Perdida CAPÍTULO 63 — Una tarde de poesía
44%

CAPÍTULO 63 — Una tarde de poesía

Una tarde de poesía

—¿Y al final le preguntaste?

Milena levantó la mirada.

Sofía estaba sentada frente a ella, esperando una respuesta.

—¿Preguntarte qué?

—Por los dibujos de Julián.

Milena sonrió.

—Ah, sí.

Tomó su teléfono.

—Me mandó uno.

Sofía se acercó un poco.

—¿En serio?

—Sí.

Milena abrió la conversación y le mostró la fotografía.

Sofía observó el dibujo durante unos segundos.

La persona estaba sentada junto a una ventana, ligeramente de perfil, mirando hacia afuera. La luz entraba desde un costado y marcaba parte de la figura, mientras el resto quedaba en sombra.

—Está bonito —dijo finalmente.

—A mí también me gustó.

Sofía volvió a mirar la imagen.

—Tiene algo.

—¿Qué cosa?

—No sé. Parece que está pensando en algo.

Milena sonrió.

—Yo pensé que parecía que estaba esperando algo.

—También.

Sofía le devolvió el teléfono.

—Dile que me gustó.

—Se lo diré.

—Y dile que sí dibuja.

Milena soltó una pequeña risa.

—Eso ya lo sabía.

Sofía continuó comiendo como si la conversación hubiera terminado.

Milena guardó el teléfono.

Sin embargo, antes de dejarlo sobre la mesa, volvió a mirar la fotografía.

No sabía exactamente por qué, pero le gustaba aquel dibujo.

Dos días después, Julián estaba en la universidad terminando de preparar una de sus clases cuando recordó la feria literaria.

Recordó la conversación que había tenido con Milena.

Y también la presentación de poesía que habían mencionado.

Buscó el evento en el teléfono.

La presentación sería al día siguiente.

Se quedó mirando la pantalla unos segundos.

Después abrió la conversación con Milena.

Escribió.

Julián: Hola, ¿cómo estás?

La respuesta llegó poco después.

Milena: Hola, bien. ¿Y tú?

Julián: Bien.

Hubo una pequeña pausa antes de que escribiera nuevamente.

Julián: Oye, ¿vas a ir mañana a la presentación de poesía?

Milena leyó el mensaje.

Milena: Estaba pensando en ir. ¿Tú?

Julián: Sí. Me dio curiosidad después de lo que hablamos en la feria.

Milena: Entonces nos vemos allá.

Julián sonrió.

Julián: Sí.

Guardó el teléfono.

No había sido complicado.

Simplemente había querido preguntarle.

Al día siguiente, la sala estaba casi llena.

Milena llegó unos minutos antes de que comenzara la presentación.

Miró alrededor.

Julián estaba cerca de la entrada.

Cuando la vio, sonrió.

—Hola.

—Hola.

—¿Hace mucho llegaste?

—No.

Caminaron juntos hasta encontrar dos lugares libres.

La presentación comenzó unos minutos después.

Un poeta habló sobre su obra.

Después leyó algunos de sus textos.

Milena escuchaba con atención.

Julián también.

En uno de los poemas, el autor hablaba sobre la memoria y la forma en que las personas reconstruyen el pasado.

Julián permaneció en silencio durante toda la lectura.

Cuando terminó, Milena se inclinó ligeramente hacia él.

—Ese me gustó.

Julián la miró.

—¿Sí?

—Sí. ¿A ti?

—No estoy seguro.

Milena sonrió.

—¿Por qué?

—Me gustó la idea, pero no sé si me gustó cómo la escribió.

—Entonces no te gustó.

—No necesariamente.

—Eres complicado.

Julián soltó una pequeña risa.

—Soy profesor de filosofía.

—Eso explica algunas cosas.

Ambos sonrieron.

Continuaron escuchando.

Al terminar la presentación, salieron junto con el resto de las personas.

—¿Y ahora? —preguntó Milena.

Julián miró alrededor.

—¿Quieres tomar un café?

Ella sonrió.

—Claro.

Caminaron hasta una cafetería cercana.

Esta vez no tuvieron que buscar temas de conversación.

Hablaron de la presentación.

De los poemas que les habían gustado.

De los que no.

Milena le contó cuál había sido su favorito.

Julián explicó por qué uno de los textos le había parecido interesante aunque no le hubiera gustado del todo.

Después hablaron de la universidad.

De los libros que habían comprado.

De algunas cosas que habían hecho durante la semana.

La conversación fue cambiando de un tema a otro sin que ninguno tuviera que esforzarse por mantenerla.

Cuando terminaron el café, permanecieron un momento sentados.

—Me gustó la presentación —dijo Milena.

—A mí también.

—Aunque no coincidimos en todo.

—Eso está bien.

—¿Por qué?

Julián sonrió.

—Sería aburrido que coincidiéramos en todo.

Milena lo miró unos segundos.

—Sí.

Salieron de la cafetería.

Caminaron juntos hasta la esquina.

Esta vez ninguno parecía tener prisa por despedirse.

—Bueno —dijo finalmente Milena—. Nos vemos.

—Nos vemos.

Julián comenzó a caminar.

Después de unos pasos, se volvió.

—Milena.

Ella se giró.

—¿Sí?

—Gracias por venir.

Milena sonrió.

—Gracias por invitarme.

Julián asintió.

Continuó caminando.

Esta vez no había sido una coincidencia.

Él había pensado en ella.

Había querido saber si estaría allí.

Y después habían elegido quedarse un rato más juntos.

Todavía no significaba nada que ninguno de los dos necesitara nombrar.

Pero empezaba a convertirse en una costumbre que ambos disfrutaban.