Perdida CAPÍTULO 66 — Pequeñas cosas
46%

CAPÍTULO 66 — Pequeñas cosas

Pequeñas cosas

Julián y Milena estaban sentados en una cafetería tranquila, conversando mientras esperaban sus bebidas.

La conversación había comenzado con algo tan simple como el trabajo, pero, como solía ocurrir entre ellos últimamente, había terminado pasando de un tema a otro sin que ninguno se diera cuenta.

Milena tomó su café y lo miró.

—Por cierto, Sandra ya tuvo a la bebé.

Julián levantó la mirada.

—¿Ya?

—Sí. Hace unos días.

—¿Todo bien?

—Sí, por suerte. Todo salió bien. La bebé está muy bien y Sandra está feliz… aunque agotada.

Julián sonrió.

—Me alegra mucho.

—Yo también. Ya quería conocerla.

—¿Y pudiste ir a verla?

—Sí. Estuve con ella unos días.

Milena sonrió al recordarlo.

—Es pequeñita.

—¿Mucho?

—Muchísimo. Parece mentira que alguien pueda ser tan pequeña.

Julián soltó una risa.

—Supongo que así se ven todos los recién nacidos.

—No. Esta es especialmente pequeña.

—Claro.

—No me crees.

—Te creo.

Milena lo miró unos segundos y terminó riéndose.

—Ahora mi mamá está feliz. Ya sabes cómo son las abuelas.

—Me imagino.

Julián sonrió.

—¿Y tú ya sabes qué vas a ser para la bebé?

Milena arqueó una ceja.

—¿Cómo que qué voy a ser?

—No sé. La tía favorita, por ejemplo.

—Eso ya está decidido.

—¿Tan segura?

—Por supuesto.

—Qué modestia.

—Realismo.

Julián negó con la cabeza, divertido.

La conversación continuó con naturalidad.

Con el tiempo, Julián había ido conociendo pequeñas partes de la vida de Milena. Sabía que tenía varios hermanos, conocía algunas de sus profesiones y había escuchado historias sobre ellos.

Pero todavía había rostros que no conocía.

Sandra era uno de ellos.

No le parecía extraño.

Simplemente era una de esas cosas que había ido descubriendo poco a poco mientras conocía a Milena.

Milena dejó la taza sobre la mesa.

—¿Este fin de semana vas donde tus padres?

—Sí —respondió Julián—. Probablemente el sábado.

—¿Hace cuánto no vas?

—Un par de semanas.

—Entonces tu mamá debe estar reclamándote.

Julián sonrió.

—Un poco.

—Lo sabía.

—Aunque no me reclama tanto como antes.

—¿Por qué?

—Porque ahora sabe que si me insiste demasiado, voy por culpa.

Milena soltó una carcajada.

—Eso es terrible.

—Funciona.

—Pobre mujer.

—Ella sabe cómo manipularme.

—Y tú te dejas.

—Solo cuando se trata de mi madre.

Milena sonrió.

—Bueno, entonces disfruta el fin de semana.

—Lo haré.

Se quedaron unos segundos en silencio.

No era un silencio incómodo.

Simplemente el tipo de silencio que podía aparecer entre dos personas que ya no sentían la necesidad de llenar cada espacio con palabras.

Milena tomó nuevamente su café.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Creo que me alegra que Sandra ya haya tenido a la bebé.

—¿Por qué?

—Porque llevaba meses hablando del embarazo y por fin puedo dejar de escucharla decir que no puede dormir.

Julián soltó una risa.

—Eso sí es una razón válida.

—¿Ves?

—Muy noble de tu parte.

—Siempre.

Julián la miró y sonrió.

La conversación continuó.

Sin que ninguno de los dos lo pensara demasiado, aquellas pequeñas conversaciones se habían convertido en parte de sus días.