CAPÍTULO 72 — La mañana siguiente
La mañana siguiente
La luz de la mañana entraba suavemente por las cortinas cuando Julián abrió los ojos.
Durante unos segundos no recordó dónde estaba.
Miró el techo.
Después la habitación.
Y entonces recordó.
El hospital.
La madrugada.
Los padres de Milena.
La casa.
Milena.
Se incorporó lentamente y miró el reloj que había sobre la mesa de noche.
7:18 a. m.
Había dormido poco, pero se sentía extrañamente tranquilo.
Se levantó, se arregló y salió de la habitación procurando no hacer ruido.
La casa estaba en silencio.
Caminó por el pasillo hasta llegar a la sala.
Escuchó algunos sonidos provenientes de la cocina.
Se acercó.
—Buenos días.
Julián se detuvo.
El padre de Milena estaba sentado a la mesa con una taza de café.
—Buenos días, muchacho.
—¿Cómo amaneció?
—Mejor.
—Me alegra.
El hombre señaló la silla frente a él.
—Siéntate.
Julián dudó un instante, pero obedeció.
—¿Durmió bien?
—Lo suficiente.
—Después de lo de anoche, creo que todos necesitábamos dormir.
Julián asintió.
—¿Y su esposa?
—Todavía está descansando.
—Eso es bueno.
El padre tomó un sorbo de café.
—Milena estuvo pendiente de todo hasta que se acostó.
Julián sonrió.
—Sí. Es muy responsable.
—Demasiado.
Los dos sonrieron.
Hubo un breve silencio.
—Gracias por lo de ayer —dijo finalmente el hombre.
Julián negó con la cabeza.
—No tiene que agradecerme.
—Uno agradece cuando alguien está ahí.
Julián bajó la mirada por un momento.
—Me alegra haber podido ayudar.
El padre lo observó unos segundos.
—Se nota que quieres mucho a mi hija.
Julián levantó la mirada.
La frase lo tomó por sorpresa.
—Milena es una persona importante para mí.
El hombre sonrió ligeramente.
—Eso también se nota.
Antes de que Julián pudiera responder, una voz apareció desde el pasillo.
—Papá, no empieces tan temprano.
Sofía entró en la cocina con el cabello recogido y una expresión divertida.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió Julián.
Sofía miró a su padre.
—¿Ya lo estabas interrogando?
—Estábamos conversando.
—Claro.
Julián soltó una pequeña risa.
—De verdad.
Sofía se sirvió café.
—Bueno, menos mal.
Se sentó junto a su padre y miró a Julián.
—¿Dormiste?
—Sí.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Porque tienes cara de haber dormido dos horas.
—Dormí más de dos.
—Ah, bueno. Entonces estamos progresando.
Julián sonrió.
—Gracias por la preocupación.
—De nada.
En ese momento, Milena apareció en la puerta.
Llevaba el cabello suelto y todavía tenía la expresión de alguien que acababa de despertarse.
Se quedó quieta al verlos.
—¿Ya están todos despiertos?
Sofía levantó la taza.
—Algunos.
Milena miró a Julián.
—¿Dormiste bien?
—Sí.
—¿Estás seguro?
Julián sonrió.
—Tu hermana me acaba de hacer exactamente la misma pregunta.
Sofía levantó una ceja.
—Porque tienes cara de cansancio.
Milena sonrió.
—Sí la tienes.
—Gracias a las dos.
Las tres personas rieron.
Milena se acercó a la cafetera.
—¿Quieres café?
Julián miró la taza que tenía frente a él.
—Ya me dieron.
—Ese está frío.
—Todavía sirve.
Milena negó con la cabeza.
—No.
Tomó la taza y la llevó hacia la cafetera.
—Te preparo otro.
—No tienes que hacerlo.
—Ya sé.
Ella lo miró de reojo.
—Pero quiero.
Julián no respondió.
Solo sonrió.
Mientras Milena preparaba el café, Sofía observó la escena en silencio.
Su padre también.
Ninguno dijo nada.
No hacía falta.
Unos minutos después, Milena dejó una taza frente a Julián.
—Ten.
—Gracias.
—De nada.
Julián tomó un sorbo.
—Está bueno.
—Obviamente.
—¿Siempre eres así de modesta?
—Solo por las mañanas.
Julián soltó una risa.
Milena se sentó a su lado.
Durante unos segundos ambos permanecieron en silencio.
La conversación de Sofía y su padre continuaba al otro lado de la mesa, pero ellos parecían estar en una pequeña burbuja aparte.
Milena miró su taza.
—Mis padres están mejor.
—Me alegra.
—Mi mamá preguntó por ti.
Julián levantó la mirada.
—¿Por mí?
—Sí.
—¿Qué preguntó?
Milena sonrió.
—Que si habías llegado bien.
Julián bajó la mirada hacia el café.
—Todavía no he llegado.
Milena lo miró.
—Lo sé.
Se quedaron en silencio.
Después ella sonrió.
—Pero supongo que eso lo sabrá cuando te vayas.
Julián la miró unos segundos.
—¿Quieres que me vaya?
Milena negó suavemente con la cabeza.
—No dije eso.
Él sonrió.
—Lo sé.
Milena sostuvo su mirada.
Y durante un instante ninguno de los dos dijo nada.
No era necesario.
Desde la otra punta de la mesa, Sofía carraspeó exageradamente.
—Bueno…
Milena giró la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
—Sofía.
—Yo no dije nada.
Su padre soltó una risa.
Julián bajó la mirada para ocultar la sonrisa.
Milena negó con la cabeza.
—Son insoportables.
—Nosotros no estamos haciendo nada —respondió Sofía.
—Precisamente.
Julián volvió a reír.
Y por primera vez desde que había llegado aquella madrugada, sintió algo extraño.
No era incomodidad.
No era obligación.
No era la sensación de estar ocupando un espacio que no le correspondía.
Era simplemente estar allí.
Compartiendo café.
Escuchando conversaciones familiares.
Viendo a Milena sonreír.
Y, de alguna manera, sintiéndose parte de aquella mañana.
Sin haberlo planeado.
Sin haberlo buscado.
Solo había ocurrido.