Perdida CAPÍTULO 50 — Una conversación diferente
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CAPÍTULO 50 — Una conversación diferente

Una conversación diferente

El grupo continuó recorriendo las salas de la exposición.

Julián caminaba junto a Andrés, mientras Milena avanzaba unos pasos más adelante con Laura y Carolina.

De vez en cuando, Julián se detenía frente a alguna pintura.

No buscaba interpretarla.

Simplemente la observaba.

En una de las salas, Milena se quedó frente a un cuadro.

Julián terminó a su lado.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Sí.

—¿Por qué?

Milena sonrió.

—No sé. Simplemente me gusta.

Julián la miró.

—Buena respuesta.

—¿Esperabas un análisis?

—Quizá.

—¿De mí?

—Después de tanto tiempo escuchándome analizar cosas, supuse que algo se te habría pegado.

Milena soltó una pequeña risa.

—Créeme, tengo suficiente con escuchar pacientes.

Julián sonrió.

—Eso tiene sentido.

Permanecieron unos segundos observando la pintura.

—¿Y tú? —preguntó Milena—. ¿Qué opinas?

Julián la miró.

—Hoy vine a verla como cualquiera.

—¿Sin analizarla?

—Estoy haciendo un esfuerzo.

Milena sonrió.

—Parece que te está funcionando.

—Más de lo que esperaba.

Continuaron caminando.

La conversación había sido sencilla.

Y, sin embargo, ambos notaban la diferencia.

En el consultorio, cada palabra tenía un propósito.

Allí no.

Podían hablar de una pintura sin que detrás hubiera una explicación sobre su estado de ánimo.

Podían quedarse en silencio sin que ese silencio necesitara ser interpretado.

Era extraño.

Pero agradable.

—¿Has venido antes a este lugar? —preguntó Julián.

—No.

—Yo tampoco.

—Entonces estamos descubriendo algo nuevo los dos.

Julián sonrió.

—Parece que sí.

Milena miró hacia la otra sala.

—Sofía debe estar a punto de presentar.

—¿Está muy nerviosa?

—Muchísimo.

—No parece.

—Eso

dice

ella

también.

Pero

lleva

una

semana preguntándome si creo que su diseño está bien.

Julián sonrió.

—Entonces debe importarle mucho.

—Sí.

Milena hizo una pausa.

—Ha trabajado bastante.

—Eso se nota.

—¿Ya viste su diseño?

—Todavía no.

—Cuando lo veas, dime qué piensas.

Julián levantó una ceja.

—¿Quieres una opinión sincera?

—Sí.

—Entonces no prometo ser amable.

Milena se rio.

—No te pedí que fueras amable.

—Bien.

—Solo sincero.

—Eso sí puedo hacerlo.

Por un momento se quedaron mirándose.

Después ambos sonrieron.

La conversación era diferente.

No porque hubieran olvidado lo que habían compartido antes.

Sino porque ahora no necesitaban hablar de ello.

Desde el otro lado de la sala, Laura hizo un gesto para llamar a Milena.

—¡Milena!

Ella se giró.

—Creo que ya va a empezar.

—Ve.

Milena dio unos pasos, pero se detuvo.

—¿Vienes?

Julián miró hacia las pinturas.

—Sí. Ya terminé de ver esta sala.

Caminaron juntos hacia donde estaba el resto del grupo.

Ninguno dijo nada sobre la conversación.

No hacía falta.

Habían descubierto algo pequeño.

Podían hablar.

Simplemente hablar.

Sin un consultorio.

Sin una sesión.

Sin que ninguno tuviera que ocupar un papel determinado.

Y quizá eso era lo primero que necesitaban para empezar a conocerse de verdad.