CAPÍTULO 27 — La distancia
La distancia
Elena cerró la puerta de la habitación.
Julián permaneció en el estudio.
Durante unos minutos no escuchó nada.
Después comenzaron los sonidos.
Un cajón abriéndose.
Una puerta de armario.
La cremallera de una maleta.
Cada sonido parecía marcar una distancia.
Julián se levantó.
Caminó hasta el pasillo.
Se detuvo frente a la puerta.
No entró.
—¿Necesitas ayuda?
—No.
La respuesta fue inmediata.
Julián bajó la mirada.
—Está bien.
Volvió al estudio.
Se sentó.
Intentó leer.
No pudo.
Intentó revisar unos documentos.
Tampoco.
La misma frase volvía una y otra vez.
“Yo te quería como mi amigo.”
Nunca había pensado que una frase pudiera doler tanto.
Porque él también la quería.
Solo que había querido algo más.
Y durante meses había confundido ese deseo con una historia compartida.
Unos minutos después, Elena salió con la maleta.
Julián levantó la mirada.
Era una maleta pequeña.
La misma con la que había llegado.
Pero ahora parecía mucho más pesada.
—¿Te vas hoy?
—Sí.
Él asintió.
—¿A dónde?
Elena dudó.
—A casa de una amiga.
Julián quiso preguntar cuánto tiempo.
No lo hizo.
Por primera vez comprendió que no tenía derecho a exigir una respuesta.
Elena tomó las llaves.
—Voy a dejar las otras cosas.
—No tienes que llevártelas ahora.
—No quiero dejarlas.
Julián asintió.
Ella caminó hacia la puerta.
Antes de abrirla, se detuvo.
—Julián.
—¿Sí?
Elena no lo miró inmediatamente.
—No quiero que pienses que estoy enojada porque me hayas querido.
Julián sintió un nudo en la garganta.
—Entonces, ¿por qué?
Ella lo miró.
—Porque nunca me diste la oportunidad de decidir qué quería yo.
Él no respondió.
—Eso es lo que más me duele.
Elena abrió la puerta.
Julián permaneció detrás de ella.
—Yo pensé que…
Se detuvo.
Ella lo miró.
—Ya sé.
Una pequeña tristeza apareció en su rostro.
—Ese es el problema, Julián.
Y salió.
La puerta se cerró.
Julián se quedó inmóvil.
No corrió detrás de ella.
No la llamó.
No intentó detenerla.
Solo escuchó sus pasos alejándose por el pasillo.
Hasta que dejaron de escucharse.
Entonces miró el apartamento.
El silencio que quedó después de su partida era diferente a todos los silencios que había conocido.
No era el silencio de una casa vacía.
Era el silencio de una historia que dos personas habían vivido de manera distinta.
Julián caminó hasta la cocina.
Había una taza sobre la mesa.
La de Elena.
La tomó.
La sostuvo durante unos segundos.
Antes habría pensado en todas las mañanas en que ella había bebido café allí.
Ahora pensó en algo diferente.
Ella había estado allí.
Él también.
Pero no habían estado viviendo lo mismo.
Julián dejó la taza en su lugar.
No quiso guardarla.
Tampoco quiso convertirla en un recuerdo.
Simplemente la dejó donde estaba.
Intentó respirar.
Pero algo no estaba bien.
Primero sintió una presión en el pecho.
Se llevó una mano al corazón.
Respiró otra vez.
El aire parecía no llegar hasta el fondo.
Se levantó.
Caminó hacia la ventana.
La abrió.
No ayudó.
Su respiración se volvió más rápida.
Las manos comenzaron a temblarle.
—Tranquilo —se dijo.
Pero no estaba tranquilo.
Se apoyó contra la pared.
Intentó respirar lentamente.
No pudo.
La habitación parecía demasiado pequeña.
Demasiado silenciosa.
Demasiado llena de Elena.
Y entonces comenzaron a aparecer los recuerdos.
Uno detrás de otro.
El café.
La risa.
El sofá.
Los libros.
Elena apoyando la cabeza sobre su hombro.
Elena diciéndole que le gustaba estar allí.
Elena quedándose.
Elena abrazándolo.
Todo lo que durante meses había interpretado como señales comenzó a regresar.
Pero ahora cada recuerdo traía una pregunta.
“¿Y esto qué significaba para ella?”
Julián cerró los ojos.
Otro recuerdo.
“¿Y esto?”
Otro.
“¿Y esto?”
Intentó detenerlos.
No pudo.
—No.
La palabra salió entrecortada.
Se deslizó lentamente hasta el suelo.
Apoyó la espalda contra la pared.
Respiraba con dificultad.
No entendía qué estaba pasando.
Solo sabía que algo se había roto.
No era solamente Elena.
Era la historia que había construido alrededor de ella.
Durante años había pensado que sabía lo que había ocurrido.
Ahora ya no estaba seguro de nada.
¿Había entendido mal sus palabras?
¿Sus gestos?
¿Sus silencios?
¿Los abrazos?
¿Aquellos meses juntos?
Julián se llevó las manos al rostro.
Por primera vez, sus recuerdos ya no le daban consuelo.
Le daban miedo.
Porque no sabía cuánto de ellos pertenecía a lo que realmente había ocurrido y cuánto había sido construido por él.
Poco a poco, la respiración comenzó a disminuir.
El temblor cedió.
Julián permaneció sentado en el suelo, agotado.
No supo cuánto tiempo pasó.
Cuando finalmente levantó la cabeza, el apartamento estaba completamente en silencio.
Miró hacia la puerta.
Elena ya no estaba.
Y entonces apareció una pregunta.
No sabía de dónde había venido.
Quizá de la conversación.
Quizá de los recuerdos.
Quizá de todo lo que acababa de suceder.
La pregunta que nunca se había hecho.
¿Qué pasa cuando dos personas viven una misma relación, pero cada una entiende una historia diferente?
Julián se quedó mirando la habitación.
No tenía una respuesta.
Todavía no.
Pero por primera vez entendió que quizá no necesitaba encontrarla esa noche.
Solo necesitaba dejar de inventarla.