CAPÍTULO 28 — Los fragmentos
Los fragmentos
Julián no volvió a dormir aquella noche.
Permaneció sentado en el sofá hasta que comenzó a amanecer.
La ciudad despertaba lentamente detrás de las ventanas.
Él seguía allí.
En el mismo lugar.
Con la misma pregunta dando vueltas en su cabeza.
¿Qué pasa cuando dos personas viven una misma relación, pero cada una entiende una historia diferente?
No sabía por qué esa pregunta le dolía tanto.
Quizá porque ahora podía ver que no era una pregunta filosófica.
Era su vida.
Cuando salió el sol, Julián se levantó.
Fue hasta la cocina.
Preparó café.
Por costumbre sirvió dos tazas.
Se quedó mirando la segunda.
Durante unos segundos pensó en dejarla sobre la mesa.
Después recordó que Elena ya no estaba.
Guardó la taza.
Se sentó.
Y entonces apareció el primer fragmento.
La puerta de la habitación.
Elena saliendo con la maleta.
La mirada que tenía.
No era tristeza.
Era rabia.
Julián cerró los ojos.
Esperó.
Nada más apareció.
No quiso forzar el recuerdo.
Horas después, mientras trabajaba, regresó otro fragmento.
La voz de Elena.
—¿Por qué nunca me preguntaste?
Julián dejó de escribir.
La frase estaba ahí.
Clara.
Pero no recordaba qué había ocurrido inmediatamente antes.
Intentó reconstruirlo.
“Porque yo…”
Se detuvo.
No.
Eso no lo sabía.
Podía imaginar lo que había dicho.
Pero imaginar no era recordar.
Lo escribió en una hoja: Lo que recuerdo.
Debajo escribió: Lo que creo que pasó.
Se quedó mirando ambas frases.
La diferencia era más grande de lo que esperaba.
Esa tarde llamó a Milena.
—Creo que estoy recordando.
—¿Qué recuerdas?
—Fragmentos.
—Eso es normal.
—Pero no sé cuáles son realmente recuerdos.
Milena guardó silencio.
—¿Qué quieres decir?
—Puedo escuchar algunas frases. Ver algunas imágenes. Pero después mi cabeza completa lo que falta.
—¿Y qué haces cuando eso ocurre?
Julián respiró.
—Intento detenerme.
—Bien.
—Es difícil.
—Lo sé.
Hubo una pausa.
—No necesitas reconstruirlo todo hoy —dijo Milena—. Si aparece un fragmento, déjalo ser un fragmento.
Julián miró la hoja que había dejado sobre el escritorio.
—¿Y si nunca recuerdo el resto?
—Entonces tendrás que aprender a vivir con una parte que no sabes.
Julián bajó la mirada.
Esa idea todavía le resultaba difícil.
Durante años había intentado llenar cada vacío.
Ahora tenía que aprender a dejarlos vacíos.
Esa noche volvió a sentarse en el sofá.
No buscó recuerdos.
Solo permaneció allí.
Después de unos minutos, apareció otro.
Elena estaba frente a él.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Yo te quería.
Julián sintió que el pecho se le apretaba.
La frase continuó en su memoria.
—Pero…
Y ahí se detuvo.
Otra vez.
El recuerdo desapareció.
Julián abrió los ojos.
No intentó terminar la frase.
Se quedó mirando sus manos.
“Pero…”
Podía imaginar cientos de finales.
Pero no iba a escoger ninguno.
Por primera vez entendía que una posibilidad no era un recuerdo.
Antes de acostarse, tomó la hoja que había dejado sobre el escritorio.
Debajo de las dos columnas escribió una tercera: Lo que todavía no sé.
Se quedó mirando esas palabras.
Después escribió: Qué dijo Elena después de “pero”.
Dejó el lápiz.
No añadió nada más.
Por primera vez, el espacio en blanco no le produjo desesperación.
Le produjo paciencia.
Y esa noche, cuando finalmente cerró los ojos, Julián no intentó recordar.
Solo dejó que el recuerdo encontrara el camino de regreso cuando estuviera listo.