Perdida CAPÍTULO 78 — Una pregunta inesperada
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CAPÍTULO 78 — Una pregunta inesperada

Una pregunta inesperada

La tarde transcurrió con normalidad.

Milena terminó sus consultas un poco después de lo habitual y, cuando salió del consultorio, revisó el teléfono.

Tenía un mensaje de Sofía.

Sofía: ¿Qué haces esta noche?

Milena caminó hacia el estacionamiento mientras respondía.

Milena: Nada. ¿Por qué?

La respuesta llegó enseguida.

Sofía: Vamos a cenar.

Milena sonrió.

Milena: ¿Quiénes?

Sofía: Sandra, yo y tú.

Después de unos segundos apareció otro mensaje.

Sofía: Y no acepto excusas.

Milena soltó una pequeña risa.

Milena: Está bien.

Sofía: Perfecto. Paso por ti a las siete.

Milena guardó el teléfono.

Hacía varios días que no salía con sus hermanas.

Quizá le vendría bien.

---

A las siete en punto, Sofía llegó por ella.

Milena subió al automóvil y se encontró con Sandra en el asiento delantero.

—Hola —dijo Milena.

—Hola —respondió Sandra—. ¿Cómo están mamá y papá?

—Mucho mejor.

—Qué alivio.

Sofía arrancó.

—Bueno, esta noche queda prohibido hablar del accidente.

Milena levantó las cejas.

—¿Prohibido?

—Sí. Necesitamos una noche normal.

Sandra asintió.

—Estoy de acuerdo.

—Entonces, ¿de qué vamos a hablar?

Sofía la miró por el espejo retrovisor.

—De ti.

Milena frunció el ceño.

—¿De mí?

—Sí.

—Eso suena peligroso.

Las tres rieron.

---

Llegaron a un restaurante pequeño y tranquilo.

Se sentaron cerca de una ventana.

Durante la primera parte de la cena hablaron de cosas sencillas.

Del trabajo de Sandra.

De los estudios de Sofía.

De algunas cosas que habían pasado en casa.

Milena escuchaba más de lo que hablaba.

Hasta que Sofía dejó el tenedor sobre el plato.

—Bueno.

Milena la miró.

—¿Bueno qué?

—Tengo una pregunta.

—Dime.

Sofía sonrió.

—¿Cómo está Julián?

Milena se quedó quieta durante un segundo.

Sandra levantó la mirada.

Milena soltó una pequeña risa.

—¿Por qué preguntas por él?

—Porque

últimamente

aparece

bastante

en

tus conversaciones.

—¿Sí?

—Sí.

Sandra intervino.

—Es verdad.

Milena negó con la cabeza.

—No exageren.

—No estamos exagerando —dijo Sofía—. Solo queremos saber.

Milena tomó un poco de agua.

—Está bien.

—¿Y?

—Está bien.

Sofía la miró fijamente.

—Eso ya lo sabemos. La pregunta es cómo está contigo.

Milena dejó el vaso sobre la mesa.

—¿Conmigo?

—Sí.

—Normal.

Sandra sonrió.

—¿Normal?

—Sí.

—¿Hablan?

Milena pensó un momento.

—A veces.

Sofía arqueó una ceja.

—¿A veces cuánto?

Milena sonrió.

—No sé. Depende.

—¿Y hoy?

Milena bajó la mirada hacia su plato.

—Hoy hablamos un poco.

—¿De qué?

—De cualquier cosa.

Sofía sonrió.

—Eso es lo que dicen las personas cuando hablan mucho y no quieren contar.

Milena soltó una risa.

—No hay nada que contar.

Sandra intervino con tranquilidad.

—No tienes que contar nada.

Milena la miró.

—Gracias.

—Pero sí puedes decirnos si estás bien.

Milena tardó un momento en responder.

—Sí.

Su respuesta fue sencilla.

—Estoy bien.

Sofía sonrió.

—Entonces me basta.

La conversación cambió de tema.

Milena volvió a participar con normalidad.

Pero durante unos segundos, mientras escuchaba a sus hermanas hablar, pensó en Julián.

En los mensajes.

En las conversaciones que habían empezado a aparecer casi todos los días.

En lo fácil que resultaba hablar con él.

Y en que, hasta ese momento, nunca había pensado realmente en cuánto había cambiado esa pequeña costumbre.

No porque fuera algo extraordinario.

Precisamente porque no lo era.

Simplemente estaba ahí.

Y se había vuelto parte de sus días.

Milena tomó otro sorbo de agua y volvió a escuchar a sus hermanas.

No necesitaba ponerle un nombre.

Todavía no.