CAPÍTULO 77 — Como si fuera costumbre
Como si fuera costumbre
El lunes llegó más rápido de lo que Milena hubiera querido.
A las seis y media de la mañana ya estaba frente al espejo, terminando de arreglarse.
Había dormido bien.
Aun así, sentía que podría haberse quedado en la cama una hora más.
Tomó su bolso y salió de la habitación.
Su madre estaba en la cocina, sentada mientras desayunaba.
—¿Ya te vas?
—Sí.
—Todavía podrías quedarte unos días.
Milena sonrió.
—Mamá, estoy bien. Además, ya tienes a papá para que te cuide.
—Tu papá no sabe cuidar a nadie.
Desde la otra habitación se escuchó la voz de su padre.
—¡Sí sé!
Milena soltó una risa.
—¿Ves? Está perfectamente capacitado para defenderse solo.
Su madre negó con la cabeza.
—Ustedes dos se están burlando de mí.
—Un poquito.
Se acercó para darle un beso en la frente.
—Nos vemos en la tarde.
—Ten cuidado.
—Siempre.
Milena salió de la casa con una sonrisa.
Por primera vez desde el accidente, sentía que la normalidad comenzaba a regresar.
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Julián también había comenzado la mañana temprano.
A las siete y cuarto ya estaba en la universidad.
Caminó por uno de los pasillos con un café en la mano y algunos libros bajo el brazo.
Saludó a un par de profesores antes de entrar a su oficina.
Dejó las cosas sobre el escritorio.
Encendió el computador.
Revisó algunos documentos.
Todo parecía exactamente igual que antes del fin de semana.
Sin embargo, cuando tomó el teléfono para revisar la hora, vio una notificación.
Un mensaje de Milena.
Milena: Ya llegué.
Julián sonrió sin darse cuenta.
Julián: ¿Sobreviviste a la madrugada?
La respuesta llegó casi de inmediato.
Milena: Apenas.
Julián soltó una pequeña risa.
Julián: Entonces todavía estás a tiempo de arrepentirte y regresar a dormir.
Milena: Tentador.
Julián: Lo sabía.
Milena miró el mensaje mientras caminaba por el pasillo del hospital.
Milena: ¿Y tú?
Julián: En la universidad.
Milena: ¿Ya empezaste?
Julián: Tengo clase en veinte minutos.
Milena: Entonces no te distraigo.
Julián miró la pantalla.
Julián: Ya lo hiciste.
Milena se quedó mirando aquel mensaje durante unos segundos.
Sonrió.
Milena: Bueno. Entonces estudia.
Julián: Tú trabaja.
Milena: Trato hecho.
Guardó el teléfono.
Y siguió caminando.
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Durante la mañana, ambos estuvieron ocupados.
Milena atendió a sus pacientes y pasó buena parte del tiempo revisando historias clínicas.
Julián tuvo clases durante varias horas.
No volvieron a escribir.
No porque hubieran decidido dejar de hacerlo.
Simplemente estaban ocupados.
Y ninguno sintió la necesidad de preguntar por qué el otro no había vuelto a aparecer.
A media mañana, mientras esperaba a que comenzara una consulta, Milena tomó un café.
Miró por la ventana.
Pensó en el mensaje de Julián.
Sonrió ligeramente.
Después volvió a revisar sus documentos.
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Alrededor del mediodía, Julián salió de su última clase de la mañana.
Tenía hambre.
Entró a la cafetería de la universidad y se sentó solo en una de las mesas.
Mientras esperaba su almuerzo, abrió el teléfono.
Sin pensarlo demasiado, buscó la conversación con Milena.
No había mensajes nuevos.
Bloqueó la pantalla.
Unos segundos después volvió a encenderla.
Se quedó mirando el teléfono.
Negó con la cabeza.
—¿Qué haces? —murmuró para sí mismo.
Guardó el teléfono otra vez.
Entonces llegó un mensaje.
Milena: ¿Ya almorzaste?
Julián sonrió.
Julián: Estaba a punto.
Milena: Bien. No quiero que después digas que tu amiga psiquiatra no te cuida.
Julián sonrió al leer el mensaje.
Julián: No podría decir eso.
Milena: Más te vale.
Julián: ¿Y tú ya almorzaste?
Milena: Todavía no. Estoy terminando unas cosas.
Julián: Entonces estamos igual.
Milena: Parece que sí.
Julián dejó el teléfono sobre la mesa.
Esta vez no intentó entender por qué una conversación tan pequeña le había cambiado el ánimo.
Simplemente sonrió y comenzó a comer.
Sin darse cuenta, había empezado a esperar esos pequeños mensajes.
Y, al parecer, ella también.