CAPÍTULO 30 — Después de la historia
Después de la historia
Al día siguiente, Julián se despertó antes de que sonara la alarma.
Durante unos segundos permaneció acostado, mirando el techo.
No había tenido pesadillas.
Tampoco había soñado con Elena.
Simplemente había despertado.
Y, sin embargo, algo se sentía diferente.
Recordaba.
No necesitaba esforzarse.
No había fragmentos.
No había vacíos.
La conversación estaba allí.
Completa.
Julián cerró los ojos.
Escuchó nuevamente la voz de Elena.
“Yo te quería.”
“Pero como mi amigo.”
Esta vez no intentó cambiar las palabras.
Las dejó pasar.
Después se levantó.
Preparó café.
Solo una taza.
Se dio cuenta de ello cuando ya estaba sentado a la mesa.
Durante un instante pensó en la segunda taza.
Después sonrió ligeramente.
No había necesidad.
Elena ya no estaba allí.
Y por primera vez esa idea no le produjo una punzada inmediata.
Solo una tristeza tranquila.
Terminó el café.
Se vistió.
Fue a la universidad.
La mañana transcurrió con normalidad.
Dio su clase.
Respondió preguntas.
Corrigió algunos trabajos.
Incluso hizo reír a uno de sus estudiantes.
Todo parecía igual.
Pero mientras caminaba por uno de los pasillos, se detuvo frente a una ventana.
Observó a las personas que caminaban por el campus.
Cada una parecía dirigirse hacia algún lugar.
Julián permaneció quieto.
Y una pregunta apareció.
No sobre Elena.
Sobre él.
¿Qué había hecho durante todos aquellos años?
La pregunta le incomodó.
No porque la respuesta fuera terrible.
Sino porque no estaba seguro de conocerla.
Había trabajado.
Había enseñado.
Había leído.
Había seguido viviendo.
Pero una parte de él había permanecido detenida en aquel apartamento.
Esperando.
Esperando que algún día la historia que había imaginado encontrara una confirmación.
Julián bajó la mirada.
Quizá ese había sido el verdadero problema.
No había esperado solamente a Elena.
Había esperado una respuesta que le dijera que todo aquello había significado lo mismo para ambos.
Y ahora sabía que nunca llegaría.
Por la tarde regresó a casa.
Abrió la puerta.
El apartamento estaba tranquilo.
Caminó hasta la sala.
Se sentó en el sofá.
El mismo sofá.
El lugar donde había pasado tantas tardes con Elena.
Durante unos segundos esperó que apareciera la nostalgia.
Apareció.
Pero esta vez no intentó aferrarse a ella.
Recordó una tarde en particular.
Elena apoyando la cabeza sobre su hombro.
La conversación.
La risa.
La sensación de sentirse acompañado.
Antes habría pensado: “Quiero volver a eso.”
Ahora pensó: “Eso ocurrió.”
Nada más.
No necesitaba convertirlo en una promesa.
No necesitaba convertirlo en una pérdida que debía recuperar.
Había sido un momento de su vida.
Un momento importante.
Pero no toda su vida.
Julián se levantó.
Entró al estudio.
Abrió un cajón.
Encontró algunos de sus antiguos dibujos.
Los había dejado allí durante años.
Tomó uno.
Era un dibujo incompleto.
Un jardín.
Un árbol.
Una figura sentada debajo.
Lo observó durante unos segundos.
No recordaba cuándo había empezado a hacerlo.
Tampoco recordaba por qué lo había dejado a medias.
Se sentó.
Buscó un lápiz.
Y comenzó a dibujar nuevamente.
No sabía qué quería dibujar.
No tenía un propósito.
Simplemente continuó una línea que había quedado interrumpida.
Esa noche, antes de dormir, pensó en lo que había hablado con Milena.
“Las dos habían existido al mismo tiempo.”
La historia de Elena.
La suya.
Durante mucho tiempo había intentado decidir cuál era la verdadera.
Ahora empezaba a comprender que esa no era la pregunta.
La pregunta era otra.
¿Quién era él fuera de aquella historia?
Julián permaneció en silencio.
No tenía respuesta.
Y, por primera vez, no sintió la necesidad de encontrarla inmediatamente.
Quizá porque comenzaba a entender algo.
Había pasado tantos años intentando encontrar a Elena dentro de sus recuerdos que nunca se había preguntado dónde había quedado él.
Se acostó.
Apagó la luz.
Y mientras cerraba los ojos, una idea apareció lentamente: Tal vez Elena no era la persona que necesitaba encontrar.
Tal vez el que llevaba todos esos años perdido era él.