Perdida CAPÍTULO 83 — A punto de decirlo
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CAPÍTULO 83 — A punto de decirlo

A punto de decirlo

Durante los días siguientes, Julián descubrió que tomar una decisión era mucho más fácil que llevarla a cabo.

Había tomado una.

Se lo diría.

No sabía exactamente cuándo ni cómo, pero había dejado de discutir consigo mismo. No quería seguir escondiendo lo que sentía.

Solo necesitaba encontrar el momento.

Y eso, curiosamente, terminó convirtiéndose en el problema.

Aquella tarde estaba sentado frente a Milena en una cafetería. Ella hablaba de algo que había ocurrido durante su jornada y Julián la escuchaba, aunque por momentos tenía que hacer un esfuerzo para concentrarse en sus palabras.

No porque no le interesara.

Todo lo contrario.

Le interesaba demasiado.

La observó mientras hablaba, la manera en que movía las manos, cómo cambiaba la expresión de su rostro cuando algo le causaba gracia.

Entonces pensó: Ahora.

Podía hacerlo ahora.

Esperó a que Milena terminara de hablar.

—Milena…

Ella levantó la mirada.

—¿Sí?

Julián sintió que el corazón le daba un golpe seco.

—Yo…

Se quedó callado.

Milena inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Tú qué?

Él sonrió con nerviosismo.

—Nada. Se me olvidó.

—¿Se te olvidó qué?

—Lo que iba a decir.

Milena soltó una pequeña risa.

—Eso sí que es raro en ti.

Julián también sonrió.

—Últimamente me está pasando.

Ella continuó hablando, sin darle demasiada importancia al momento.

Julián bajó la mirada hacia su café.

Había estado a punto.

Realmente había estado a punto de decírselo.

Y no lo hizo.

Esa noche, mientras conducía de regreso a casa, se reprochó haber retrocedido.

—Cobarde —murmuró.

Pero después negó con la cabeza.

No.

No era exactamente cobardía.

Era miedo.

Y admitirlo le resultó más honesto.

Tenía miedo de escuchar una respuesta que no quería escuchar.

Tenía miedo de que después de decirlo algo cambiara entre ellos.

Tenía miedo de perder aquella cercanía que tanto había aprendido a valorar.

Pero, sobre todo, tenía miedo de descubrir que había vuelto a equivocarse.

Aunque esta vez había algo diferente.

No estaba inventando sentimientos en Milena.

No estaba interpretando cada gesto como una señal.

No estaba convenciéndose de que ella lo amaba porque él necesitaba creerlo.

Simplemente no sabía.

Y esa incertidumbre era precisamente lo que quería resolver.

Al día siguiente volvió a proponerse hacerlo.

Esta vez no esperaría un momento perfecto.

No existía un momento perfecto.

Si

esperaba

demasiado,

probablemente

terminaría encontrando otra excusa.

Se encontraría con Milena después de una consulta.

Caminaron juntos unas calles antes de detenerse frente a una pequeña tienda.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó ella.

—Sí.

Entraron.

Mientras esperaban sus bebidas, Julián pensó que quizá aquel era el momento.

Respiró profundamente.

—Milena, necesito decirte algo.

Ella lo miró con atención.

—Claro.

Julián abrió la boca.

Y volvió a detenerse.

La expresión tranquila de ella hizo que todos sus pensamientos se desordenaran.

No aquí.

No ahora.

Tal vez después.

—¿Todo bien? —preguntó Milena.

—Sí.

—Pareces nervioso.

Julián soltó una breve risa.

—Lo estoy.

—¿Por qué?

Él la miró durante unos segundos.

Porque estoy enamorado de ti.

Las palabras aparecieron en su mente con absoluta claridad.

Pero no salieron.

—Por nada importante.

Milena lo observó, como si supiera que estaba ocultando algo, pero no insistió.

Y Julián agradeció en silencio que no lo hiciera.

Cuando regresó a casa, se dejó caer sobre el sofá.

Había vuelto a hacerlo.

Había estado a punto de decirlo.

Dos veces.

Y dos veces había retrocedido.

Se quedó mirando el techo.

—Mañana —dijo en voz baja.

La palabra sonó casi como una promesa.

Mañana sí.

Pero incluso mientras la pronunciaba, una parte de él sabía que podía volver a arrepentirse.

Sonrió con resignación.

Había pasado tanto tiempo intentando entender sus propios sentimientos que nunca imaginó que el verdadero desafío sería simplemente pronunciarlos.

Tomó el teléfono.

Abrió la conversación con Milena.

Escribió: Hay algo que quiero decirte.

Se quedó mirando la pantalla.

Esta vez no borró el mensaje.

Pero tampoco lo envió.

Después de unos segundos, bloqueó el teléfono y lo dejó a un lado.

Todavía no.

Necesitaba un poco más de valor.

Aunque, en el fondo, sabía que ya no podía esconderse para siempre.

Había llegado demasiado lejos.

Y la próxima vez que estuviera frente a Milena, tendría que decidir.

Decirlo.

O volver a callar.

Julián cerró los ojos.

Por primera vez, deseó que el miedo no desapareciera.

Solo quería ser capaz de atravesarlo.