Perdida CAPÍTULO 61 — Entre páginas
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CAPÍTULO 61 — Entre páginas

Entre páginas

El sábado por la mañana, Julián salió de casa con una lista pequeña de cosas que quería buscar.

No era una lista demasiado seria.

Algunos libros de filosofía para preparar sus próximas clases.

Quizá algún ensayo que pudiera servirle para ampliar un tema.

Y, si encontraba algo que le llamara la atención, un libro para leer por gusto.

Había visto días atrás el anuncio de una feria literaria que se realizaría durante el fin de semana.

La entrada era gratuita.

No tenía ningún compromiso para esa mañana.

Así que decidió ir.

La feria ocupaba varias salas de un centro cultural.

Había mesas llenas de libros, editoriales pequeñas, puestos de segunda mano y espacios donde se realizarían lecturas y presentaciones durante el día.

Julián recorrió algunos puestos.

Tomó un libro de filosofía.

Leyó la contraportada.

Lo abrió.

Revisó el índice.

Lo volvió a dejar.

Tomó otro.

Ese sí parecía interesante.

Lo sostuvo bajo el brazo y continuó caminando.

Después de unos minutos, se detuvo frente a una mesa de literatura.

Había novelas, cuentos y libros de poesía.

Julián tomó uno al azar.

Lo hojeó.

No estaba buscando nada específico.

Solo curioseaba.

—¿También estás buscando algo?

La voz hizo que levantara la mirada.

Milena estaba frente a él.

Durante un segundo, ambos se quedaron sorprendidos.

—Hola.

—Hola.

Julián sonrió.

—No sabía que vendrías.

—Yo tampoco sabía que estarías aquí.

—Parece que tenemos el mismo plan.

Milena miró el libro que tenía en la mano.

—¿Qué estás buscando?

Julián levantó el otro libro que llevaba bajo el brazo.

—Filosofía.

—Eso sí me lo esperaba.

Él se rio.

—Es para una clase.

—¿Y ese?

Milena señaló el libro de literatura que tenía en la mano.

Julián miró la portada.

—Ese no sé.

—¿No sabes si lo quieres?

—No sé si lo necesito.

—No es lo mismo.

Julián sonrió.

—Exactamente.

Milena continuó caminando junto a él.

—Yo vine por literatura.

—¿Solo por eso?

—Principalmente.

—¿Encontraste algo?

—Sí. Aunque todavía no sé si voy a comprarlo.

—Entonces estamos igual.

Caminaron entre las mesas.

Milena se detuvo frente a una sección de poesía.

Tomó un libro.

—Mira. Neruda.

Julián sonrió.

—¿Te gusta?

—Sí. Compré este mismo hace unos días en una librería.

Julián miró el libro que tenía en las manos.

—Entonces ya sabes cuál llevarte.

Milena sonrió.

—Supongo que sí.

Continuaron caminando.

—¿Y tú qué lees? —preguntó Milena.

—De todo un poco.

—Eso tampoco responde mucho.

—Filosofía, sobre todo. Pero también novelas.

Milena levantó una ceja.

—¿Y poesía?

Julián hizo una pequeña pausa.

—A veces.

—Entonces no eres tan diferente de mí.

—Nunca dije que lo fuera.

Milena sonrió.

Continuaron recorriendo los puestos.

Julián le contó que había empezado a dibujar con más frecuencia.

Milena lo escuchó con interés.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Y cómo te ha ido?

—Mejor.

—¿Vas a hacer una exposición?

Julián soltó una risa.

—No.

—¿Entonces?

—Solo quiero mejorar.

—¿Por qué?

Julián pensó unos segundos.

—Porque me gusta.

Milena sonrió.

—Eso me parece una buena razón.

—Eso pensé.

—¿Y qué fue lo que te hizo empezar a tomarlo más en serio?

—Fui a una exposición el fin de semana pasado.

Julián le habló de una obra que le había llamado especialmente la atención y de cómo había intentado entender la forma en que el artista había trabajado la luz.

Milena escuchó.

—Parece que te lo estás tomando en serio.

—Un poco.

—Pero no quieres dedicarte a eso.

—No.

Julián negó con la cabeza.

—Solo quiero hacerlo mejor.

Milena asintió.

—Entonces entiendo.

Julián sonrió.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Qué haces cuando no estás trabajando?

Milena sonrió.

—Leo.

—Eso ya lo sé.

—¿Cómo que ya lo sabes?

—Lo acabas de demostrar.

Milena soltó una pequeña risa.

—También cocino.

—Eso tampoco me sorprende.

—Entonces no sé qué más decirte.

Julián la miró divertido.

—Algo que no sepa.

Milena pensó unos segundos.

—Me gusta caminar sin rumbo.

—Eso no me lo esperaba.

—¿Por qué?

—No sé. Pensaba que siempre tenías un plan.

—No siempre.

Julián sonrió.

—Yo tampoco.

La conversación continuó mientras recorrían la feria.

Hablaron de autores.

De libros que habían leído.

De otros que todavía tenían pendientes.

En algún momento llegaron a una pequeña zona de café ubicada al fondo del centro cultural.

Milena miró hacia las mesas.

—¿Quieres tomar algo?

Julián miró el reloj.

Todavía tenía tiempo.

—Sí.

Se sentaron junto a una ventana.

Pidieron café.

Durante unos minutos hablaron de cosas sencillas.

De la universidad.

De la feria.

De un libro que Julián había encontrado.

De la novela que Milena estaba pensando comprar.

No había silencios incómodos.

Tampoco había necesidad de hablar constantemente.

Simplemente estaban allí.

Cuando terminaron el café, regresaron a la feria.

Julián compró finalmente el libro de filosofía que había escogido al principio.

Después encontró una novela que le llamó la atención.

Milena, por su parte, compró el libro de poesía y la novela que había estado mirando.

Al salir del centro cultural, ambos llevaban una bolsa en la mano.

—Parece que ninguno salió con las manos vacías —dijo Julián.

—Parece que no.

Caminaron juntos hasta la esquina.

—Me gustó la feria —dijo Milena.

—A mí también.

Hubo un pequeño silencio.

—Podríamos volver algún día —dijo Julián.

Milena lo miró.

—Sí.

—Hay una presentación la próxima semana.

—¿De qué?

—Poesía.

Milena sonrió.

—Entonces quizá venga.

Julián asintió.

—Quizá yo también.

Se despidieron.

Esta vez no tomaron caminos completamente distintos.

Caminaron juntos unos metros más antes de separarse.

No habían planeado encontrarse.

Tampoco habían planeado quedarse hablando.

Simplemente había ocurrido.

Y, por primera vez, ninguno parecía tener prisa por ponerle un nombre a aquello.