CAPÍTULO 23 — Una vida prestada
Una vida prestada
Durante los días siguientes, Julián comenzó a recordar aquellos meses con una precisión que no había tenido antes.
Ya no aparecían únicamente imágenes aisladas.
Ahora había sonidos.
Olores.
Pequeños detalles.
La puerta del apartamento cerrándose por la mañana.
El ruido de la cafetera.
Los pasos de Elena por el pasillo.
Su voz llamándolo desde otra habitación.
Había olvidado cuánto se había acostumbrado a su presencia.
Y quizá ese era precisamente el problema.
Había llegado a sentirse tan natural que dejó de preguntarse qué significaba.
Una tarde, mientras revisaba unos documentos en su estudio, recordó una noche.
Elena estaba sentada en el suelo, rodeada de libros.
—No entiendo por qué tienes tantos.
—Porque los necesito.
—No necesitas tantos.
—¿Y tú qué sabes?
Ella tomó uno y lo levantó.
—Este ni siquiera lo has terminado.
—Lo terminaré.
—Llevas seis meses diciendo eso.
Julián sonrió.
—Algún día.
Ella dejó el libro a un lado.
—Siempre dices “algún día”.
—Porque algún día llega.
—No siempre.
La frase lo hizo levantar la mirada.
Ella tenía una expresión diferente.
Más seria.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Elena.
Ella suspiró.
—Solo estaba pensando.
—Eso nunca termina bien.
Ella sonrió.
—Idiota.
Después volvió a mirar los libros.
—¿Tú te imaginas viviendo aquí para siempre?
La pregunta lo sorprendió.
—¿Contigo?
Ella levantó la mirada.
—Sí.
Julián sintió que el corazón le daba un golpe.
—Sí.
La respuesta salió demasiado rápido.
Ella sonrió.
—Yo también podría acostumbrarme.
Julián se acercó.
—Entonces podrías quedarte.
Ella lo miró durante unos segundos.
—No sé.
—¿Por qué no?
—Porque algún día voy a tener que irme.
La frase quedó suspendida.
Julián frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque esto es temporal.
Él recordó haber sentido una pequeña decepción.
Pero después ella había sonreído.
—Además, tú eres insoportable cuando estás estresado.
Julián se rio.
—Eso no es una razón.
—Para mí sí.
Y la conversación había terminado allí.
Julián abrió los ojos.
La memoria se desvaneció.
Se quedó sentado frente al escritorio.
“Esto es temporal.”
Recordaba haber escuchado esas palabras.
Pero no recordaba haberles dado importancia.
Porque en aquel momento había pensado que lo temporal podía convertirse en permanente.
Que unos meses podían convertirse en años.
Que la costumbre podía transformarse en una vida.
Que quizá solo necesitaba tiempo.
En la siguiente sesión, Milena escuchó el recuerdo.
—Ella te dijo que era temporal.
—Sí.
—¿Y tú qué entendiste?
—Que todavía no estaba segura.
—¿Segura de qué?
Julián guardó silencio.
—De nosotros.
Milena lo miró.
—¿Ella dijo eso?
Julián negó con la cabeza.
—No.
—Entonces otra vez llenaste el espacio.
Él soltó una pequeña risa.
—Sí.
—¿Con qué?
—Con esperanza.
Milena asintió.
—La esperanza puede ser muy convincente.
Julián apoyó la espalda en el sillón.
—Yo realmente creía que solo necesitábamos tiempo.
—¿Tiempo para qué?
—Para que ella se diera cuenta.
—¿De qué?
Julián tardó en responder.
—De que lo nuestro podía funcionar.
Milena guardó silencio.
—¿Y si ella nunca estuvo intentando descubrir eso?
La pregunta dolió.
Julián cerró los ojos.
—Entonces todo este tiempo estuve esperando una respuesta a una pregunta que nunca le hice.
Milena no dijo nada.
Porque esa vez él había llegado solo a la conclusión.
Esa noche, Julián se acostó más temprano de lo habitual.
Había pasado el día recordando.
No quería hacerlo más.
Apagó la luz.
Cerró los ojos.
Y se quedó dormido.
La mañana apareció primero como una sensación.
Luz entrando por la ventana.
El sonido de una cremallera.
Pasos sobre el piso.
Después una imagen.
Elena.
Estaba junto a la puerta.
Tenía una maleta pequeña.
Julián la observaba desde el otro lado de la habitación.
—¿Ya te vas?
—Pronto.
La escena cambió.
Elena bajó la mirada.
Julián sintió la misma incomodidad que había sentido entonces.
Como si hubiera algo que necesitara decir.
Como si todavía estuviera esperando una respuesta.
Él escuchó su propia voz.
Hizo una pregunta.
Y Elena comenzó a responder.
—Yo…
Julián despertó.
Abrió los ojos de golpe.
La habitación estaba oscura.
Durante unos segundos no supo dónde estaba.
Se incorporó lentamente.
El corazón le latía con fuerza.
Había vuelto a escuchar aquella mañana.
Pero esta vez había algo diferente.
No había sido una fotografía.
No había sido un recuerdo provocado por un objeto.
Había sido su propia mente reconstruyendo una escena que llevaba años evitando mirar demasiado de cerca.
Julián se pasó una mano por el rostro.
Intentó recuperar la frase.
La pregunta.
La respuesta.
Pero solo encontró un fragmento.
“Yo…”
Nada más.
Se quedó sentado en la cama.
Entonces comprendió algo.
Un recuerdo no era una grabación.
Durante años había tomado lo que recordaba y había completado lo que faltaba con aquello que necesitaba creer.
Había hecho eso tantas veces que terminó confundiendo la interpretación con el recuerdo.
Pero ahora, por primera vez, podía distinguir una cosa de la otra.
No sabía exactamente qué había respondido Elena.
Y no iba a inventarlo.
Julián respiró profundamente.
Quizá esa era la diferencia.
Antes necesitaba llenar los silencios.
Ahora podía soportarlos.
Volvió a recostarse, pero ya no cerró los ojos.
La pregunta seguía allí.
La respuesta también.
En algún lugar de su memoria.
Y por primera vez, Julián estaba dispuesto a encontrarla sin decidir de antemano lo que quería escuchar.