CAPÍTULO 38 — Lo que permanece
Lo que permanece
El jueves por la tarde, Julián llegó a la consulta de Milena unos minutos antes de la hora acordada.
Se sentó en la sala de espera y observó las revistas sobre la mesa.
Ya no sentía la misma incomodidad de las primeras sesiones.
Antes, cada visita le parecía una obligación.
Ahora comenzaba a verla de otra manera.
Cuando Milena abrió la puerta, sonrió al verlo.
—Hola, Julián.
—Hola.
—Pasa.
Julián entró y tomó asiento.
Milena revisó brevemente sus notas.
—¿Cómo has estado esta semana?
Julián pensó unos segundos.
—Bien.
Milena levantó ligeramente las cejas.
—Eso fue rápido.
Él sonrió.
—Porque es verdad.
—Me alegra escucharlo.
Hubo un breve silencio.
—¿Ha pasado algo diferente?
Julián miró sus manos.
—Volví a dibujar.
Milena sonrió.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Y cómo te sentiste?
Julián pensó antes de responder.
—Extraño.
—¿Extraño?
—Al principio sí. Hacía tanto tiempo que no lo hacía que parecía estar intentando recordar cómo era.
Milena asintió.
—¿Y después?
—Después fue fácil.
Se quedó unos segundos en silencio.
—Me gustó.
Milena sonrió.
—Eso es importante.
Julián asintió.
—Un estudiante vio uno de mis dibujos.
—¿Y qué dijo?
Julián soltó una pequeña risa.
—Me preguntó si todavía dibujaba.
Milena lo miró con atención.
—¿Y qué le respondiste?
—Que antes.
Milena inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Antes?
—Sí.
—¿Y qué te dijo?
Julián sonrió.
—“Entonces todavía dibuja”.
Milena guardó silencio durante unos segundos.
—Parece una frase sencilla.
—Lo es.
—Pero te hizo pensar.
Julián asintió.
—Sí.
Milena esperó.
—Creo que durante mucho tiempo pensé que había perdido muchas cosas —dijo finalmente—. Personas, planes… incluso partes de mí.
Hizo una pausa.
—Y ahora estoy empezando a entender que algunas cosas no estaban perdidas.
Milena lo observó.
—Solo estaban esperando a que volvieras a ellas.
Julián levantó la mirada.
—Sí.
La respuesta salió casi en un susurro.
Milena dejó el bolígrafo sobre el escritorio.
—¿Y qué otras cosas has recuperado?
Julián sonrió ligeramente.
—Estoy hablando más con mis padres.
—Eso también es nuevo.
—Sí.
—¿Cómo te sientes con eso?
—Más tranquilo.
Pensó en la conversación con su padre.
No había sido profunda.
No habían resuelto años de distancia.
Pero ya no necesitaba que ocurriera algo extraordinario para sentir que la relación podía existir.
—Antes pensaba que tenía que arreglarlo todo —dijo—. Ahora creo que algunas relaciones simplemente son como son.
Milena asintió.
—Aceptar eso puede ser difícil.
—Lo es.
Julián miró hacia la ventana.
—Pero también es liberador.
Milena sonrió.
—Parece que estás aprendiendo a dejar algunas cosas en su lugar.
Julián pensó en Elena.
Durante unos segundos no dijo nada.
—Sí.
No hubo dolor en su voz.
Solo reconocimiento.
Milena no insistió.
La conversación continuó por algunos minutos más.
Hablaron de la universidad, del dibujo y de algunas cosas cotidianas.
Cuando la sesión terminó, Julián se levantó.
—Nos vemos la próxima semana.
—Nos vemos.
Julián salió del consultorio.
Milena cerró el expediente y permaneció unos segundos mirando la puerta.
Había algo diferente en él.
No porque hubiera olvidado lo ocurrido.
Sino porque ya no parecía necesitar que el pasado cambiara para poder continuar.
Julián, mientras caminaba hacia el estacionamiento, pensó en la libreta que llevaba dentro del bolso.
Esa noche quería dibujar otra vez.
No porque necesitara recuperar al hombre que había sido.
Sino porque estaba empezando a descubrir quién podía ser ahora.