Perdida CAPÍTULO 47 — Antes de salir
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CAPÍTULO 47 — Antes de salir

Antes de salir

El sábado llegó más rápido de lo que Sofía esperaba.

Desde temprano, la casa estaba llena de movimiento.

El vestido estaba cuidadosamente guardado en una funda.

Los zapatos estaban junto a la puerta.

Los bocetos permanecían dentro de una carpeta que Sofía había revisado tantas veces que ya conocía cada página de memoria.

—¿Ya tienes todo? —preguntó Milena.

—Sí.

—¿Segura?

Sofía miró alrededor.

—Creo.

Milena sonrió.

—Eso significa que no.

—Tengo todo.

—Entonces podemos salir tranquilas.

Sofía tomó la funda del vestido.

Antes de llegar a la puerta se detuvo.

—Milena.

—¿Sí?

—¿Y si no gusta?

Milena la miró.

—Ya hablamos de esto.

—Lo sé.

—Entonces no voy a darte otro discurso.

Sofía sonrió.

—Gracias.

—Solo voy a decirte una cosa.

—¿Qué?

—Hoy no tienes que demostrar que eres la mejor.

Sofía permaneció en silencio.

—Solo tienes que mostrar lo que hiciste.

Sofía asintió.

—Está bien.

Salieron de la casa.

Mientras conducía, Milena miró de reojo a su hermana.

Sofía llevaba varios días hablando del evento.

Había pasado de los nervios iniciales a una mezcla extraña de emoción y miedo.

Milena entendía aquella sensación.

Había momentos en la vida en los que uno sabía que estaba preparado y, aun así, sentía que podía equivocarse.

Quizá estar preparado nunca significaba dejar de tener miedo.

Cuando llegaron al centro cultural, había bastante gente.

Sofía respiró profundamente antes de bajar del automóvil.

—Ya estamos aquí.

—Sí.

—No quiero bajar.

Milena se rio.

—Hace cinco minutos querías llegar rápido.

—Eso fue antes de ver el lugar.

—Vamos.

Sofía tomó aire y abrió la puerta.

Entraron juntas.

El lugar estaba lleno de estudiantes, familiares y personas que habían ido a conocer los trabajos.

Había fotografías en una de las salas.

En otra, pinturas.

Más adelante estaban los espacios destinados al diseño.

Sofía miró alrededor.

—Es más grande de lo que imaginaba.

—Eso parece.

—¿Y si…?

Milena la interrumpió.

—Sofía.

—¿Sí?

—Disfrútalo.

Sofía sonrió.

—Voy a intentarlo.

Mientras tanto, a varias calles de allí, Julián estacionaba su automóvil.

Había llegado con el compañero que lo había invitado.

—¿Seguro que quieres entrar? —preguntó su amigo.

Julián lo miró.

—¿Por qué no?

—No sé. Pensé que quizá te aburrirías.

Julián cerró el automóvil.

—Vine por las pinturas.

—Entonces espero que haya buenas.

—Yo también.

Caminaron hacia la entrada.

Julián no sabía quién estaría allí.

Solo quería pasar un rato observando las obras.

Y quizá encontrar alguna que le hiciera sentir lo mismo que había sentido aquella noche en su apartamento, cuando volvió a tomar un lápiz después de tantos años.

No sabía que, entre todas las personas que había allí, había alguien a quien ya conocía.

Y que esa noche iba a conocerla de una manera completamente distinta.