CAPÍTULO 22 — Lo que no preguntó
Lo que no preguntó
El recuerdo llegó sin aviso.
No ocurrió durante la noche.
Ni mientras estaba en terapia.
Apareció una tarde cualquiera, mientras Julián preparaba café.
Abrió el armario y encontró una taza que no utilizaba desde hacía años.
Era blanca.
Tenía una pequeña grieta cerca del borde.
La reconoció inmediatamente.
Era de Elena.
La sostuvo entre las manos.
Y entonces recordó.
Habían pasado unas semanas desde que ella se había mudado temporalmente a su apartamento.
Era domingo.
Julián estaba sentado en la mesa del comedor leyendo.
Ella apareció en la cocina todavía con el cabello desordenado.
—¿Hay café?
—En la cafetera.
—¿Me serviste?
—No.
Ella lo miró con indignación.
—Qué poco caballero.
Julián sonrió.
—La cafetera está a menos de dos metros de ti.
—Pero tú ya estás sentado.
—Y tú estás de pie.
Ella hizo una mueca.
Después se sirvió café.
Se sentó frente a él.
Durante varios minutos ninguno habló.
Ella hojeó el libro que Julián estaba leyendo.
—¿Entiendes algo de esto?
—Sí.
—Qué aburrido eres.
Julián soltó una risa.
—Devuélvemelo.
Ella cerró el libro.
—No.
—Elena…
Ella sonrió.
—Está bien.
Le devolvió el libro y bebió otro sorbo de café.
Julián continuó leyendo.
Entonces ella habló.
—¿Te gusta que esté aquí?
Él levantó la mirada.
—Sí.
—¿Mucho?
—Mucho.
Ella sonrió.
—A mí también me gusta.
Julián sintió algo cálido en el pecho.
—Podríamos hacerlo más seguido.
Ella dejó la taza sobre la mesa.
—¿Qué cosa?
—Esto.
Señaló el apartamento.
—Vivir juntos.
Ella lo observó unos segundos.
—¿Cómo ahora?
—Sí.
—No sé.
La respuesta fue tan natural que Julián no le dio importancia.
—Podríamos acostumbrarnos.
Ella sonrió.
—Quizá.
Después volvió a beber café.
Y la conversación cambió.
Hablaron de otras cosas.
De un viaje.
De una película.
De un libro que querían comprar.
Julián nunca volvió a pensar en aquella conversación.
Hasta ahora.
Abrió los ojos.
Seguía en su cocina.
La taza de Elena permanecía entre sus manos.
“Quizá.”
Una palabra.
Nada más.
Pero ahora entendía que aquella respuesta no había sido una aceptación.
Tampoco una promesa.
Había sido simplemente eso.
Quizá.
Julián dejó la taza sobre la mesa.
Se sentó.
Intentó recordar qué había pensado aquel día.
Recordó perfectamente la sensación.
Había sentido que ella estaba feliz.
Que estaba cómoda.
Que aquella convivencia podía convertirse en algo permanente.
Pero ahora se preguntó: ¿Ella había dicho alguna vez que quería vivir con él?
No.
¿Había hablado de construir una vida juntos?
No.
¿Había dicho que quería ser su pareja?
No.
Julián cerró los ojos.
Entonces apareció otro recuerdo.
Elena estaba sentada en el sofá.
Tenía una manta sobre las piernas.
Él acababa de llegar de la universidad.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
—¿Seguro?
—Cansado.
Ella abrió los brazos.
—Ven.
Julián se sentó a su lado.
Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Qué bueno que estés aquí —dijo.
Él recordó haber sonreído.
Ahora, sin embargo, una pregunta apareció en su cabeza.
¿Qué había significado aquello para ella?
Quizá nada más que cariño.
Quizá confianza.
Quizá hogar.
Para él había significado mucho más.
En la siguiente sesión, Milena lo escuchó sin interrumpir.
—Encontré un recuerdo.
—Cuéntame.
Julián le habló de la taza.
De aquella conversación.
De la palabra.
—“Quizá” —repitió Milena.
—Sí.
—¿Qué significó para ti en ese momento?
—Que estaba considerando quedarse.
—¿Eso fue lo que dijo?
—No.
—¿Entonces?
Julián bajó la mirada.
—Yo lo interpreté así.
Milena asintió.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que no sé qué quiso decir.
—Eso puede ser difícil de aceptar.
—Lo es.
Hubo un silencio.
—¿Sabes qué es lo que más me preocupa? —preguntó Julián.
—¿Qué?
—Que quizá durante años yo hice esto.
—¿Esto qué?
—Tomar algo que ella hacía y convertirlo en una respuesta que nunca me dio.
Milena no respondió inmediatamente.
—¿Y qué crees que buscabas?
Julián pensó.
—Confirmación.
—¿De qué?
—De que algún día iba a elegirme.
Milena lo observó en silencio.
Julián tragó saliva.
—Creo que necesitaba que todas esas pequeñas cosas significaran algo.
—Porque si significaban algo…
—Entonces no estaba esperando en vano.
Milena asintió lentamente.
—Y si no significaban eso…
Julián terminó la frase.
—Entonces estuve esperando algo que ella nunca prometió.
El silencio se hizo más profundo.
Por primera vez, Julián no intentó defender su recuerdo.
Solo lo dejó existir.
Con todas sus dudas.
Esa noche guardó la taza nuevamente en el armario.
Pero antes de cerrar la puerta, la miró una última vez.
Recordó a Elena bebiendo café.
La recordó riéndose.
La recordó apoyando la cabeza sobre su hombro.
Y comprendió algo que le dolió más de lo que esperaba: No necesitaba inventar nada para haberla amado.
Había tenido suficientes razones reales.
El problema era que había convertido esas razones en una promesa que ella nunca había hecho.
Cerró lentamente el armario.
Y por primera vez, el recuerdo de aquellos meses dejó de parecerle una historia de amor incompleta.
Empezó a parecerle otra cosa.
Una amistad que él había querido convertir en destino.