Perdida CAPÍTULO 67 — Una costumbre
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CAPÍTULO 67 — Una costumbre

Una costumbre

El sábado por la mañana, Julián estaba en casa de sus padres.

Su madre había conseguido convencerlo de quedarse a almorzar, aunque él había llegado diciendo que no podía quedarse demasiado tiempo.

—Solo voy a almorzar y me voy —había dicho al entrar.

—Eso dijiste la última vez.

—Esta vez es verdad.

—Claro.

Julián sonrió.

Sabía perfectamente que no tenía sentido discutir con ella.

Después del almuerzo, se quedó conversando con su padre en el patio. Hablaron de algunas cosas de la universidad, de la celebración y de asuntos que no tenían demasiada importancia.

La tarde pasó tranquila.

Cuando finalmente regresó a su apartamento, dejó las llaves sobre la mesa y se quitó la chaqueta.

Miró el teléfono.

Tenía varios mensajes.

Los revisó sin demasiado interés hasta encontrar uno de Milena.

¿Cómo sobreviviste al almuerzo familiar?

Julián sonrió.

Respondió: Con dignidad.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Eso está por verse.

Julián soltó una risa.

Mi madre te habría dado la razón.

Las madres siempre tienen la razón.

Eso es una generalización peligrosa.

Pero cierta.

Julián dejó el teléfono sobre la mesa.

Pasaron unos minutos.

Volvió a tomarlo.

¿Qué haces?

Milena tardó un poco en responder.

Acabo de llegar a casa. ¿Por?

Julián miró la pantalla.

No había una razón concreta.

Podría haberlo dejado ahí.

Pero escribió: Nada. Preguntaba.

Milena respondió con un emoji sonriente.

Julián dejó nuevamente el teléfono.

Se dirigió a la cocina, preparó café y volvió a sentarse en el sofá.

Unos minutos después, el teléfono vibró.

Estoy aburrida.

Julián sonrió.

Eso ya es problema tuyo.

Qué poco solidario.

Puedo recomendarte una película.

¿Y si es mala?

Entonces tendrás a quién culpar.

Perfecto. Mándamela.

Julián buscó entre sus películas y le envió una.

La conversación continuó durante un rato.

Hablaron de la película.

Discutieron sobre el protagonista.

Milena se burló de una de las opiniones de Julián.

Él le respondió que no entendía de cine.

Ella aseguró que él no entendía de nada.

Y terminaron riéndose.

Cuando la conversación finalmente terminó, Julián dejó el teléfono sobre la mesa.

Se quedó unos segundos mirando hacia el frente.

No había ocurrido nada especial.

No habían hablado de nada importante.

No había sucedido nada que pudiera recordar al día siguiente como un momento significativo.

Solo habían hablado.

Como tantas otras veces.

Julián tomó el café que había dejado sobre la mesa y bebió un sorbo.

Entonces se dio cuenta de algo.

Había sido él quien le había escrito primero.

No porque necesitara algo.

No porque tuviera algo importante que contarle.

Simplemente había querido saber qué estaba haciendo.

La idea le pareció curiosa.

Sonrió para sí mismo.

No le dio demasiada importancia.

Después de todo, ya era normal hablar con Milena.

Se había vuelto una costumbre.

Y no había nada extraño en eso.