CAPÍTULO 80 — Un poco de distancia
Un poco de distancia
El martes comenzó como cualquier otro día.
Milena llegó temprano al hospital.
Después de la semana que había pasado pendiente de sus padres, volver a su propia rutina le había sentado bien.
Sus padres estaban mucho mejor y, aunque todavía tenían algunas molestias, ya podían desenvolverse por sí mismos.
Ella había regresado a su apartamento la noche anterior.
Estaba más cerca del trabajo y volver a su espacio también le había permitido recuperar un poco de normalidad.
A media mañana, mientras tomaba un café entre una consulta y otra, su teléfono vibró.
Era Julián.
Julián: ¿Cómo va tu mañana?
Milena sonrió.
Milena: Bastante ocupada. ¿La tuya?
Julián: Igual. Hoy no he tenido ni tiempo de mirar el reloj.
Milena: Entonces estamos en las mismas.
Julián: Parece que sí.
Milena guardó el teléfono y continuó con su trabajo.
Unos minutos después, Julián volvió a mirar la pantalla.
Había algo en aquel intercambio que le había dejado una sensación agradable.
No era nuevo.
Ya estaban acostumbrados a hablar así.
Sin embargo, esta vez pensó en algo diferente.
Quiero verla.
La idea apareció de repente.
Julián se quedó quieto.
Miró nuevamente el teléfono.
¿Por qué quiero verla?
Frunció el ceño.
Hasta ese momento había pensado que simplemente disfrutaba hablar con ella.
Pero aquello parecía ir un poco más allá.
Se recostó en la silla.
¿Qué me está pasando?
Intentó concentrarse nuevamente en el documento que tenía frente a él.
No pudo.
Su mente volvió al mismo punto.
¿Y si estoy equivocándome?
La pregunta le produjo una incomodidad que conocía demasiado bien.
¿Y si estoy interpretando las cosas otra vez?
Recordó cómo había sido antes.
Cómo había buscado significados en palabras pequeñas.
Cómo había convertido gestos normales en señales.
Cómo había construido conclusiones a partir de cosas que quizá nunca habían significado lo que él pensaba.
Julián cerró los ojos por un instante.
No quería volver a hacer eso.
No quería adelantarse.
No quería convertir una amistad en algo que quizá solo existía en su cabeza.
Abrió los ojos y miró el teléfono.
Milena seguía siendo Milena.
Su amiga.
Una persona con la que disfrutaba hablar.
Nada más.
O al menos eso era lo que debía ser.
Julián respiró profundamente.
Decidió no escribirle más por el momento.
No porque estuviera molesto.
No porque quisiera alejarla.
Solo quería bajar el ritmo.
Recuperar el control antes de llegar a un lugar del que después no supiera cómo salir.
Durante el resto del día, Julián siguió con sus actividades.
Milena le escribió un par de veces.
Él respondió.
Pero no lo hizo inmediatamente como solía hacerlo.
A veces dejaba pasar una hora.
Otras veces un poco más.
Sus respuestas seguían siendo amables.
No había frialdad.
Solo había una pequeña distancia.
Milena la notó.
No podía decir exactamente cuándo había empezado.
Simplemente estaba ahí.
Aquella tarde, mientras esperaba que terminara una consulta, revisó el teléfono.
Había enviado un mensaje hacía un par de horas.
Julián todavía no había respondido.
Milena miró la pantalla unos segundos.
Después dejó el teléfono sobre la mesa.
Quizá estaba ocupado.
No era extraño.
Él tenía clases, reuniones y trabajo.
No tenía por qué estar pendiente del teléfono todo el tiempo.
Volvió a sus documentos.
Un rato después llegó la respuesta.
Julián: Perdón, estaba ocupado.
Milena respondió con naturalidad.
Milena: No pasa nada.
Y continuó con su trabajo.
No le dio más vueltas.
Al final de la tarde, Julián salió de la universidad.
Caminó hacia su automóvil mientras revisaba el teléfono.
Había un último mensaje de Milena.
Milena: ¿Ya terminaste por hoy?
Julián se quedó mirando la pantalla.
Una parte de él quería responder inmediatamente.
La otra le decía que no debía hacerlo.
Esperó unos minutos.
Después respondió.
Julián: Sí. Ya voy para casa.
Milena: Qué bien. Descansa.
Julián escribió: Julián: Tú también.
Guardó el teléfono.
Se quedó unos segundos dentro del automóvil antes de encenderlo.
No estaba seguro de haber hecho lo correcto.
Pero sentía que necesitaba hacerlo.
Esa noche, Milena estaba sentada en el sofá de su apartamento.
Tenía un libro abierto sobre las piernas, pero llevaba varios minutos sin leer.
Pensó brevemente en Julián.
Había estado un poco más distante.
Eso era cierto.
Pero no sabía por qué.
Y tampoco tenía sentido inventar una explicación.
Quizá estaba ocupado.
Quizá estaba cansado.
Quizá simplemente había tenido un día diferente.
Milena cerró el libro.
No necesitaba encontrar una respuesta para todo.
Las personas también tenían días en los que estaban más ocupadas, más cansadas o necesitaban un poco de espacio.
Y eso no significaba necesariamente que algo estuviera mal.
Tomó el teléfono.
No escribió.
Sonrió ligeramente.
Ya hablarían.
No tenía prisa.
En su apartamento, Julián estaba sentado frente a la ventana.
Había conseguido mantenerse ocupado durante todo el día.
Pero ahora, en silencio, la sensación seguía ahí.
Pensó en Milena.
En cuánto había querido verla.
En cuánto había disfrutado cada conversación.
Y comprendió algo que lo incomodó todavía más.
Alejarse no había hecho que dejara de pensar en ella.
Había conseguido exactamente lo contrario.
Julián apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá.
Quizá el problema no era Milena.
Quizá el problema era el miedo que todavía llevaba consigo.
Y por primera vez entendió que podía estar ocurriendo algo que no había considerado.
Tal vez no estaba inventando una historia.
Tal vez simplemente estaba entrando, poco a poco, en una parte de su vida que todavía no sabía cómo nombrar.
Y eso era precisamente lo que intentaba evitar.