Perdida CAPÍTULO 32 — Un poco más de él
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CAPÍTULO 32 — Un poco más de él

Un poco más de él

Las semanas siguientes fueron tranquilas.

Julián comenzó a recuperar pequeñas partes de su vida que había dejado de lado sin darse cuenta.

Volvió a caminar por las mañanas.

Aceptó algunas invitaciones de sus compañeros de la universidad.

Se quedó después de clase conversando con sus estudiantes.

Incluso reorganizó su estudio.

No eran grandes cambios.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, estaba haciendo cosas porque él quería hacerlas.

No porque le recordaran a alguien.

No porque esperara que alguien las compartiera con él.

Simplemente porque le apetecían.

En una de las sesiones, Milena lo observó mientras hablaba.

—Esta semana no mencionaste a Elena.

Julián levantó la mirada.

—¿No?

—No.

Pensó unos segundos.

—No me había dado cuenta.

—Eso también es un cambio.

Julián sonrió ligeramente.

—Supongo.

—¿Te preocupa?

—Un poco.

Milena arqueó una ceja.

—¿Por qué?

—Porque durante mucho tiempo pensé que dejar de pensar en ella significaría que estaba dejando de quererla.

Milena permaneció en silencio.

—¿Y ahora qué piensas?

Julián miró hacia la ventana.

—Que quizá puedo quererla y seguir adelante al mismo tiempo.

Milena asintió.

—Eso parece más sano.

Él sonrió.

—Estoy empezando a entenderlo.

Hubo un pequeño silencio.

—También estoy haciendo algo que antes no hacía.

—¿Qué?

—Estoy pensando antes de decir que sí.

Milena sonrió.

—¿Y cómo te está yendo?

—Mal.

Ella soltó una pequeña risa.

—¿Por qué?

—Porque ahora descubro que no quiero hacer tantas cosas como pensaba.

Milena negó con la cabeza.

—Eso no es necesariamente malo.

—Ya lo sé.

Julián sonrió.

—Pero es extraño.

—¿Por qué?

Él pensó un momento.

—Porque durante mucho tiempo pensé que ser una buena persona significaba estar disponible para todos.

Milena lo miró con atención.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que también puedo decir que no y seguir siendo una buena persona.

Milena asintió.

—Eso sí es un cambio.

Julián bajó la mirada.

No necesitaba que ella lo felicitara.

Pero escucharla decirlo hizo que algo dentro de él se acomodara.

Aquella tarde, después de la sesión, Milena cerró la puerta de su consultorio.

Tomó su bolso y miró el teléfono.

Tenía tres mensajes.

Uno de su madre.

Otro de Sandra.

Y uno de Sofía.

Abrió primero el de su hermana menor.

Sofía: No le digas a mamá.

Milena cerró los ojos.

Ya conocía demasiado bien esa frase.

Escribió: Milena: ¿Qué hiciste?

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Sofía: No hice nada.

Milena sonrió.

Milena: Eso no me tranquiliza.

Pasaron unos segundos.

Sofía: Bueno… técnicamente sí hice algo.

Milena soltó una pequeña carcajada.

Guardó el teléfono en el bolso.

—Algún día voy a aprender a ignorarte —murmuró.

Pero sabía que probablemente no lo haría.

Más tarde, mientras conducía hacia su casa, recibió una llamada.

—Hola, mamá.

—¿Ya saliste?

—Sí.

—¿Vas a venir el domingo?

Milena sonrió.

—¿Por qué? ¿Qué están planeando?

—Nada especial.

Milena conocía perfectamente ese tono.

—Mamá…

—Solo quiero que vengas a almorzar.

—Está bien.

—Y trae a Sofía.

Milena soltó una risa.

—Eso es más difícil.

—¿Por qué?

—Porque sabes cómo es.

—Tú la consientes.

—Yo no la consiento.

—Milena.

Ella sonrió.

—Está bien. Un poco.

Cuando colgó, se quedó unos segundos mirando la carretera.

Pensó en su familia.

En su madre.

En Sandra.

En Ernesto.

En Sofía.

Y por un instante comprendió algo que nunca había pensado demasiado:

Había pasado años construyendo una vida propia, pero eso no significaba que hubiera dejado atrás a las personas que amaba.

Simplemente había aprendido a quererlas sin dejar de ser ella.

Esa noche, en su apartamento, Milena dejó el bolso sobre una silla.

Se quitó los zapatos y caminó descalza hasta la cocina.

Abrió el refrigerador.

Miró dentro.

—No tengo nada.

Suspiró.

Tomó el teléfono.

Milena: ¿Sofía?

La respuesta llegó inmediatamente.

Sofía:

¿Qué?

Milena: ¿Tienes comida?

Tres puntos aparecieron en la pantalla.

Sofía: Sí.

Milena sonrió.

Milena: Voy para tu casa.

Sofía: Sabía que me querías.

Milena negó con la cabeza.

—Qué fastidio.

Pero ya estaba buscando las llaves.

Y mientras salía, sin saberlo, en otra parte de la ciudad, Julián también estaba empezando a descubrir algo parecido.

Que sanar no significaba convertirse en otra persona.

Significaba volver a ser él mismo.

Solo que esta vez…

Sin olvidarse de sí mismo por querer a los demás.