Perdida CAPÍTULO 40 — ¿Por qué no?
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CAPÍTULO 40 — ¿Por qué no?

¿Por qué no?

El viernes por la tarde, Julián salió de su última clase y se dirigió hacia la cafetería de la universidad.

Había quedado de encontrarse con Andrés, un antiguo compañero con quien todavía mantenía una buena amistad.

Lo encontró sentado junto a una ventana, con dos cafés sobre la mesa.

—Llegas tarde.

—Cinco minutos.

—Cinco minutos siguen siendo tarde.

Julián sonrió y se sentó frente a él.

—¿Cómo estás?

—Bien.

Andrés lo observó unos segundos.

—Te veo diferente.

—¿Diferente cómo?

—No sé. Más tranquilo.

Julián tomó el café.

—Puede ser.

Hablaron durante unos minutos sobre la universidad, algunos profesores y las cosas que habían cambiado desde que terminaron sus estudios.

Después Andrés dejó la taza sobre la mesa.

—Te quiero preguntar algo.

Julián lo miró.

—Dime.

—¿Estás saliendo con alguien?

Julián soltó una pequeña risa.

—No.

—¿Y quieres hacerlo?

La pregunta lo tomó por sorpresa.

Julián permaneció en silencio unos segundos.

Durante mucho tiempo habría respondido inmediatamente.

No.

Pero esta vez no.

—No lo sé.

Andrés sonrió.

—Eso es mejor que un no.

—¿Por qué?

—Porque conozco ese “no” tuyo. Siempre viene acompañado de una conferencia de veinte minutos.

Julián negó con la cabeza.

—No doy conferencias sobre mi vida.

—Eres profesor de filosofía. Claro que sí.

Ambos rieron.

Andrés tomó un sorbo de café.

—Tengo una amiga.

Julián lo miró.

—Ah.

—Y creo que podrían llevarse bien.

—¿Crees?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque es inteligente, tranquila y tiene un sentido del humor bastante bueno.

Julián arqueó una ceja.

—¿Y eso es suficiente?

—No. También es bonita.

—Eso ya lo dijiste tú.

Andrés sonrió.

—¿Entonces?

Julián miró hacia la ventana.

No sintió miedo.

Tampoco entusiasmo.

Solo una pequeña curiosidad.

—¿Qué tendría de malo conocerla?

Andrés se quedó mirándolo.

—¿Eso significa que aceptas?

Julián se encogió de hombros.

—¿Por qué no?

Andrés sonrió ampliamente.

—No puedo creerlo.

—¿Qué?

—Que aceptaste sin discutir.

—No había nada que discutir.

—Esto es histórico.

Julián soltó una carcajada.

—No exageres.

—Después de todo lo que has pasado, pensé que ibas a decirme que no querías saber nada de relaciones.

Julián bajó la mirada hacia su café.

—Yo también pensaba eso.

Andrés dejó de sonreír por un instante.

—¿Y qué cambió?

Julián pensó unos segundos.

—Creo que entendí que conocer a alguien no significa tener que construir una vida con esa persona.

Andrés asintió.

—Exactamente.

—Puede ser simplemente conocerla.

—Eso es todo.

Julián sonrió.

Por primera vez, la idea no le parecía una amenaza.

No estaba buscando enamorarse.

No estaba intentando reemplazar a nadie.

Tampoco necesitaba demostrar que había seguido adelante.

Solo iba a conocer a una persona.

Y eso podía ser suficiente.

El sábado por la mañana, Andrés le envió un mensaje.

Domingo, siete de la noche. Café del centro.

Julián respondió: Está bien.

Unos segundos después llegó otro mensaje.

No llegues con cara de funeral.

Julián sonrió.

No prometo nada.

Y ponte algo que no parezca de profesor.

Julián miró la camisa que llevaba puesta.

Respondió: Soy profesor.

Andrés tardó unos segundos.

Precisamente.

Julián dejó el teléfono sobre la mesa.

Después miró la libreta que estaba junto a él.

La abrió.

En una de las páginas estaba el dibujo de la mano sosteniendo el lápiz.

Pasó los dedos ligeramente por el borde de la hoja.

Luego cerró la libreta.

El domingo conocería a alguien.

No sabía qué iba a ocurrir.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no sentía la necesidad de saberlo.