CAPÍTULO 24 — Lo que no quiso recordar
Lo que no quiso recordar
Aquella noche, Julián tardó en quedarse dormido.
Había pasado el día pensando en los recuerdos que habían aparecido durante las últimas semanas.
La taza.
Los libros.
El sofá.
La voz de Elena llamándolo desde otra habitación.
Todos eran recuerdos pequeños.
Cotidianos.
Incluso felices.
Y, sin embargo, había algo que seguía sin encajar.
Cada vez que intentaba llegar a la mañana en que Elena se fue, su memoria se detenía.
Recordaba la maleta.
Recordaba la puerta.
Recordaba haberle preguntado si ya se iba.
Pero después había un vacío.
Un vacío extraño.
Como si la historia terminara justo antes de lo importante.
Julián se preguntó si realmente no lo recordaba.
O si simplemente no había querido hacerlo.
Se quedó dormido.
Y volvió a aquella mañana.
Esta vez no comenzó con una imagen.
Comenzó con un sonido.
Una cremallera cerrándose.
Después otra.
Julián abrió los ojos dentro del sueño.
Elena estaba frente a él.
Guardaba sus cosas con movimientos rápidos.
No parecía triste.
Parecía furiosa.
—¿Qué haces?
Ella no respondió.
Siguió doblando una prenda.
—Elena.
Ella levantó la mirada.
Y Julián sintió algo que no había sentido en ninguno de los recuerdos anteriores.
Miedo.
No miedo de perderla.
Miedo de verla así.
—¿Ya te vas?
—Pronto.
—¿Por qué?
Elena soltó una risa breve.
No tenía nada de alegría.
—¿Todavía preguntas por qué?
Julián quiso acercarse.
Ella retrocedió.
—No me toques.
Él se quedó quieto.
Entonces ella dijo algo.
Las palabras llegaron como si atravesaran agua.
—Yo creí que…
El sueño se distorsionó.
La voz se volvió lejana.
Julián intentó escuchar.
—¿Qué?
Elena lo miró.
Había lágrimas en sus ojos.
Pero también rabia.
—Creí que éramos amigos.
La frase llegó clara.
Demasiado clara.
Julián sintió que el pecho se le cerraba.
—Lo somos.
Ella negó con la cabeza.
—No para ti.
Y entonces despertó.
Julián se incorporó de golpe.
Respiraba con dificultad.
La habitación estaba completamente oscura.
Durante unos segundos no supo dónde estaba.
Se llevó una mano al pecho.
La sensación seguía allí.
La rabia de Elena.
Su mirada.
La distancia que había puesto entre los dos.
Julián cerró los ojos.
Había recordado cientos de momentos de aquellos meses.
Elena riéndose.
Elena tomando café.
Elena leyendo.
Elena apoyando la cabeza sobre su hombro.
Elena llamándolo desde la cocina.
Pero nunca había recordado aquello.
Nunca había recordado su rostro de esa manera.
Nunca había recordado que ella estaba enfadada.
No.
No era exactamente eso.
Julián abrió los ojos.
No había querido recordarla así.
Había conservado los momentos en los que Elena había sido cariñosa con él.
Había conservado sus sonrisas.
Sus abrazos.
Su confianza.
Pero había dejado fuera la mañana en que ella descubrió que para él todo aquello significaba algo diferente.
Durante años había recordado su partida como una pérdida.
Ahora empezaba a entender que, para Elena, también había sido una herida.
Se levantó de la cama.
Fue hasta la cocina.
Encendió la luz.
Se quedó de pie frente a la cafetera.
Durante unos segundos recordó aquella otra mañana, la del café, cuando ella le había preguntado si le gustaba que estuviera allí.
“Mucho.”
Ahora la misma palabra le produjo una sensación distinta.
Había sido sincero.
Él la quería.
Pero quizá había cometido el error de pensar que la sinceridad de sus sentimientos hacía que ella tuviera que sentir lo mismo.
Julián apoyó las manos sobre la mesa.
—No —murmuró.
La palabra salió casi como una corrección.
No tenía derecho a cambiar lo que ella había sentido.
Ni siquiera en sus recuerdos.
El sueño seguía incompleto.
No sabía qué había ocurrido después.
No recordaba qué había dicho Elena.
No recordaba cuál había sido su última conversación.
Pero ahora había algo que sí sabía.
El vacío no estaba vacío.
Había algo allí.
Algo que durante años había evitado mirar.
Julián comprendió que quizá por eso su memoria había sido tan amable con él.
Le había devuelto los momentos que podía soportar.
Los que confirmaban que había existido cariño.
Los que le permitían pensar que quizá había habido una posibilidad.
Pero había dejado escondido el momento en que Elena le mostró que estaba herida.
Y esa parte también pertenecía a la historia.
A la mañana siguiente, Julián llegó al consultorio de Milena antes de la hora.
Ella levantó la mirada cuando entró.
—Llegaste temprano.
Julián se sentó.
Durante unos segundos no dijo nada.
—Soñé con Elena.
Milena esperó.
—¿Qué pasó?
—Se iba.
—¿Y qué recuerdas?
Julián tragó saliva.
—Estaba furiosa.
Milena no respondió.
—Yo nunca la había recordado así.
—¿Cómo la habías recordado?
Julián bajó la mirada.
—Triste.
—¿Y ahora?
—Herida.
Milena asintió lentamente.
—Eso cambia mucho.
—Sí.
Julián respiró profundamente.
—Creo que por eso nunca pude recordar esa mañana.
—¿Qué crees?
Él pensó antes de responder.
—Que recordarla tranquila me permitía pensar que yo era el único que había perdido algo.
Milena permaneció en silencio.
—Pero si la recuerdo furiosa… —continuó Julián— entonces tengo que aceptar que yo también hice algo.
—¿Y qué hiciste?
Julián cerró los ojos.
La respuesta todavía no estaba completa.
Pero por primera vez no quiso escapar de ella.
—No lo sé todo todavía.
Milena asintió.
—Entonces no lo completes.
Julián abrió los ojos.
—¿Qué quieres decir?
—Recuerda lo que recuerdes. No agregues lo que crees que debió pasar.
Él permaneció en silencio.
Por primera vez, aquella indicación no le pareció una tarea.
Le pareció una oportunidad.
Esa tarde, Julián volvió a casa.
Se sentó en el mismo lugar donde había pasado tantas tardes con Elena.
No intentó recordar.
No buscó una respuesta.
Solo permaneció allí.
Y después de unos minutos, una frase apareció.
No completa.
Solo una parte.
La voz de Elena.
La rabia.
El dolor.
Y una pregunta.
Julián abrió los ojos.
Todavía no podía recordar qué había respondido ella.
Pero ahora sabía que la respuesta estaba ahí.
Y esta vez no iba a reemplazarla con esperanza.
Esperaría.
Hasta poder escucharla.