CAPÍTULO 55 — Una nueva sesión
Una nueva sesión
Julián llegó unos minutos antes de la hora.
Se quedó frente a la puerta del consultorio durante un instante antes de tocar.
Cuando entró, todo parecía exactamente igual.
El mismo escritorio.
Los mismos libros.
La misma ventana.
Milena levantó la mirada.
—Hola.
—Hola.
Julián tomó asiento.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
No era un silencio incómodo.
Simplemente estaban acostumbrándose a estar allí después de haberse visto en un contexto completamente diferente.
—¿Cómo has estado? —preguntó Milena.
—Bien.
—¿Bien de verdad?
Julián sonrió.
—Sí.
Milena asintió.
—¿Cómo estuvo la exposición?
—Me gustó.
—Me alegra.
Julián la miró.
—Tu hermana estuvo muy bien.
Milena sonrió.
—Estaba aterrada.
—No se notó al final.
—Eso me dijo.
Julián se acomodó en el sillón.
—Fue una buena tarde.
Milena asintió.
—Sí.
Por un momento pareció que ninguno sabía si continuar hablando del evento.
Finalmente Julián dijo: —Fue extraño verte allí.
Milena sonrió ligeramente.
—A mí también me pareció extraño verte.
—¿Por qué?
—Porque siempre te veo aquí.
Julián miró alrededor.
—Supongo que este lugar hace que todo parezca diferente.
—¿Diferente cómo?
Julián pensó unos segundos.
—Aquí vengo a hablar de mí.
Milena asintió.
—Y afuera no.
—Exactamente.
Ella sonrió.
—Eso puede ser bueno.
—Lo fue.
Julián se quedó callado unos segundos.
—Me gustó hablar contigo.
Milena lo observó.
La frase era sencilla.
Pero entendía lo que significaba.
—A mí también.
Después de aquella pequeña confesión, la conversación siguió por otros caminos.
Hablaron de la universidad.
De los dibujos que Julián había vuelto a hacer.
De cómo había empezado a salir más.
Y de algunas cosas que antes le parecían difíciles y que ahora podía manejar de otra manera.
Milena escuchó.
Esta vez, sin embargo, notó algo diferente.
Julián ya no hablaba desde el mismo lugar.
No estaba buscando respuestas desesperadamente.
Estaba contando lo que había aprendido.
—Creo que has avanzado bastante —dijo finalmente.
Julián bajó la mirada.
—Yo también lo siento.
—¿Cómo te hace sentir eso?
Sonrió.
—Bien.
Milena esperó.
Julián continuó: —También me da un poco de miedo.
—¿Por qué?
—Porque durante mucho tiempo pensé que necesitaba venir aquí para estar bien.
Milena asintió lentamente.
—Y ahora empiezas a descubrir que puedes estar bien también fuera de aquí.
Julián levantó la mirada.
—Sí.
Hubo un silencio.
Esta vez fue diferente.
Había algo que ambos entendían sin necesidad de decirlo.
La terapia estaba llegando a su final.
No esa misma tarde.
Todavía había cosas que trabajar.
Pero ya no parecía algo lejano.
—Creo que podemos empezar a pensar en espaciar un poco más las sesiones —dijo Milena.
Julián asintió.
—Me parece bien.
—No significa que tengas que dejar de venir de inmediato.
—Lo sé.
—Solo que ahora quiero que empieces a confiar más en lo que has construido fuera de este lugar.
Julián sonrió.
—Creo que puedo hacerlo.
Milena también sonrió.
Y por primera vez, aquella idea no le produjo miedo.
Al salir del consultorio, Julián caminó unos pasos por el pasillo.
Se detuvo antes de llegar a la salida.
Miró hacia atrás.
Después continuó.
No porque estuviera huyendo de aquel lugar.
Sino porque, por primera vez, podía marcharse sin sentir que dejaba allí una parte de sí mismo.