonrió.

Esta vez no hubo necesidad de interpretar nada.

No había dobles sentidos que analizar.

No había señales escondidas.

Ella simplemente quería verlo.

Y él quería verla a ella.

Yo también quiero verte.

La respuesta de Milena llegó unos segundos después.

Entonces nos vemos esta tarde.

Julián dejó el teléfono sobre la mesa.

Miró por la ventana.

Sonrió nuevamente.

Tal vez eso era lo que cambiaba cuando dos personas dejaban de preguntarse si podían quererse.

Ya no necesitaban buscar excusas para encontrarse.

Podían simplemente decirlo.

Quiero verte.

Y eso era suficiente.