CAPÍTULO 79 — Algo diferente
Algo diferente
Julián llegó a su apartamento un poco después de las ocho de la noche.
Había tenido un día largo.
Dejó las llaves sobre la mesa, se quitó el saco y fue directamente a la cocina.
Preparó café.
Después se sentó en el sofá con un libro entre las manos.
Intentó leer.
No pudo.
Leyó la misma línea dos veces.
Luego una tercera.
Cerró el libro.
Tomó el teléfono.
No tenía mensajes nuevos.
Lo dejó sobre la mesa.
Unos minutos después volvió a tomarlo.
Abrió la conversación con Milena.
Se quedó mirando los últimos mensajes.
No había nada extraño en ellos.
Habían hablado de su día.
De la universidad.
Del trabajo.
De la comida.
De cosas completamente normales.
Julián bloqueó la pantalla.
Se quedó pensativo.
Había algo que no terminaba de entender.
No era la primera vez que hablaba con una mujer.
Tampoco era la primera vez que alguien le caía bien.
Pero con Milena era diferente.
La idea apareció en su mente casi sin avisar.
Julián frunció ligeramente el ceño.
—¿Diferente cómo?
No encontró una respuesta.
Se levantó del sofá y llevó la taza a la cocina.
Mientras lavaba la cafetera, recordó el mensaje de esa mañana.
Ya llegué.
Había sido algo tan sencillo.
Y, sin embargo, había sonreído al verlo.
También recordó que, durante el día, había mirado el teléfono varias veces esperando encontrar otro mensaje.
No porque necesitara hablar con ella.
O eso se había dicho.
Terminó de lavar la taza y apoyó las manos sobre el mesón.
Se quedó quieto.
La respuesta comenzó a formarse lentamente.
No era solo que disfrutara hablar con Milena.
Era que esperaba hacerlo.
Esperaba sus mensajes.
Esperaba contarle alguna cosa que encontraba interesante.
Esperaba saber cómo había estado su día.
Y cuando no hablaban, la notaba.
Julián cerró los ojos durante un instante.
—No.
Negó con la cabeza.
—No es eso.
Pero sabía que sí había algo.
Algo que todavía no quería nombrar.
Regresó a la sala y se sentó nuevamente.
Tomó el teléfono.
Esta vez abrió la conversación.
Escribió: Julián: ¿Llegaste bien a casa?
Se quedó mirando el mensaje.
Pensó en borrarlo.
No lo hizo.
Lo envió.
La respuesta tardó unos minutos.
Milena: Sí. ¿Tú?
Julián sonrió.
Julián: También.
Milena: ¿Ya estás descansando?
Julián: Intentándolo.
Milena: ¿Y por qué no puedes?
Julián miró el libro que había dejado abierto sobre la mesa.
Julián: Porque no puedo concentrarme.
Milena: Eso es raro en ti.
Julián soltó una risa.
Julián: Hoy parece que sí.
Milena: Entonces deja el libro y descansa.
Julián miró la pantalla.
Julián: Buena idea.
Hubo una pausa.
Después llegó otro mensaje.
Milena: Buenas noches, Julián.
Él tardó unos segundos en responder.
Julián: Buenas noches, Milena.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
Esta vez no intentó tomar el libro nuevamente.
Se quedó mirando hacia la ventana.
Pensó en cómo había actuado otras veces.
En cómo podía pasar horas intentando encontrar un significado detrás de una palabra, un gesto o una respuesta.
En cómo había llegado a interpretar pequeñas cosas como señales.
Como si necesitara encontrar una confirmación en cada detalle.
Y ahora se daba cuenta de que muchas de aquellas conclusiones las había construido él mismo.
No porque la otra persona se las hubiera dado.
Sino porque él había querido verlas.
Con Milena no estaba haciendo eso.
No estaba buscando señales.
No estaba tratando de interpretar cada palabra.
Simplemente estaban hablando.
Se buscaban.
Compartían cosas.
Se contaban cómo había sido su día.
Y aquello estaba ocurriendo de manera natural.
Julián bajó la mirada.
Quizá por eso lo que sentía ahora era diferente.
No estaba inventando una historia.
No estaba adelantándose a algo que todavía no existía.
Solo estaba reconociendo algo que ya estaba ahí.
Milena le importaba.
Más de lo que esperaba.
Más de lo que había pensado.
Julián respiró lentamente.
Todavía no sabía qué significaba aquello.
Tampoco sabía si debía hacer algo al respecto.
Por ahora, solo había una cosa que podía reconocer.
Milena significaba algo diferente para él.
Y por primera vez no necesitaba buscar una señal para saberlo.