CAPÍTULO 33 — Algo distinto
Algo distinto
El viernes llegó sin que Julián lo notara.
Había prometido asistir a la cena del departamento y, aunque durante la mañana estuvo tentado a cancelar, no lo hizo.
A las siete de la noche llegó al restaurante.
Sus compañeros ya estaban allí.
—Pensé que no vendrías —dijo Andrés.
—Yo también.
Andrés soltó una carcajada.
—Siéntate.
Julián se acomodó entre dos de sus colegas.
La conversación pasó de la universidad a las vacaciones, de las vacaciones a la política de la facultad y finalmente a historias absurdas de estudiantes.
Julián se rio.
Mucho.
En algún momento se dio cuenta de algo.
No estaba pensando en Elena.
Ni siquiera había sentido la necesidad de revisar el teléfono.
Simplemente estaba allí.
Disfrutando.
Después de la cena, algunos propusieron ir a tomar algo.
Julián estuvo a punto de decir que no.
Pero recordó la pregunta que había empezado a hacerse.
¿Quiero ir?
Miró a sus compañeros.
—Está bien.
—¿En serio?
—Sí.
—Definitivamente te pasó algo.
Julián sonrió.
—Probablemente.
Caminaron unas calles hasta un bar pequeño.
La música no estaba demasiado alta y podían conversar.
Julián pidió una cerveza.
Mientras hablaba con una de sus compañeras, ella le preguntó:
—¿Siempre eres tan serio?
Él levantó una ceja.
—¿Eso dicen?
—Sí.
—Entonces quizá debería demandarlos por difamación.
Ella soltó una carcajada.
—No pareces tan serio ahora.
Julián sonrió.
—Supongo que depende de la compañía.
La conversación continuó.
Nada extraordinario.
Nada que tuviera que convertirse en algo.
Y, precisamente por eso, Julián disfrutó la noche.
A unos kilómetros de allí, Milena estaba sentada en la mesa de la cocina de su hermana.
Sofía había preparado pasta.
—No está mal —dijo Milena después de probarla.
Sofía la miró indignada.
—¿“No está mal”?
—Está rica.
—Eso sonó como una evaluación médica.
Milena sonrió.
—Es que tú preguntas mi opinión.
—No, yo quiero que me digas que cocino increíble.
—Eso sería mentirte.
Sofía tomó una servilleta y se la lanzó.
Milena se rio.
—¡Madurez, por favor!
—Tú empezaste.
Durante unos minutos discutieron por tonterías.
Después Sofía se quedó callada.
—¿Cómo está tu paciente?
Milena levantó la mirada.
—¿Cuál?
—El profesor.
—Bien.
—¿Mejor?
Milena asintió.
—Sí.
—¿Y eso te pone contenta?
Milena pensó un instante.
—Sí.
Sofía sonrió.
—Eres buena en esto.
Milena bajó la mirada hacia su plato.
—Intento hacerlo bien.
—No. Eres buena.
Milena no respondió.
Pero sonrió.
Esa noche, cuando Julián regresó a casa, dejó las llaves sobre la mesa.
Se quitó el abrigo.
Antes de irse a dormir miró el teléfono.
No había ningún mensaje que estuviera esperando.
Y, por primera vez, eso no le importó.
Se quedó unos segundos en medio de la sala.
Pensó en la noche.
En las conversaciones.
En las risas.
En aquella mujer que le había preguntado si siempre era tan serio.
Sonrió.
No porque quisiera algo con ella.
Ni porque hubiera descubierto una nueva historia.
Simplemente porque había pasado una buena noche.
Y eso era suficiente.
Se acercó a la ventana.
La ciudad estaba tranquila.
Julián respiró profundamente.
Había algo diferente.
No sabía exactamente qué era.
Pero por primera vez en mucho tiempo…
Su vida estaba empezando a tener cosas que no tenían nada que ver con Elena.