CAPÍTULO 53 — Después de la exposición
Después de la exposición
El domingo por la mañana, Julián estaba sentado frente a la ventana de su apartamento.
Sobre la mesa tenía la libreta que había vuelto a utilizar semanas atrás.
Abrió una página nueva.
Durante unos segundos sostuvo el lápiz sin hacer nada.
Después comenzó a dibujar.
No intentaba reproducir ninguna de las pinturas que había visto el día anterior.
Solo recordaba algunos detalles.
Una ventana.
Una figura.
La forma en que la luz había caído sobre una de las paredes de la exposición.
Dibujó durante varios minutos.
Cuando terminó, observó la página.
No era perfecto.
Pero tampoco buscaba que lo fuera.
Sonrió.
La noche anterior había sido agradable.
Había disfrutado las pinturas.
La presentación de Sofía.
La conversación con sus compañeros.
Y también había disfrutado hablar con Milena.
Se quedó unos segundos pensando en aquello.
No había ocurrido nada especial.
Precisamente por eso le había gustado.
No había tenido que esforzarse.
No había sentido que debía explicar algo.
Simplemente habían conversado.
Julián cerró la libreta.
En casa de Milena, la mañana había comenzado de una manera mucho más ruidosa.
Sandra había llegado temprano.
Sofía todavía estaba hablando de la presentación.
—Todavía no puedo creer que me hayan felicitado tantas personas.
—Te lo merecías —dijo Milena.
—Una señora incluso me preguntó dónde podía comprar algo parecido.
Sandra sonrió.
—¿Ves?
Sofía se dejó caer sobre el sofá.
—Creo que ayer fue el primer momento en que pensé que quizá sí puedo hacer esto.
Milena la miró.
—Siempre pudiste.
—Pero ahora lo sé.
Sandra tomó una taza de café.
—Eso es diferente.
Sofía asintió.
Después de unos segundos, miró a Milena.
—Por cierto…
—¿Qué?
—Tu amigo era simpático.
Milena levantó ligeramente las cejas.
—¿Mi amigo?
—Julián.
Milena guardó silencio un instante.
—No es exactamente mi amigo.
Sofía la miró.
—Pero lo conocías.
—Sí.
—Parecía que se llevaban bien.
Milena sonrió.
—Fue agradable hablar con él.
Sofía asintió.
—Eso pensé.
No preguntó nada más.
Para ella, Julián era simplemente alguien que había conocido durante la exposición.
Milena agradeció que fuera así.
Más tarde, mientras conducía hacia el consultorio, Milena pensó brevemente en la conversación.
No había sido incómoda.
Tampoco había sentido la necesidad de mantener una distancia exagerada.
Había sido simplemente una conversación.
Una de esas que podían ocurrir entre dos personas que se encontraban por casualidad.
Y quizá eso era precisamente lo que hacía que todo se sintiera tan diferente.
El lunes, Julián regresó a la universidad.
Uno de sus compañeros se acercó durante el descanso.
—¿Qué tal la exposición?
—Bien.
—¿Solo bien?
Julián sonrió.
—Me gustó.
—¿Y las pinturas?
—Había algunas muy buenas.
—Sabía que te iban a gustar.
Julián asintió.
—Sí.
—¿Volverías?
Julián pensó unos segundos.
—Sí.
Su compañero sonrió.
—Entonces funcionó.
—¿Qué?
—Sacarte de tu casa.
Julián soltó una pequeña risa.
—No exageres.
—Te conozco.
Julián negó con la cabeza.
Pero mientras regresaba al aula, pensó que quizá su compañero tenía razón.
Había sido bueno salir.
Ver cosas nuevas.
Hablar con personas.
Y descubrir que podía disfrutar de una tarde sin sentir que necesitaba que ocurriera algo extraordinario.
A veces, una tarde agradable podía ser suficiente.
Esa noche volvió a abrir su libreta.
Miró el dibujo que había hecho el domingo.
Después tomó el lápiz.
Y comenzó otro.