CAPÍTULO 58 — Un día cualquiera
Un día cualquiera
El lunes llegó sin que Julián lo sintiera como una carga.
Se despertó temprano.
Se quedó unos segundos mirando el techo antes de levantarse.
No tenía ninguna preocupación urgente.
Ninguna conversación pendiente.
Ningún recuerdo que necesitara ordenar.
Simplemente tenía que ir a trabajar.
Se vistió con calma, preparó café y salió de casa.
En el camino hacia la universidad, se detuvo frente a una cafetería.
Miró el reloj.
Todavía tenía tiempo.
Entró.
Pidió un café y se sentó junto a la ventana.
Mientras esperaba, sacó del bolsillo una pequeña libreta.
La abrió.
Había varios dibujos.
Algunos estaban incompletos.
Otros eran simplemente trazos hechos sin intención.
Julián tomó el lápiz.
Comenzó a dibujar.
No pensó demasiado en lo que hacía.
Una taza.
Una ventana.
La silueta de una persona que esperaba su pedido.
Cuando terminó, miró el dibujo.
No era especialmente bueno.
Sonrió.
Antes habría buscado corregir cada línea.
Esta vez simplemente cerró la libreta.
—¿Eso lo hiciste tú?
Julián levantó la mirada.
Una mujer que estaba sentada en la mesa de al lado señalaba la libreta.
—Sí.
—Está bonito.
Julián miró nuevamente el dibujo.
—Gracias.
Ella sonrió y volvió a lo suyo.
Julián terminó su café.
Al salir, guardó la libreta.
No había ocurrido nada importante.
Y, sin embargo, se sentía bien.
En la universidad, sus compañeros lo recibieron con bromas.
—Profesor, ¿ya preparó la clase?
Julián dejó unos libros sobre el escritorio.
—Por supuesto.
—Eso significa que no.
—Exactamente.
Los demás rieron.
Julián también.
Uno de ellos lo miró con sorpresa.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Entonces por qué me miras así?
—Es que últimamente te ríes más.
Julián se quedó pensativo.
—¿Eso es malo?
—No.
Su compañero sonrió.
—Solo es diferente.
Julián no respondió.
Pero mientras organizaba sus cosas, pensó en aquella frase.
Diferente.
Quizá sí.
La clase transcurrió con normalidad.
Habló de filosofía.
De una idea que sus estudiantes discutieron durante varios minutos.
Uno de ellos hizo una pregunta que lo obligó a detenerse.
Julián sonrió.
—Buena pregunta.
Se acercó al tablero.
—Pero antes de responderla, quiero que piensen en algo.
Los estudiantes guardaron silencio.
Julián escribió una frase.
No era una respuesta.
Era otra pregunta.
—¿Cuánto de lo que creemos conocer depende de la historia que nos contamos sobre ello?
Se apartó del tablero.
Uno de los estudiantes levantó la mano.
—¿Y si nuestra historia está equivocada?
Julián lo miró.
Por un instante recordó algo.
No fue doloroso.
Solo familiar.
Sonrió ligeramente.
—Entonces quizá lo primero que necesitamos es aceptar que puede estarlo.
Continuó con la clase.
Al terminar, salió del aula con varios libros bajo el brazo.
Uno de sus compañeros caminó junto a él.
—¿Vas a almorzar con nosotros?
Julián pensó unos segundos.
Antes habría dicho que tenía cosas pendientes.
Esta vez respondió: —Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—Entonces vamos.
Caminaron juntos por el pasillo.
Hablaron de la universidad.
De una película que uno de ellos había visto.
De un restaurante nuevo.
De cosas que no tenían ninguna importancia.
Julián escuchaba y participaba.
A veces hablaba.
A veces se reía.
No estaba pensando en lo que había sido.
Ni en lo que podría haber sido.
Estaba allí.
Cuando llegó la hora de irse, se despidió de sus compañeros y caminó hacia la salida.
El día había sido completamente normal.
Y eso era precisamente lo que le gustaba.
No había ocurrido nada extraordinario.
No había tenido que luchar contra sí mismo.
No había necesitado escapar de ningún recuerdo.
Solo había vivido.
Al llegar a casa, dejó los libros sobre la mesa.
Sacó la libreta.
Volvió a mirar el dibujo de aquella taza.
Tomó el lápiz.
Debajo escribió una pequeña frase: Un día cualquiera.
La observó durante unos segundos.
Después cerró la libreta.
Y sonrió.
Quizá la felicidad no siempre llegaba como algo extraordinario.
A veces simplemente se parecía a esto.
A un café.
A una conversación.
A una clase.
A una risa inesperada.
A volver a casa sin sentir que había que dejar atrás ninguna parte de uno mismo.
Julián se levantó.
Fue a preparar algo de comer.
Era un día cualquiera.
Y, por primera vez en mucho tiempo, eso era suficiente.