Perdida CAPÍTULO 73 — Volver a la rutina
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CAPÍTULO 73 — Volver a la rutina

Volver a la rutina

La mañana avanzó tranquila en casa de los padres de Milena.

Después del desayuno, Sofía ayudó a su madre a acomodarse nuevamente en el sofá mientras su padre insistía en que podía caminar solo.

—Papá, el médico dijo que descansaras.

—Estoy descansando.

—Estás caminando por toda la casa.

—Eso no es caminar por toda la casa.

Sofía lo miró.

—Claro.

Julián observaba la escena desde la mesa y sonrió.

Milena recogía algunas tazas.

—Déjame ayudarte.

—No, tú ya hiciste suficiente.

—No hice nada.

—Ayer hiciste demasiado.

Julián tomó dos tazas antes de que ella pudiera protestar.

—Entonces hoy hago poco.

Milena lo miró y sonrió.

—Está bien.

Entre los dos terminaron de organizar la cocina.

El ambiente era diferente al de la noche anterior.

Ya no había preocupación ni prisas.

Solo una mañana tranquila después de un día difícil.

Cuando Julián miró la hora, supo que era momento de irse.

Se puso de pie y tomó sus llaves.

—Creo que debería irme.

Sofía levantó la mirada.

—¿Ya?

—Sí. Tengo algunas cosas que hacer en casa.

—Bueno —respondió ella.

Julián se acercó al padre de Milena.

—Bueno, señor. Me voy.

El hombre se incorporó un poco.

—Gracias por todo lo de ayer, Julián.

Julián le estrechó la mano.

—No tiene que agradecerme. Lo importante es que ustedes estén bien.

—Lo estaremos.

—Que descanse.

—Tú también.

Julián sonrió y después se acercó a la madre de Milena, que descansaba en el sofá.

—Bueno, señora. Me voy.

Ella levantó la mirada y sonrió.

—¿Ya te vas?

—Sí. Quería despedirme.

—Gracias por habernos acompañado anoche.

—No tiene que agradecerme. Me alegra que estén mejor.

La mujer sonrió.

—Ojalá volvamos a vernos en otras circunstancias.

Julián sonrió.

—Yo también lo espero.

—Y la próxima vez —añadió ella— espero poder atenderte como se debe.

Julián soltó una pequeña risa.

—Entonces queda pendiente.

Milena, que estaba cerca, sonrió al escucharlos.

Después de despedirse de sus padres, Julián se acercó a Sofía.

—Bueno, Sofía.

—Bueno, profesor.

—Cuídalos mucho.

—Lo haré.

Julián caminó hacia la puerta.

Milena lo acompañó.

—Gracias por quedarte ayer.

—Ya me lo agradeciste.

—Igual.

Él sonrió.

—Está bien.

Milena abrió la puerta.

Julián dio un paso hacia afuera y luego se volvió.

—Cuida a tus padres.

—Lo haré.

Hubo un breve silencio.

Milena lo miró.

—Escríbeme cuando llegues.

Julián asintió.

—Lo haré.

—Bien.

—Nos vemos, Milena.

—Nos vemos, Julián.

Él bajó las escaleras y caminó hacia su automóvil.

Milena permaneció unos segundos en la puerta.

Lo vio subir, encender el motor y alejarse.

Solo después cerró la puerta.

---

Julián llegó a su apartamento poco después de las diez.

Dejó las llaves sobre la mesa y se quitó la chaqueta.

El silencio de su apartamento lo recibió como siempre.

Pero aquella mañana no le pareció tan vacío.

Se preparó algo de comer y después se sentó a revisar algunos documentos de la universidad.

Tenía trabajo pendiente para el lunes.

Pasó parte de la mañana organizando sus clases y revisando unos textos que debía llevar al día siguiente.

El domingo continuó sin grandes acontecimientos.

Almorzó en casa, salió un momento a comprar algunas cosas y por la tarde volvió a sus lecturas.

En algún momento recordó la conversación con el padre de Milena.

Sonrió.

Después volvió a concentrarse en el libro.

No pensó demasiado en ello.

Simplemente siguió con su día.

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El lunes por la mañana, Julián llegó temprano a la universidad.

El campus comenzaba a llenarse poco a poco.

Estudiantes caminando de un edificio a otro, profesores entrando a sus oficinas y conversaciones que se mezclaban en los pasillos.

Julián llevaba una carpeta bajo el brazo mientras caminaba hacia su salón.

Había vuelto a su rutina.

A las nueve comenzó su primera clase.

Durante más de una hora habló sobre ética y responsabilidad.

Respondió preguntas.

Escribió algunas ideas en el tablero.

Discutió con sus estudiantes.

Todo transcurrió con normalidad.

Al terminar, salió del salón y caminó hacia su oficina.

Dejó la carpeta sobre el escritorio y se sentó.

Entonces su teléfono vibró.

Julián lo tomó.

Era un mensaje de Milena.

Milena: ¿Qué tal tu día?

Julián sonrió ligeramente antes de responder.

Julián: Bien, aquí en la universidad. ¿Y tus padres? ¿Cómo siguen?

La respuesta llegó unos minutos después.

Milena: Están adoloridos, pero mejor que ayer.

Julián leyó el mensaje.

Julián: Me alegra. Lo importante es que descansen.

Milena tardó un poco en responder.

Milena: Sí. Aunque mi papá ya dice que está perfectamente bien y mi mamá se está quejando porque todos queremos cuidarla demasiado

Julián sonrió.

Julián: Entonces parece que están volviendo a la normalidad.

Milena: Poco a poco.

Hubo una pausa.

Después llegó otro mensaje.

Milena: ¿Y tú? ¿Dormiste bien?

Julián miró la pantalla.

Julián: Sí. Mejor de lo que esperaba.

Milena: Me alegra.

Julián dejó el teléfono sobre el escritorio.

Unos segundos después volvió a mirarlo.

No había ningún mensaje nuevo.

Guardó el teléfono.

Y volvió a sus documentos.

No había nada extraordinario en aquella conversación.

No habían hablado durante horas.

No se habían dicho nada importante.

Solo habían preguntado cómo estaban.

Pero, de alguna manera, aquello empezaba a sentirse natural.

Como si hablar con Milena pudiera formar parte de cualquier lunes.

Julián abrió nuevamente la carpeta.

Tenía otra clase en menos de una hora.

Y la vida continuaba.