Perdida CAPÍTULO 84 — La declaración
58%

CAPÍTULO 84 — La declaración

La declaración

La tarde había transcurrido con una tranquilidad casi engañosa.

Julián y Milena habían salido a tomar algo y, como tantas otras veces, terminaron hablando durante más tiempo del que habían planeado.

Hablaron de cosas sencillas.

Del trabajo. De una película que Milena quería ver. De algo que había ocurrido esa semana y que terminó provocándoles varias risas.

Nada extraordinario.

Y, sin embargo, Julián no podía dejar de pensar que aquella tarde podía ser diferente.

Había tomado una decisión.

No sabía si tendría el valor suficiente para cumplirla, pero esta vez no quería volver a aplazarla.

Cuando salieron del lugar, Julián acompañó a Milena hasta su casa.

Caminaron tranquilamente.

—Hoy estás muy callado —comentó ella.

Julián sonrió.

—¿Sí?

—Sí. Más de lo normal.

—Estoy pensando.

—Eso nunca es una buena señal.

Él soltó una risa.

—Depende de lo que esté pensando.

Milena lo miró de reojo, divertida.

—¿Y en qué estás pensando?

Julián estuvo a punto de responder.

En ti.

Pero todavía no.

—En cosas que tengo que resolver.

—¿Importantes?

Julián la miró.

—Bastante.

Milena no insistió.

Cuando llegaron a su edificio, ella se detuvo frente a la entrada.

—¿Quieres pasar? Tengo café.

Julián la observó durante un segundo.

Quizá era una señal.

O quizá simplemente era Milena siendo Milena.

Esta vez no quiso interpretar nada.

—Sí.

Subieron.

Ya dentro del apartamento, Milena dejó sus cosas y se dirigió a la cocina.

—Siéntate. Voy a preparar el café.

Julián se quedó observándola unos segundos antes de sentarse.

Aquella escena era tan sencilla que casi le pareció absurda la cantidad de nervios que sentía.

Milena preparó el café mientras seguía hablándole de algo que había ocurrido durante el día.

Julián la escuchaba.

Sonreía.

Respondía cuando correspondía.

Pero dentro de él solo había una frase.

Hoy.

Cuando ella regresó con las tazas, se sentó frente a él.

—¿Sabes qué? —dijo Milena—. Me gusta cuando hacemos esto.

—¿Tomar café?

—No.

Sonrió.

—Pasar tiempo juntos así. Sin tener que hacer nada especial.

Julián bajó la mirada hacia su taza.

Aquellas palabras, tan sencillas, terminaron de darle el valor que le faltaba.

Porque eso era precisamente lo que había intentado explicar durante días.

No había sido un momento específico.

Habían sido todos.

Las conversaciones.

Las caminatas.

Las risas.

Los silencios.

La manera en que poco a poco ella se había convertido en alguien importante para él.

Milena notó que había vuelto a quedarse callado.

—¿Qué pasa?

Julián levantó la mirada.

Esta vez no escapó.

—Milena, hay algo que he querido decirte estos días.

Ella dejó la taza sobre la mesa.

—¿Qué cosa?

Julián respiró profundamente.

Sabía que, después de ese momento, ya nada volvería a ser exactamente igual.

Pero no quería seguir escondiéndose.

—Tal vez te tome de sorpresa, pero quiero expresar cómo me siento.

Hizo una pequeña pausa.

—Es raro. Te conocí por casualidad y siempre pensé que éramos tan diferentes. No vi nada extraordinario. Todo fue normal, cotidiano.

Milena lo observaba en silencio.

Julián sonrió ligeramente.

—Pero cada momento que pasaba, cada palabra, me llevó a sentirlo extraordinario. Raro, ¿no?

Ella sonrió.

Él continuó.

—Pero no quiero ocultar lo que siento al verte. Lo rápido que se me acelera el corazón y lo tonto que parezco escaneando cada fragmento tuyo.

Milena soltó una pequeña risa, pero no apartó los ojos de él.

Julián sintió que el miedo volvía a aparecer.

Esta vez no dejó que lo detuviera.

—Por primera vez quiero decir en voz alta que mi corazón te reclama…

Su voz se volvió más baja.

—Y que está perdidamente enamorado de ti.

Silencio.

Julián sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Ya estaba.

Lo había dicho.

No podía retirarlo.

No podía cambiar las palabras.

Solo podía esperar.

Milena permaneció mirándolo durante unos segundos.

Julián intentó leer su expresión, pero se detuvo.

No.

Esta vez no iba a interpretar.

Esperaría.

Entonces Milena se acercó.

Julián apenas tuvo tiempo de comprender lo que estaba haciendo cuando ella puso una mano suavemente sobre su rostro y lo besó.

Él se quedó completamente inmóvil.

No porque no quisiera responder.

Simplemente su mente necesitaba unos segundos para entender lo que acababa de suceder.

Milena se separó lentamente.

Lo miró.

Julián seguía allí, completamente sorprendido.

Ella sonrió con ternura.

—¿Eso responde tu pregunta?

Él la miró como si todavía necesitara confirmar que aquello era real.

—Creo que sí.

Milena soltó una pequeña risa.

Y entonces Julián finalmente sonrió.

Una sonrisa diferente.

Aliviada.

Feliz.

Por primera vez no había tenido que imaginar una respuesta.

No había tenido que interpretar una señal.

La tenía delante de él.

Milena sentía lo mismo.

Julián levantó una mano y acarició suavemente su rostro.

Esta vez fue él quien se acercó.

Y la besó.

Sin miedo.

Sin dudas.

Sin necesidad de preguntarse qué significaba aquel momento.

Porque finalmente conocía la verdad.