Perdida CAPÍTULO 41 — Una buena conversación
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CAPÍTULO 41 — Una buena conversación

Una buena conversación

El domingo llegó más rápido de lo que Julián esperaba.

Durante la tarde no pensó demasiado en la cita.

Había preparado una clase para el lunes, leído un par de capítulos de un libro y hasta dibujado durante un rato.

A las seis y media comenzó a arreglarse.

Recordó el mensaje de Andrés.

Y ponte algo que no parezca de profesor.

Julián sonrió frente al armario.

Terminó escogiendo una camisa sencilla y unos pantalones oscuros.

Nada demasiado formal.

Nada demasiado diferente.

A las siete menos diez salió de casa.

El café del centro estaba bastante concurrido.

Julián miró alrededor hasta encontrar a Andrés junto a una mesa.

A su lado estaba una mujer que no conocía.

Andrés se levantó.

—Julián, ella es Clara.

Clara sonrió.

—Mucho gusto.

—Igualmente.

Andrés los miró a ambos.

—Bueno, yo ya hice mi trabajo.

Julián lo miró con incredulidad.

—¿Te vas?

—Sí.

Clara soltó una risa.

—¿Nos vas a dejar aquí?

—Confío en ustedes.

—Eso no tiene sentido —dijo Julián.

Andrés ya estaba caminando hacia la salida.

—¡Diviértanse!

Julián negó con la cabeza.

—Lo voy a matar.

Clara se rio.

—Creo que no le gusta dejar las cosas a medias.

—Eso parece.

Ambos se sentaron.

Durante los primeros minutos hablaron de cosas sencillas.

Clara trabajaba en una editorial y había estudiado literatura.

Cuando Julián lo supo, levantó ligeramente las cejas.

—Entonces Andrés no exageró cuando dijo que eras inteligente.

—¿Te dijo eso?

—Sí.

—Espero que también haya dicho algo bueno de ti.

—Dijo que eras paciente.

Clara soltó una carcajada.

—Eso sí que es mentira.

Julián sonrió.

La conversación comenzó a fluir con facilidad.

Hablaron de libros.

De películas.

De la universidad.

De los lugares que les gustaba visitar.

Descubrieron que ambos disfrutaban caminar sin un destino específico y que tenían una curiosa tendencia a comprar libros aunque todavía tuvieran varios pendientes por leer.

—Eso no es un problema —dijo Clara.

—¿No?

—No.

—¿Entonces qué es?

—Una inversión.

Julián sonrió.

—Me gusta tu manera de pensar.

Pidieron algo para comer.

Después siguieron hablando.

Clara tenía un sentido del humor que a Julián le resultaba agradable.

No tenía que pensar demasiado antes de responder.

No sentía que estuviera actuando.

Simplemente conversaban.

En algún momento, Clara le preguntó: —¿Te gusta ser profesor?

Julián miró su taza.

—Sí.

—¿Siempre quisiste serlo?

—No.

—Entonces, ¿cómo terminaste ahí?

Julián sonrió.

—Es una historia larga.

—Tenemos tiempo.

Julián comenzó a contarle.

Le habló de cómo había llegado a la filosofía, de algunos profesores que habían influido en él y de cómo terminó descubriendo que enseñar le gustaba más de lo que había imaginado.

Clara lo escuchó con atención.

—Se nota que te gusta hablar de eso.

—¿Se nota?

—Sí.

Julián sonrió.

—Supongo que sí.

La noche pasó más rápido de lo que esperaba.

Cuando salieron del café, ya eran casi las nueve y media.

Caminaron juntos unas cuadras.

—Me alegra haber venido —dijo Clara.

—A mí también.

Ella sonrió.

—Eres diferente a lo que imaginaba.

—¿Eso es bueno?

—Sí.

Julián soltó una pequeña risa.

—Tú también.

Llegaron al lugar donde tenían que separarse.

—Bueno —dijo Clara—, creo que aquí me voy.

—Sí.

Hubo un breve silencio.

—Que llegues bien.

—Tú también.

Clara sonrió y se despidió.

Julián la vio alejarse unos segundos.

Después comenzó a caminar hacia su automóvil.

No sintió mariposas.

No sintió esa necesidad de volver a verla inmediatamente.

Pero tampoco sintió decepción.

La noche había sido agradable.

Muy agradable.

Había disfrutado de su compañía.

Y eso era todo.

Cuando llegó a casa, encontró un mensaje de Andrés.

¿Y?

Julián sonrió.

Escribió: La pasé bien.

La respuesta llegó enseguida.

¿Entonces?

Julián pensó unos segundos.

No hubo conexión.

Andrés tardó un poco más en responder.

¿Estás seguro?

Julián dejó el teléfono sobre la mesa.

Se quitó la chaqueta y se sentó.

Pensó en la conversación.

En las risas.

En lo cómodo que se había sentido.

Después tomó nuevamente el teléfono.

Sí.

Andrés respondió: ¿Y eso te decepciona?

Julián miró la pantalla.

Antes habría pensado que sí.

Quizá habría intentado encontrar una razón.

Quizá habría pensado que algo había salido mal.

Pero ahora no.

Escribió: No. La pasé bien. Simplemente no sentí eso.

Dejó el teléfono sobre la mesa.

Se quedó pensando unos segundos.

Había pasado mucho tiempo creyendo que para que algo fuera importante tenía que sentirse intenso.

Ahora entendía que no siempre era así.

Una buena conversación podía ser solamente una buena conversación.

Una persona podía agradarte sin convertirse en alguien imprescindible.

Podías sentirte bien junto a alguien sin necesitar que aquello se transformara en algo más.

Y, por primera vez, Julián no necesitaba forzar una historia para darle un significado.

Había conocido a Clara.

Había disfrutado de su compañía.

Y simplemente no había sucedido.

No había salido mal.

Simplemente no había sucedido.

Julián sonrió.

Después tomó la libreta que estaba sobre la mesa y la abrió.

Tenía ganas de dibujar.