CAPÍTULO 71 — Después del susto
Después del susto
Cerca de las diez de la noche, Sandra miró la hora en su teléfono y suspiró.
—Tenemos que irnos —dijo a su esposo—. Los niños nos están esperando y tenemos que volver con la bebé.
Su esposo asintió.
—Sí, ya es tarde.
Sandra se acercó a sus padres y los abrazó con cuidado.
—Me llaman si necesitan algo, ¿sí?
—Estamos bien, hija —respondió su madre.
—Lo sé, pero igual.
Su padre sonrió.
—Ve tranquila.
Sandra se despidió también de Milena y Sofía.
—Yo los llamo cuando llegue.
—Está bien —respondió Milena.
Después miró a Julián.
—Gracias por quedarte.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo.
Julián sonrió.
Sandra y su esposo finalmente se marcharon.
Sofía se quedó en la habitación con sus padres, mientras Milena salió a hablar nuevamente con la enfermera para saber cuánto faltaba para que pudieran darles el alta.
Los minutos pasaron.
La conversación terminó alargándose más de lo esperado. El médico debía revisar nuevamente a sus padres y todavía faltaban algunos trámites.
Mientras tanto, Julián permaneció en la habitación.
Al ver que Sofía estaba acompañando a los padres de Milena, decidió salir un momento.
No dijo nada.
Solo tomó sus llaves y salió por un café.
Cuando Milena regresó, buscó a Julián con la mirada.
No estaba.
—¿Y Julián?
Sofía señaló hacia la puerta.
—Salió hace un momento.
Milena asintió.
Supuso que se había ido a casa.
Volvió a la habitación y se quedó unos minutos con sus padres.
Después salió nuevamente al pasillo.
Y fue entonces cuando lo vio.
Julián venía caminando hacia ella con varios vasos de café en las manos.
Milena se detuvo.
—¿Todavía sigues aquí?
Julián la miró con naturalidad.
—Claro.
Le extendió uno de los vasos.
—Te traje café.
Milena lo recibió, un poco sorprendida.
—Gracias.
—Este es para Sofía.
Ella miró el vaso y luego a él.
—¿Y tú?
—También traje uno.
Milena sonrió.
—Pensé que te habías ido.
—No.
Ella levantó la mirada.
—¿Por qué?
Julián señaló hacia la habitación.
—Quería esperar hasta que les dieran de alta.
Milena permaneció callada unos segundos.
Entonces miró el reloj del pasillo.
11:48 p. m.
Volvió a mirarlo.
—Julián…
—¿Qué?
—Ya casi es medianoche.
—Sí.
—No tienes que quedarte.
—Lo sé.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—Entonces…
Julián se encogió de hombros.
—Además, mira la hora. No creo conveniente que se vayan en un taxi a esta hora, y menos con tus padres recién salidos del hospital.
—Podemos pedir uno.
—Yo los llevo.
—No quiero molestarte.
—Milena.
Ella lo miró.
—No me molestas.
Milena bajó la mirada hacia el café.
—Está bien.
—Bien.
Julián le hizo un pequeño gesto con la cabeza hacia la habitación.
—Vamos. A ver si ya nos dejan salir de aquí.
Ella sonrió.
—Vamos.
Unos minutos después, el médico finalmente entró con el alta.
Sus padres podían regresar a casa. Las lesiones no eran graves, pero debían descansar, tomar los medicamentos indicados y regresar si aparecía algún síntoma preocupante.
Milena escuchó cada indicación atentamente.
Sofía también.
Julián permaneció cerca, atento por si necesitaban algo.
Cuando finalmente salieron del hospital, el reloj ya había pasado la medianoche.
Julián ayudó al padre de Milena a caminar hasta el automóvil.
Sofía acompañó a su madre.
Milena cerró la puerta después de ayudarla a acomodarse y se quedó unos segundos junto al vehículo.
Miró a Julián.
—De verdad, gracias.
—Ya me lo dijiste.
—Y te lo voy a seguir diciendo.
—Entonces tendré que acostumbrarme.
Ella sonrió.
—Parece que sí.
Su padre iba adelante junto a Julián. En la parte de atrás iban Milena, Sofía y su madre.
El cansancio había reemplazado la preocupación de las horas anteriores.
Después de unos minutos, el padre de Milena preguntó: —Julián, ¿tú eres profesor?
—Sí.
—¿De filosofía?
—Sí.
—Milena nos había contado.
Julián miró brevemente hacia el espejo retrovisor.
Milena hizo una pequeña mueca.
—No empieces, papá.
Sofía soltó una risa.
—Ahora sí empezó la entrevista.
—Solo estoy conversando —respondió él.
Julián sonrió.
—No se preocupe.
—¿Y te gusta?
—Mucho.
—Eso es importante.
—Sí. Creo que cuando uno disfruta lo que hace, se nota.
El padre asintió.
—Eso es verdad.
Milena escuchaba en silencio.
No sabía por qué, pero le resultaba extraño ver a Julián hablando tranquilamente con su padre.
Como si llevarlo a casa, conversar con él y formar parte de aquella pequeña escena familiar fuera algo completamente normal.
Cuando llegaron, Sofía ayudó a sus padres a entrar.
Milena preparó las cosas que necesitarían durante la noche y revisó nuevamente las indicaciones médicas.
Poco a poco, sus padres se acomodaron.
La casa quedó en silencio.
Sofía se quedó un rato con ellos.
Milena salió a la sala y encontró a Julián junto a la puerta, con las llaves del automóvil en la mano.
—¿Te vas?
—Sí. Creo que ya es hora.
Milena miró el reloj.
1:07 a. m.
—¿Vas a manejar así de tarde?
—Estoy bien.
—Julián…
—Milena, vivo cerca.
—Eso no cambia la hora.
Él sonrió.
—He manejado a horas peores.
Sofía apareció desde el pasillo.
—No te vas.
Julián la miró.
—¿Perdón?
—Quédate.
—Sofía…
—Es demasiado tarde. Y después de todo el día que llevas, no vas a manejar de madrugada solo porque te da pena quedarte.
Milena sonrió.
—Hay una habitación disponible.
Julián dudó.
—No quiero incomodar.
—No incomodas —dijo Milena.
Sofía asintió.
—Quédate.
Julián las miró a las dos.
—Está bien.
—Bien —respondió Sofía.
Más tarde, cuando todos estaban acomodados, Milena salió a la cocina.
Encontró a Julián sentado en la mesa con el último café entre las manos.
—¿Todavía despierto?
—Todavía.
Ella se sentó frente a él.
Durante unos segundos ninguno habló.
La tranquilidad de la casa contrastaba con el caos de unas horas atrás.
Milena bajó la mirada.
—Hoy me asusté mucho.
Julián dejó la taza sobre la mesa.
—Lo sé.
—Cuando me llamaron del hospital pensé lo peor.
—Pero están bien.
—Sí.
Respiró profundamente.
—Y tú estuviste ahí todo el tiempo.
Julián sonrió.
—No podía hacer mucho.
—Sí podías.
Ella levantó la mirada.
—Fuiste por mí.
—Claro.
—Me trajiste al hospital.
—Sí.
—Esperaste.
—Sí.
Milena sonrió.
—Y ahora estás aquí.
Julián la miró.
—Sí.
Ella guardó silencio unos segundos.
—Cuando me llamaron… ni siquiera pensé a quién llamar.
Julián no respondió.
—Solo pensé en ti.
La mirada de él cambió ligeramente.
—Hiciste bien.
Milena sonrió.
—Eso pensé después.
Se quedaron mirándose durante unos segundos.
No había nervios.
No había necesidad de llenar el silencio.
Solo estaban allí.
Julián tomó nuevamente su taza.
—Deberías dormir.
—Tú también.
—Lo haré.
Milena se levantó.
Antes de salir de la cocina, se volvió hacia él.
—Buenas noches, Julián.
—Buenas noches, Milena.
Ella sonrió y desapareció por el pasillo.
Julián permaneció sentado unos segundos más.
Había sido un día extraño.
Había conocido a los padres de Milena.
Había pasado horas en un hospital.
Había llevado a su familia a casa.
Y ahora estaba allí, sentado en su cocina, a la una de la mañana.
No sabía exactamente cuándo había empezado a sentirse tan cómodo cerca de ella.
Pero por alguna razón, aquella noche no le parecía extraño estar allí.
Solo… correcto.