Perdida CAPÍTULO 34 — Sin buscarlo
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CAPÍTULO 34 — Sin buscarlo

Sin buscarlo

El lunes, Julián llegó temprano a la universidad.

Había dormido mejor.

No porque sus problemas hubieran desaparecido, sino porque ya no se despertaba con la sensación de tener que resolverlos todos al mismo tiempo.

Entró al aula, dejó sus libros sobre el escritorio y comenzó a preparar la clase.

Uno de sus estudiantes se acercó.

—Profesor, ¿puedo preguntarle algo?

—Claro.

—¿Usted siempre supo que quería enseñar?

Julián sonrió.

La pregunta le recordó a su madre.

—No siempre.

—¿Entonces cuándo lo supo?

Julián pensó unos segundos.

—Creo que lo fui descubriendo.

El estudiante asintió.

—¿Y si uno todavía no sabe qué quiere?

Julián lo miró.

Esta vez no respondió inmediatamente.

—Entonces no tiene que decidirlo todo hoy.

El estudiante pareció quedarse pensando.

—¿Eso también funciona para los adultos?

Julián sonrió.

—Especialmente para los adultos.

El muchacho se rio y regresó a su lugar.

Julián se quedó mirando el aula.

Aquella respuesta también era para él.

Después de clase recibió una llamada de su madre.

—¿Estás ocupado?

—Acabo de terminar.

—Tu padre quiere hablar contigo.

Julián guardó silencio.

Hacía tiempo que no hablaba con él más de unos minutos seguidos.

—Pásamelo.

Hubo un cambio de voz al otro lado.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—¿Seguro?

Julián sonrió ligeramente.

—Sí.

Su padre guardó silencio.

—Tu madre dice que estás trabajando demasiado.

—No tanto.

—Siempre dices eso.

Julián apoyó la espalda contra el escritorio.

Hablaron durante unos minutos.

De la universidad.

De algunos antiguos conocidos.

De una noticia sobre el ejército.

Nada profundo.

Nada extraordinario.

Pero cuando terminaron, Julián se quedó mirando el teléfono.

Durante años había pensado que su relación con su padre tenía que ser una cosa determinada.

Cercana.

Distante.

Difícil.

Perfecta.

Ahora comprendía que quizá simplemente era lo que era.

No necesitaba convertirla en algo distinto.

Esa tarde, al salir de la universidad, decidió pasar por una librería.

Entró sin buscar ningún libro específico.

Recorrió los estantes.

Filosofía.

Historia.

Literatura.

Después llegó a una sección de arte.

Se detuvo.

Recordó a Elena.

Durante un segundo sintió la vieja punzada.

Pero no se quedó allí.

Tomó un libro sobre dibujo y composición.

Lo hojeó.

Pensó en devolverlo.

Después lo compró.

No sabía exactamente por qué.

Solo le había gustado.

Mientras caminaba hacia su apartamento, recibió un mensaje.

Era de un antiguo compañero de universidad.

¿Sigues dibujando?

Julián miró el mensaje.

Sonrió.

A veces.

La respuesta llegó enseguida.

Deberías volver a hacerlo. Eras bueno.

Julián guardó el teléfono.

No respondió.

Pero aquella noche, después de cenar, sacó una libreta que llevaba años guardada en un cajón.

Abrió una página en blanco.

Tomó un lápiz.

Al principio no supo qué dibujar.

Entonces empezó.

Una ventana.

Una mesa.

Una taza.

La línea de una planta.

Nada especial.

Solo objetos cotidianos.

Cuando terminó, miró el dibujo.

No era perfecto.

Pero era suyo.

En otro lugar de la ciudad, Milena terminaba su última consulta del día.

Cerró el expediente y se quedó unos segundos en silencio.

Había tenido una jornada larga.

Se levantó, guardó sus cosas y apagó las luces del consultorio.

Antes de salir, recibió una llamada.

—¿Hola?

—¿Ya saliste? —preguntó Sandra.

—Sí.

—¿Vienes el domingo?

—Si no aparece otra emergencia familiar.

Sandra soltó una pequeña risa.

—Sofía dice que tú eres la única que puede convencer a mamá.

—¿Convencerla de qué?

Hubo silencio.

Milena frunció el ceño.

—Sandra.

—Después te cuento.

—¿Qué hizo Sofía?

—Nada grave.

Milena suspiró.

—Eso dicen siempre antes de contarme algo grave.

Su hermana se rio.

—Te quiero.

—Yo también.

Colgaron.

Milena tomó su bolso.

Y mientras caminaba hacia el estacionamiento pensó que, a pesar de todo, tenía una vida bastante buena.

No perfecta.

No siempre tranquila.

Pero suya.

Y por ahora, eso le bastaba.

Esa noche, Julián dejó el dibujo sobre el escritorio.

No lo guardó en un cajón.

Lo dejó allí.

A la vista.

Después apagó la luz.

Por primera vez en mucho tiempo, no sintió que estaba intentando recuperar algo que había perdido.

Estaba empezando a descubrir algo que nunca había tenido: Una vida que no necesitaba girar alrededor de nadie.