CAPÍTULO 81 — Ya no podía negarlo
Ya no podía negarlo
El miércoles por la tarde, Julián salió de la universidad un poco antes de lo habitual.
Tenía pensado pasar por una librería antes de regresar a su apartamento.
Necesitaba comprar un libro que había estado buscando desde hacía varios días.
Entró al lugar sin prisa.
Recorrió algunos estantes y se detuvo frente a una sección de filosofía.
Tomó uno de los libros y comenzó a hojearlo.
Entonces, al levantar la mirada, la vio.
Milena estaba al otro lado de la librería.
Estaba de pie frente a uno de los estantes, revisando algunos libros.
Julián se quedó quieto.
No esperaba encontrarla allí.
Durante unos segundos simplemente la observó.
Sintió cómo se le tensaban los hombros.
El corazón comenzó a latirle un poco más rápido.
Bajó la mirada hacia el libro que tenía en las manos.
Tranquilo.
Respiró profundamente.
Había intentado tomar distancia durante los últimos días.
Había reducido las conversaciones.
Había dejado pasar tiempo antes de responderle.
Había intentado convencerse de que necesitaba mantener las cosas bajo control.
Y ahora ella estaba allí.
A unos cuantos metros.
Julián levantó nuevamente la mirada.
Milena seguía sin darse cuenta de su presencia.
Se acomodó el cabello detrás de la oreja mientras leía la contraportada de un libro.
Un gesto completamente normal.
Pero Julián sintió nuevamente aquella extraña mezcla de nervios y tranquilidad.
Quería acercarse.
Y al mismo tiempo, una parte de él pensaba que sería mejor marcharse.
¿Por qué estoy así?
Milena levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron.
Ella sonrió inmediatamente.
—Julián.
Él tardó apenas un segundo en reaccionar.
—Hola.
Milena se acercó.
—¿Qué haces aquí?
—Buscando un libro.
Le mostró el que tenía en la mano.
—¿Y tú?
—Vine a buscar uno para mi hermana.
Julián asintió.
—¿Sofía?
—Sí.
Milena miró el libro que él sostenía.
—¿Lo encontraste?
—Creo que sí.
—Entonces valió la pena venir.
Julián sonrió.
—Eso parece.
Milena lo miró unos segundos.
—¿Cómo has estado?
—Bien.
La respuesta salió demasiado rápido.
Julián se dio cuenta.
—Bueno… ocupado.
Milena sonrió ligeramente.
—Sí. Me imagino.
Hubo un pequeño silencio.
No era incómodo para ella.
Pero Julián sentía cada segundo.
—¿Y tus padres? —preguntó.
—Mucho mejor. Ya están haciendo su vida normal otra vez.
—Me alegra.
—A mí también.
Milena levantó el libro que tenía en las manos.
—Creo que ya encontré lo que buscaba.
—Entonces deberías llevártelo.
—Eso haré.
Caminaron juntos hacia la caja.
Durante el trayecto hablaron de cosas sencillas.
Del trabajo.
De la universidad.
De cómo había estado la semana.
Nada extraordinario.
Nada que pudiera interpretarse como una señal.
Y, sin embargo, Julián seguía sintiendo aquella inquietud.
Cada vez que Milena sonreía, él tenía que recordarse que debía actuar con normalidad.
Cuando llegaron a la salida, ella miró la hora.
—Tengo que irme.
—Claro.
Milena se acomodó el bolso.
—Me alegra haberte encontrado.
Julián la miró.
Aquella frase tan sencilla le produjo algo en el pecho.
—A mí también.
Ella sonrió.
—Nos vemos.
—Nos vemos, Milena.
Ella se alejó.
Julián permaneció unos segundos en la entrada de la librería.
La observó mientras caminaba hacia la calle.
Después bajó la mirada.
Respiró profundamente.
Había intentado evitarla.
Había intentado disminuir las conversaciones.
Había intentado convencerse de que solo eran amigos.
Y aun así, bastó verla para que todo lo que había intentado controlar volviera a aparecer.
Los nervios.
La tensión.
Las ganas de acercarse.
Las ganas de seguir hablando.
Y, sobre todo, aquella necesidad inexplicable de volver a verla.
Julián cerró los ojos por un instante.
Ya no podía seguir buscando otra explicación.
No era una señal.
No era una palabra que estuviera interpretando.
No era algo que Milena hubiera hecho para hacerle creer algo.
Era él.
Era lo que sentía.
Y esta vez no estaba imaginando una historia.
Simplemente estaba reconociendo una verdad que llevaba un tiempo intentando evitar.
Julián abrió los ojos.
Miró hacia la calle por donde Milena acababa de desaparecer.
Y finalmente lo aceptó.
Estaba enamorado de Milena.
La certeza le produjo miedo.
Pero también, por alguna razón, un extraño alivio.
Porque después de tanto tiempo intentando entender lo que estaba pasando dentro de él, por fin había dejado de huir de la respuesta.