CAPÍTULO 56 — Volver a casa
Volver a casa
Julián salió del consultorio y caminó unos pasos por el pasillo.
La conversación con Milena seguía en su cabeza.
No porque hubiera quedado algo pendiente.
Al contrario.
Por primera vez, sentía que podía marcharse de allí sin llevarse una preocupación consigo.
Sacó las llaves del bolsillo mientras caminaba hacia la salida.
Entonces su teléfono sonó.
Miró la pantalla.
Era su madre.
Sonrió antes de contestar.
—Hola, mamá.
—Hola, hijo. ¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Estás ocupado?
—No. Acabo de salir de una cita.
Hubo una pequeña pausa.
—¿Con el médico?
Julián sonrió.
—Sí.
—¿Todo bien?
—Todo bien, mamá.
Ella pareció quedarse más tranquila.
—Me alegra.
Hablaron unos minutos.
De cosas sencillas.
De cómo estaba su padre, de la universidad y de algunos asuntos de la casa.
Antes de despedirse, su madre le preguntó: —¿Cuándo vienes a visitarnos?
Julián guardó silencio durante unos segundos.
La pregunta no era nueva.
Lo que fue diferente esta vez fue su respuesta.
—Este fin de semana.
—¿Este fin de semana?
—Sí.
—¿De verdad?
Julián soltó una pequeña risa.
—Sí, mamá. De verdad.
Ella se alegró.
—Entonces te esperamos.
—Está bien.
—Cuídate, hijo.
—Tú también.
La llamada terminó.
Julián se quedó unos segundos mirando la pantalla.
No había planeado ir.
Ni siquiera había pensado en ello esa mañana.
Simplemente había querido hacerlo.
Guardó el teléfono y continuó caminando.
El fin de semana llegó más rápido de lo que esperaba.
Julián salió temprano.
El camino hacia la casa de sus padres le resultaba familiar, aunque hacía tiempo que no lo recorría con frecuencia.
Durante los últimos tres años había encontrado muchas razones para no ir.
El trabajo.
La universidad.
El cansancio.
Las cosas que tenía que resolver.
Siempre había algo.
Y, en el fondo, también estaba Elena.
Durante mucho tiempo había evitado volver porque aquella casa estaba llena de recuerdos que no sabía cómo mirar.
Ahora no estaba seguro de qué encontraría.
Cuando llegó, su madre abrió la puerta antes de que pudiera tocar.
—¡Julián!
Lo abrazó.
Él sonrió y correspondió al abrazo.
—Hola, mamá.
—Déjame verte.
Ella se apartó un poco para mirarlo.
—Estás más delgado.
Julián soltó una risa.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque siempre te veo poco.
La frase quedó unos segundos entre los dos.
Julián bajó la mirada.
—Lo sé.
Su madre no insistió.
Solo tomó la maleta.
—Entra.
Desde la sala, su padre levantó la mirada.
—Mira quién apareció.
—Hola, papá.
—Pensé que ya te habías olvidado de nosotros.
Julián sonrió.
—No exageres.
—Entonces ven más seguido.
—Voy a intentarlo.
Su padre asintió.
No dijo nada más.
Pero su expresión cambió ligeramente.
Como si aquella respuesta le bastara por el momento.
La tarde transcurrió con una tranquilidad que Julián había olvidado.
Almorzaron juntos.
Hablaron de cosas pequeñas.
Su padre le preguntó por la universidad.
Su madre quiso saber si estaba comiendo bien.
Julián respondió a todo con paciencia.
No había interrogatorios.
No había preguntas sobre los tres años que habían pasado.
Solo estaba allí.
Con ellos.
Después de un rato, su madre le pidió que subiera a buscar algo a su antigua habitación.
Julián subió las escaleras.
Cada escalón le resultó conocido.
Al llegar al pasillo, se detuvo.
La puerta estaba entreabierta.
La empujó suavemente.
La habitación casi no había cambiado.
Había algunas cosas guardadas en cajas.
Libros viejos.
Un escritorio.
Fotografías.
Y una repisa que todavía conservaba algunos objetos de su adolescencia.
Julián entró.
Se acercó al escritorio y pasó los dedos por la superficie.
Recordó haber pasado horas allí estudiando.
Recordó noches en las que se quedaba despierto leyendo.
Recordó dibujos que había hecho mucho antes de pensar en convertirse en profesor.
Sonrió.
Entonces vio una fotografía.
La tomó.
Era él, mucho más joven, junto a sus padres.
No recordó cuándo se había tomado.
Pero sí recordó el lugar.
El jardín.
Antes de Elena.
Antes de la universidad.
Antes de todo lo que había ocurrido después.
Dejó la fotografía nuevamente en su sitio.
Y entonces comprendió algo.
Durante mucho tiempo había pensado en aquella casa como el lugar al que había regresado después de Elena.
Como el lugar donde había vivido con ella.
Como el lugar que estaba lleno de recuerdos de ambos.
Pero aquella casa no había empezado con Elena.
Había estado allí mucho antes.
Antes de conocerla.
Antes de enamorarse.
Antes de perderse.
Era su casa.
La de sus padres.
La de su infancia.
La del niño que había sido.
Julián salió de la habitación y caminó por el pasillo.
Se detuvo frente a una puerta.
Durante unos segundos pensó en abrirla.
No lo hizo.
No era necesario.
Ya no sentía aquella urgencia de volver sobre cada recuerdo.
Bajó las escaleras.
Su madre estaba en la cocina.
—¿Encontraste lo que buscabas?
—Sí.
—¿Y?
Julián sonrió.
—Encontré otras cosas también.
Su madre lo miró con curiosidad.
—¿Qué cosas?
Julián se encogió de hombros.
—Recuerdos.
Ella sonrió.
—Hay muchos aquí.
Julián la miró.
—Sí.
Y por primera vez en mucho tiempo, esa palabra no le dolió.
Esa noche, antes de dormir, salió al jardín.
Se sentó en uno de los bancos.
El aire era tranquilo.
Escuchó a sus padres hablar dentro de la casa.
Las voces llegaban apagadas desde la ventana.
Julián miró alrededor.
Había conocido aquel jardín mucho antes de conocer a Elena.
Había jugado allí.
Había leído.
Había imaginado su futuro.
Había sido feliz allí.
No todo lo que había perdido durante aquellos años estaba perdido para siempre.
Algunas cosas seguían esperando.
Solo había tenido que volver para recordarlo.
Julián respiró profundamente.
Y esta vez, cuando pensó en Elena, no sintió que estuviera regresando a una historia que ya no existía.
Pensó simplemente en una parte de su vida.
Una parte importante.
Una parte que había terminado.
Después miró hacia la casa.
Sus padres seguían allí.
Y Julián sonrió.
Había vuelto.
No para recuperar lo que había sido.
Sino para recordar quién había sido antes de perderse.