CAPÍTULO 36 — Todavía dibuja
Todavía dibuja
Los días siguientes transcurrieron con una tranquilidad que Julián no estaba acostumbrado a notar.
La universidad seguía igual.
Las clases.
Los estudiantes.
Los libros acumulándose sobre su escritorio.
Las conversaciones en los pasillos.
Nada había cambiado realmente.
Y, sin embargo, algo en él sí.
Cada noche, después de cenar, Julián abría la libreta que había dejado sobre el escritorio.
Al principio solo dibujaba unos minutos.
Una lámpara.
La taza que dejaba junto al sofá.
El edificio que podía ver desde la ventana.
Después empezó a quedarse un poco más.
No buscaba que los dibujos fueran perfectos.
Tampoco pensaba en mostrárselos a nadie.
Simplemente dibujaba.
Una tarde, mientras terminaba de preparar una clase, uno de sus estudiantes se acercó al escritorio.
—Profesor.
Julián levantó la mirada.
—¿Sí?
El muchacho señaló una hoja que había quedado sobre la mesa.
—¿Eso lo hizo usted?
Julián miró el dibujo.
Era un boceto rápido de una de las columnas del edificio antiguo de la universidad.
—Sí.
—¿Usted dibuja?
Julián sonrió.
—Antes.
El estudiante lo observó durante un instante.
—Entonces todavía dibuja.
Julián no respondió inmediatamente.
Volvió a mirar la hoja.
Aquellas dos palabras parecían demasiado sencillas.
Todavía dibuja.
Como si el tiempo no tuviera el poder de borrar completamente aquello que alguna vez había sido importante.
—Supongo que sí —respondió finalmente.
El estudiante sonrió.
—Está bueno.
—Gracias.
El muchacho regresó a su lugar.
Julián guardó el dibujo dentro de la libreta.
Durante el resto de la clase, la frase volvió varias veces a su cabeza.
Entonces todavía dibuja.
No había dicho: Volvió a dibujar.
Había dicho: Todavía dibuja.
Quizá había una diferencia.
Quizá algunas cosas no desaparecían.
Solo quedaban en silencio durante un tiempo.
Aquella noche, Julián abrió un cajón del escritorio.
Dentro encontró varias cosas que había guardado años atrás.
Unos lápices.
Un sacapuntas.
Un carboncillo.
Un cuaderno casi vacío.
Los sacó todos.
Los puso sobre la mesa.
Durante unos segundos los observó.
Después comenzó a ordenar el escritorio.
No tiró nada.
No guardó nada de nuevo.
Simplemente dejó los materiales allí.
A la mañana siguiente, cuando salió de casa, la libreta estaba dentro de su bolso.
En la universidad, la rutina continuó.
Después de una de sus clases, una estudiante se acercó.
—Profesor, ¿puedo preguntarle algo?
—Claro.
—¿Por qué siempre habla de Heráclito cuando explica el cambio?
Julián sonrió.
—Porque tenía una idea bastante interesante sobre él.
—¿Cuál?
Julián cerró el libro que tenía en las manos.
—Que nada permanece exactamente igual.
La estudiante frunció ligeramente el ceño.
—¿Eso es bueno o malo?
Julián pensó unos segundos.
—Depende de lo que quieras conservar.
La estudiante pareció quedarse pensando.
—¿Y usted qué quiere conservar?
Julián la miró.
Por un instante pensó en muchas cosas.
En su familia.
En algunos recuerdos.
En personas que habían formado parte de su vida.
Pero también pensó en algo más sencillo.
En la libreta dentro de su bolso.
—Lo que todavía me hace bien.
La estudiante sonrió.
—Me gusta esa respuesta.
—A mí también —dijo Julián.
Ella se despidió y salió del aula.
Julián se quedó solo.
Miró por la ventana.
La tarde comenzaba a caer sobre la universidad.
Por primera vez, no sintió la necesidad de mirar hacia atrás para saber quién había sido.
Podía avanzar.
No porque hubiera olvidado.
Sino porque había entendido que recordar no significaba quedarse allí.
Esa noche volvió a dibujar.
Esta vez no dibujó una ventana ni una taza.
Dibujó una mano sosteniendo un lápiz.
Cuando terminó, dejó el dibujo sobre el escritorio.
Lo observó durante unos segundos.
Después sonrió.
No era perfecto.
Pero tampoco tenía que serlo.
Apagó la luz.
Y dejó la libreta abierta.