Perdida CAPÍTULO 31 — Volver a ocupar el espacio
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CAPÍTULO 31 — Volver a ocupar el espacio

Volver a ocupar el espacio

Los días siguientes no fueron extraordinarios.

Y eso, para Julián, era nuevo.

No hubo otra revelación.

Ningún recuerdo apareció de repente para explicarle lo que había ocurrido.

Tampoco despertó una mañana sintiéndose completamente bien.

Simplemente empezó a vivir.

Una mañana llegó a la universidad unos minutos antes de lo habitual.

Dejó el maletín sobre el escritorio y abrió las ventanas.

El aire fresco entró al despacho.

Durante unos segundos se quedó mirando el patio.

Había estudiantes caminando de un lado a otro, algunos con libros bajo el brazo, otros conversando antes de entrar a clase.

Julián sonrió apenas.

Durante mucho tiempo había pensado que su vida estaba detenida.

Pero la universidad había seguido funcionando.

Sus estudiantes habían seguido llegando.

Las clases habían continuado.

El mundo no se había detenido con él.

Y quizá él tampoco tenía que hacerlo.

Ese día habló durante casi dos horas sobre Aristóteles.

Mientras explicaba, uno de sus estudiantes levantó la mano.

—Profesor, ¿usted cree que una persona puede cambiar realmente?

Julián se quedó callado un instante.

La pregunta no parecía tener relación con la clase.

—Sí —respondió finalmente—. Pero no creo que cambiar signifique convertirse en otra persona.

El estudiante esperó.

—Entonces, ¿qué significa?

Julián pensó.

—Quizá significa aprender a actuar de una manera diferente con lo que uno ya es.

Algunos estudiantes comenzaron a tomar notas.

Julián continuó con la clase.

Pero aquella frase se quedó con él.

Al salir de la universidad decidió caminar.

No tenía prisa.

Pasó frente a una cafetería que conocía desde hacía años.

Se detuvo.

Durante mucho tiempo había evitado ese lugar.

Elena solía sentarse junto a la ventana.

Habían pasado tardes enteras allí.

Habían hablado de películas, libros, viajes y cosas que ahora parecían insignificantes.

Julián miró hacia el interior.

Una mesa estaba libre.

Entró.

Pidió café.

Se sentó.

Por un momento sintió la vieja incomodidad.

Esperó que apareciera algún recuerdo.

No apareció nada.

Solo estaba allí.

Con su café.

Solo.

Y estaba bien.

Sacó un libro de su maletín y comenzó a leer.

Después de unos minutos levantó la mirada.

La ventana seguía siendo la misma.

La mesa seguía siendo la misma.

Pero aquella tarde ya no pertenecía a Elena.

También podía pertenecerle a él.

Esa noche llegó a su apartamento y dejó las llaves sobre la mesa.

El silencio ya no le resultó tan pesado.

Preparó algo de comer.

Lavó los platos.

Ordenó algunos libros que llevaban semanas apilados.

Después abrió el armario.

Allí seguían algunas cosas de Elena que todavía no sabía qué hacer con ellas.

No las sacó.

Tampoco las escondió.

Simplemente cerró la puerta.

Todavía no estaba preparado.

Y comprendió que eso también estaba bien.

No tenía que resolverlo todo en un día.

Más tarde se sentó frente al escritorio.

Abrió un cuaderno.

Durante unos minutos no escribió nada.

Después comenzó: No todo lo que termina significa que fue un error.

Se quedó mirando la frase.

La tachó.

Volvió a escribir.

Hay personas que forman parte de nuestra vida sin estar destinadas a quedarse para siempre.

Esta vez no la tachó.

Pensó en Elena.

No sintió rabia.

Tampoco aquella desesperación que había conocido durante tanto tiempo.

Solo una tristeza tranquila.

Una tristeza que ya no le pedía hacer nada.

Julián cerró el cuaderno.

Apagó la lámpara.

Y antes de irse a dormir pensó en algo que hasta hacía poco le habría parecido imposible:

Quizá no necesitaba recuperar la vida que tenía antes.

Quizá podía construir otra.

Una que fuera suya.

Por primera vez en mucho tiempo, esa idea no le dio miedo.