Perdida CAPÍTULO 39 — Una tarde para ella
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CAPÍTULO 39 — Una tarde para ella

Una tarde para ella

El sábado por la tarde, Milena llegó a casa después de hacer algunas compras.

Había terminado temprano con sus pendientes y, por primera vez en varios días, no tenía ninguna consulta, llamada ni compromiso familiar.

Dejó las bolsas sobre la encimera y miró el reloj.

Todavía era temprano.

Sonrió.

Tenía toda la tarde para ella.

Se cambió de ropa, recogió su cabello y volvió a la cocina.

Sacó algunos ingredientes de las bolsas.

Había comprado todo lo necesario para preparar una receta que llevaba varios días queriendo intentar.

No era algo complicado.

Pero tampoco era una de esas recetas que hacía de memoria.

Le gustaba cocinar así.

Sin prisa.

Siguiendo los pasos.

Probando.

Y, de vez en cuando, improvisando.

Encendió la música y comenzó a preparar los ingredientes.

Mientras cortaba unas verduras, sonó su teléfono.

Era Sandra.

Milena contestó con el altavoz.

—Hola.

—¿Qué haces?

—Cocinando.

Hubo un breve silencio.

—¿Tú?

Milena sonrió.

—Sí, yo.

—¿Estás segura?

—¿Por qué todo el mundo se sorprende cuando cocino?

Sandra soltó una carcajada.

—Porque cuando eras niña quemaste una olla.

—Tenía doce años.

—Y casi quemas la cocina.

—Eso fue una vez.

—Una vez que todavía recordamos.

Milena negó con la cabeza mientras continuaba cortando.

—¿Cómo estás?

—Bien. Un poco cansada.

—Es normal.

—Ya empezó mamá a decirme que descanse.

—Hazle caso.

—Tú también deberías hacerlo.

Milena miró alrededor de la cocina.

—Estoy descansando.

Sandra escuchó el sonido de algo cayendo.

—¿Qué fue eso?

Milena miró al suelo.

Una cuchara había terminado debajo de la mesa.

—Nada.

—Milena.

—Se me cayó una cuchara.

Sandra se rio.

—Claro.

—No empieces.

—Te conozco.

Milena recogió la cuchara.

—¿Cómo está Sofía?

—En su habitación.

—¿Estudiando?

—Supuestamente.

—Entonces probablemente esté diseñando ropa para bebés.

—Probablemente.

Ambas rieron.

Después de unos minutos se despidieron.

Milena dejó el teléfono sobre la encimera.

La música continuaba sonando.

Volvió a la preparación.

Cocinar siempre había tenido algo que le gustaba.

No tenía que pensar demasiado.

No tenía que encontrar las palabras correctas.

No tenía que escuchar los problemas de nadie.

Solo seguir una receta y decidir qué hacer cuando algo no salía exactamente como esperaba.

Cuando terminó, probó la comida.

Se quedó unos segundos en silencio.

—Está buena.

Sonrió.

No perfecta.

Pero buena.

Sirvió una porción y se sentó a comer.

Por un momento, la casa quedó completamente tranquila.

Milena miró alrededor.

Había libros sobre la mesa de la sala, una manta doblada sobre el sofá y algunas plantas junto a la ventana.

Era un espacio sencillo.

Pero era suyo.

Terminó de comer y llevó el plato a la cocina.

Después puso una película.

Se acomodó en el sofá.

A mitad de la película, su teléfono volvió a sonar.

Esta vez era un mensaje de Sofía.

¿Qué estás haciendo?

Milena respondió: Viendo una película.

La respuesta llegó enseguida.

¿Y qué cocinaste?

Milena tomó una fotografía del plato que había guardado para el día siguiente y se la envió.

Sofía respondió: ¿Y no me guardaste?

Milena sonrió.

Llegaste tarde.

Mala hermana.

La próxima vez avisas.

Dejó el teléfono a un lado.

La película continuó.

Milena apoyó la cabeza en el sofá.

No estaba pensando en el trabajo.

Ni en pacientes.

Ni en lo que debía hacer al día siguiente.

No estaba resolviendo nada.

Simplemente estaba allí.

Y descubrió que también le gustaban esas tardes.

Las que no tenían nada extraordinario.

Las que no exigían nada de ella.

Las que eran solamente suyas.