Perdida CAPÍTULO 76 — Sin darse cuenta
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CAPÍTULO 76 — Sin darse cuenta

Sin darse cuenta

El domingo transcurrió tranquilo.

Después de pasar la mañana con sus padres, Julián regresó a su apartamento durante la tarde.

El viaje de regreso fue silencioso.

Pensó en el fin de semana.

En la conversación con su madre.

En la sonrisa que había tenido cuando le habló de Milena.

Negó con la cabeza.

No quería darle demasiadas vueltas.

Había sido simplemente una conversación.

Al llegar a su apartamento, dejó las cosas en su lugar y preparó café.

Después se sentó a leer.

Intentó concentrarse en el libro, y esta vez consiguió avanzar algunas páginas.

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Milena también había tenido un domingo tranquilo.

Sus padres estaban mucho mejor y eso había hecho que todos pudieran relajarse un poco.

Por la tarde, después de ayudar a su madre con algunas cosas, se sentó en la sala.

Tomó un libro que había dejado a medias unos días atrás.

Leyó durante un rato.

Hasta que su teléfono vibró.

Era Julián.

Julián: Encontré algo que creo que te gustaría.

Milena sonrió.

Milena: ¿Qué cosa?

Julián le envió una fotografía.

Era una frase subrayada en uno de los libros que estaba leyendo.

Milena la leyó.

Sonrió nuevamente.

Milena: Sí. Me gusta.

Julián: Sabía que te gustaría.

Milena miró la pantalla unos segundos.

Milena: ¿Y tú? ¿Cómo estuvo el fin de semana?

Julián: Bien. Tranquilo. Me hacía falta pasar tiempo con mis padres.

Milena: Me alegra.

Julián: ¿Y tú?

Milena miró hacia sus padres antes de responder.

Milena: También tranquilo. Ya están mucho mejor.

Después de unos segundos añadió: Milena: Mañana regreso a trabajar.

Julián: ¿Ya?

Milena: Sí. Solo pude tomarme esta semana para estar pendiente de ellos.

Julián: Bueno, si ya están mejor, supongo que puedes estar más tranquila.

Milena: Sí. Todavía están adoloridos, pero pueden arreglárselas.

Julián: Eso es bueno.

Milena: Aunque mi mamá probablemente va a seguir protestando porque todos queremos cuidarla demasiado.

Julián sonrió.

Julián: Entonces sí está recuperándose.

Milena soltó una pequeña risa.

Milena: Definitivamente.

Hubo una pausa.

Julián: ¿Te hacía falta volver al trabajo?

Milena pensó un momento.

Milena: Creo que sí.

Julián: Después de una semana así, probablemente necesites volver a algo normal.

Milena: Exactamente.

Milena dejó el teléfono sobre sus piernas.

Por un momento no escribió nada.

Después apareció otro mensaje.

Julián: ¿Estás preparada para madrugar mañana?

Milena sonrió.

Milena: No.

Julián: Entonces estamos igual.

Milena: ¿Tú también?

Julián: Absolutamente.

Milena se rio.

Milena: Buenas noches, Julián.

Julián: Buenas noches, Milena. Que descanses.

Milena: Tú también.

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La noche siguió avanzando.

Milena dejó el teléfono sobre la mesa de noche y apagó la luz.

En el otro lado de la ciudad, Julián hizo lo mismo.

Ninguno de los dos se quedó pensando demasiado en aquella conversación.

No había sucedido nada extraordinario.

No habían hablado de sentimientos.

No habían hecho planes.

No habían intentado definir lo que estaban construyendo.

Simplemente habían compartido una parte de su domingo.

Como habían empezado a hacerlo cada vez con más naturalidad.

Y quizá eso era lo que hacía diferente aquella etapa.

No necesitaban buscar momentos especiales.

Cualquier momento podía convertirse en uno.

Poco a poco, sin darse cuenta, habían comenzado a hacerse un lugar en la vida del otro.

No había promesas.

No había preguntas.

No había nada que definir.

Solo dos personas disfrutando de una cercanía que todavía no necesitaba nombre.

Y, por ahora, eso era suficiente.