Perdida CAPÍTULO 82 — Lo que no sé
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CAPÍTULO 82 — Lo que no sé

Lo que no sé

El día había terminado hacía un rato, pero Julián seguía despierto.

Estaba sentado en el borde de la cama, con la espalda apoyada contra el cabecero y el teléfono descansando sobre su pierna. La pantalla se había apagado hacía varios minutos, pero él no había hecho ningún intento por dormir.

Había aceptado algo que durante mucho tiempo se había negado a mirar de frente.

Estaba enamorado de Milena.

Ya no había discusión posible.

No era admiración. No era cariño. No era simplemente la tranquilidad que sentía cuando estaba con ella.

Era amor.

Y, curiosamente, aceptar aquello no le había dado la paz que esperaba.

Había abierto otra puerta.

Una que llevaba a preguntas para las que no tenía respuesta.

Julián tomó el teléfono y volvió a mirar la conversación que había tenido con Milena esa tarde.

Un mensaje sencillo.

Una pregunta cotidiana.

Una respuesta de ella.

Nada extraordinario.

Y, sin embargo, él había sonreído al recordarla.

Dejó escapar una pequeña risa.

—Esto es ridículo —murmuró.

Apagó nuevamente la pantalla.

Se quedó mirando al frente.

¿Qué sentiría ella?

La pregunta apareció con tanta claridad que casi le resultó incómoda.

Hasta ese momento había intentado no pensar demasiado en ello. Había disfrutado de su compañía, de las conversaciones, de la confianza que poco a poco había nacido entre ambos.

Pero ahora que había reconocido sus propios sentimientos, ya no podía fingir que aquella pregunta no existía.

¿Milena sentía algo por él?

¿O todo aquello era unilateral?

Julián cerró los ojos durante unos segundos.

No quería interpretar cada gesto.

No quería convertir una sonrisa en una declaración de amor, ni una conversación larga en una señal escondida.

Ya había cometido ese error alguna vez.

Y no quería volver a hacerlo.

Milena podía quererlo.

Podía sentir algo por él.

O podía quererlo profundamente como amigo.

Las dos posibilidades existían.

Y por primera vez, Julián entendió que no tenía derecho a escoger la que más le convenía solamente porque era la que quería que fuera cierta.

Abrió los ojos.

—¿Y ahora qué hago?

La habitación permaneció en silencio.

La pregunta no necesitaba una respuesta inmediata, pero su mente insistía.

Podía ocultarlo.

Podía guardar sus sentimientos para sí mismo, continuar como hasta ahora y evitar cualquier posibilidad de perder lo que habían construido.

Era una opción segura.

Tal vez demasiado segura.

Julián bajó la mirada hacia sus manos.

Había pasado una buena parte de su vida intentando protegerse de aquello que podía hacerle daño.

Y sabía lo que significaba esconderse.

También sabía que esconder un sentimiento no hacía que desapareciera.

Solo hacía que creciera en silencio.

Respiró profundamente.

Entonces apareció la otra posibilidad.

La que le producía miedo.

Decírselo.

Ser sincero.

Llenarse de valor y decirle a Milena que estaba enamorado de ella.

Sin exigirle nada.

Sin esperar una respuesta determinada.

Sin construir una historia antes de escuchar la suya.

Solo decir la verdad.

Julián se pasó una mano por el rostro.

—¿De verdad vas a hacer eso?

Una sonrisa nerviosa apareció en sus labios.

No sabía todavía si tendría el valor.

Pero había algo que sí sabía.

Esta vez no quería imaginar.

No quería interpretar.

No quería decidir por ella lo que sentía.

Quería saber.

Y, sobre todo, quería comprobar si era capaz de afrontar la respuesta, fuera cual fuera.

Tomó nuevamente el teléfono.

Abrió la conversación con Milena.

Sus dedos permanecieron unos segundos sobre el teclado.

Escribió: ¿Puedo preguntarte algo?

Lo miró.

Borró el mensaje.

Todavía no.

Apoyó el teléfono sobre la mesa de noche y se recostó.

Quizá necesitaba tiempo.

Quizá necesitaba encontrar la manera correcta de hacerlo.

Pero, por primera vez, la idea de hablar no le parecía una amenaza.

Le parecía un acto de valentía.

Y mientras cerraba los ojos, una última pregunta quedó suspendida en su mente:

¿Sería capaz de decirle la verdad?

Esta vez, Julián no intentó responderla.

Solo dejó que la pregunta permaneciera allí.

Porque quizá crecer también consistía en eso: En aceptar que no todas las respuestas podían encontrarse dentro de uno mismo.

Algunas había que atreverse a preguntarlas.