CAPÍTULO 59 — Cada quien con su día
Cada quien con su día
Los días siguientes transcurrieron con tranquilidad.
Julián volvió a sumergirse en su rutina.
La universidad ocupaba buena parte de sus días entre clases, reuniones, libros y trabajos por corregir.
El martes por la tarde, después de terminar una clase, uno de sus estudiantes se acercó.
—Profesor, ¿usted siempre responde las preguntas con otra pregunta?
Julián sonrió.
—No siempre.
El estudiante señaló el tablero.
—Entonces, ¿por qué lo hace?
Julián miró la frase que había escrito.
—Porque a veces lo importante no es encontrar una respuesta, sino saber qué estamos preguntando.
—Eso suena complicado.
—La filosofía suele hacer eso.
Ambos sonrieron.
Cuando el estudiante se marchó, Julián borró la frase y guardó sus libros.
Ya no sentía la necesidad de quedarse trabajando hasta tarde. Había
aprendido
que
no
todo
tenía
que
resolverse inmediatamente.
Esa noche, al llegar a casa, preparó algo de comer y abrió la ventana.
Mientras esperaba, recordó aquella mañana en casa de sus padres.
El jardín.
La conversación con su madre.
La fotografía.
No sintió tristeza.
Solo tranquilidad.
Más tarde tomó su libreta de dibujos.
Había varios bocetos recientes.
Una taza.
Una calle.
Una ventana.
Tomó el lápiz y dibujó durante unos minutos.
No buscaba hacerlo perfecto.
Solo quería hacerlo.
Cuando terminó, sonrió y cerró la libreta.
La semana de Milena también transcurrió con normalidad.
El miércoles, después de una jornada larga, llegó a casa y dejó el bolso sobre una silla.
Abrió la nevera.
La miró unos segundos.
—No sé qué quiero comer.
Finalmente preparó algo sencillo.
Mientras cocinaba, recibió un mensaje de Sofía.
Sofía: ¿Ya llegaste?
Milena: Sí.
Sofía: ¿Comiste?
Milena: Estoy en eso.
Sofía: Entonces sí vas a comer.
Milena sonrió.
Milena: Sí, mamá.
Terminó de cocinar y se sentó a comer.
Después de semanas agitadas, aquella tranquilidad le parecía agradable.
El jueves por la noche ordenó algunos libros que tenía sobre una mesa.
Intentó acomodarlos en una repisa, pero ya no había espacio.
—Necesito dejar de comprar libros.
Miró la repisa.
—O comprar otra.
Sonrió.
Tomó uno de los libros y se sentó en el sofá.
Leyó durante un rato y, cuando miró la hora, se sorprendió al descubrir cuánto tiempo había pasado.
Volvió a abrirlo.
El viernes llegó sin nada particularmente diferente.
Julián terminó sus clases por la tarde y entró a una cafetería antes de regresar a casa.
Pidió un café y sacó su libreta.
Abrió una página en blanco.
Esta vez no dibujó.
Escribió una frase pequeña.
La observó unos segundos, cerró la libreta y terminó su café.
Milena, por su parte, salió un poco más temprano del trabajo.
Caminó varias calles antes de tomar el transporte.
El clima estaba agradable y no tenía prisa.
Al llegar a casa, abrió las ventanas y preparó algo de cenar.
Después respondió algunos mensajes pendientes y dejó el teléfono a un lado.
Se acomodó en el sofá y cerró los ojos.
La semana había terminado.
Y por esa noche, eso era suficiente.