CAPÍTULO 85 — Después del beso
Después del beso
El silencio que quedó después del beso no fue incómodo.
Fue extraño.
Julián todavía tenía la mano sobre el rostro de Milena y, durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.
Él la miraba como si acabara de descubrir algo que, en el fondo, siempre había estado frente a él.
Milena sonrió.
—¿Qué?
Julián negó lentamente con la cabeza.
—Nada.
—No parece nada.
Él soltó una pequeña risa.
—Es que todavía estoy procesándolo.
—¿El qué?
Julián la miró con una mezcla de incredulidad y felicidad.
—Que me besaste.
Milena sonrió.
—Sí.
—Y que estás enamorada de mí.
—También.
Julián bajó la mirada por un instante.
Era extraño escucharla decirlo con tanta tranquilidad.
Durante semanas había intentado descubrir si aquello que sentía era correspondido.
Había analizado conversaciones, miradas, silencios.
Había tenido miedo de equivocarse.
Y ahora ella estaba allí, diciéndoselo sin rodeos.
—No sé qué decir —admitió.
Milena soltó una pequeña risa.
—Eso sí que es raro.
—¿Por qué?
—Porque normalmente tienes algo que decir sobre todo.
—Soy profesor de filosofía. Es prácticamente una obligación.
—Entonces hoy estás fallando como profesor.
Julián sonrió.
—Probablemente.
Milena tomó su mano.
El gesto fue sencillo.
Pero Julián bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas y volvió a sonreír.
No la soltó.
—¿Sabes qué es lo más extraño? —dijo él.
—¿Qué?
—Que imaginé este momento muchas veces.
Milena levantó una ceja.
—¿Ah, sí?
Julián se dio cuenta de lo que acababa de admitir.
—No exactamente así.
—¿Entonces cómo?
Él pensó unos segundos.
—En algunas versiones me rechazabas.
Milena hizo una expresión de sorpresa.
—Qué optimista.
Julián rio.
—En otras ni siquiera lograba decirte nada.
—Eso sí te lo creo.
—Y en ninguna imaginé que me besarías antes de que pudiera reaccionar.
Milena sonrió.
—Entonces hice algo inesperado.
—Completamente.
Ella se acercó un poco más.
—¿Te arrepientes?
Julián la miró.
La pregunta había sido sencilla, pero él respondió con absoluta seguridad.
—No.
Milena sonrió.
—Bien.
Volvieron a quedarse en silencio.
Esta vez, sin embargo, el silencio era diferente.
Julián acarició suavemente el dorso de su mano con el pulgar.
—Me alegra que hayas sido tú.
—¿Qué cosa?
—La persona a la que se lo dije.
Milena lo observó durante unos segundos.
—A mí también.
Julián sintió una calma que no había experimentado en mucho tiempo.
No necesitaba buscar una respuesta.
No necesitaba interpretar nada.
No necesitaba preguntarse si estaba imaginando algo.
Por primera vez, podía simplemente estar allí.
Con ella.
Pasó un rato antes de que Julián mirara la hora.
—Debería irme.
Milena asintió.
—Sí.
Pero ninguno de los dos se movió inmediatamente.
Julián se levantó primero.
Milena lo acompañó hasta la puerta.
Cuando llegó el momento de despedirse, ambos se quedaron mirándose.
Julián sonrió.
—Esto es raro.
—¿Qué cosa?
—Despedirme de ti ahora.
—¿Por qué?
—Porque antes podía simplemente decirte buenas noches.
Milena lo miró divertida.
—¿Y ahora?
Julián se acercó.
—Ahora no sé si puedo hacer eso.
Milena sonrió.
—Puedes intentarlo.
Julián negó con la cabeza.
—No quiero.
Y volvió a besarla.
Esta vez no hubo sorpresa.
No hubo dudas.
Solo un beso breve y tranquilo.
Cuando se separaron, Milena apoyó la mano sobre su pecho.
—Ahora sí puedes decir buenas noches.
Julián sonrió.
—Buenas noches, Milena.
—Buenas noches, Julián.
Él salió del apartamento.
La puerta se cerró detrás de él.
Julián caminó unos pasos por el pasillo antes de detenerse.
Sonrió.
No pudo evitarlo.
Había pasado tanto tiempo intentando entender qué sentía ella.
Y ahora que finalmente lo sabía, había algo que le parecía todavía más increíble.
Milena lo quería.
Lo quería a él.
Julián continuó caminando hacia el ascensor con una sonrisa que no pudo ocultar.
Por primera vez en mucho tiempo, no tenía nada que resolver.
Solo algo que vivir.