CAPÍTULO 20 — La elección
La elección
Durante los días siguientes, Julián intentó no pensar demasiado en la última sesión.
No lo consiguió.
La pregunta de Milena regresaba en los momentos más inesperados.
¿Por qué ella?
La respuesta siempre parecía sencilla.
Porque la amaba.
Pero cada vez que intentaba quedarse con esa explicación, aparecía una incomodidad difícil de ignorar.
El viernes, mientras preparaba sus clases, encontró una fotografía entre las páginas de un libro.
Ella aparecía sentada en el suelo de la biblioteca.
Tenía varios libros alrededor y una expresión de concentración que él conocía perfectamente.
Julián sonrió.
Recordó aquella tarde.
Habían pasado horas estudiando.
Ella se había quejado del cansancio.
Él le había llevado café.
Ella había terminado robándole la mitad.
Todo parecía tan sencillo entonces.
Dejó la fotografía sobre el escritorio.
Intentó continuar trabajando.
No pudo.
La siguiente sesión llegó unos días después.
Milena lo recibió con la misma serenidad de siempre.
—¿Cómo has estado?
—Pensando.
—Eso ya lo sé.
Julián sonrió.
—Demasiado, otra vez.
Milena tomó asiento.
—¿En qué?
—En Elena.
Esta vez pronunció su nombre con naturalidad.
Milena lo notó, pero no hizo ningún comentario.
—La última vez hablamos de que nunca hubo una conversación donde ambos decidieran ser pareja.
—Sí.
—Y aun así tú sentías que lo eran.
—Sí.
—¿Por qué?
Julián permaneció en silencio.
—Porque la amaba.
—Eso explica lo que sentías.
Milena hizo una pausa.
—No explica por qué necesitabas que fuera ella.
Julián levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
—Si lo que buscabas era una relación, ¿por qué tenía que ser Elena?
La pregunta le pareció extraña.
—Porque…
Se detuvo.
Buscó una respuesta que antes habría dado sin pensarlo.
—Porque la conocía.
Milena esperó.
—La conocía de verdad —continuó él—. Sabía cómo era. Sabía qué le gustaba, qué la molestaba, cómo reaccionaba cuando estaba triste. No tenía que explicarle quién era.
—¿Eso era importante para ti?
—Mucho.
—¿Por qué?
Julián bajó la mirada hacia sus manos.
—Porque empezar con alguien nuevo siempre me ha parecido complicado.
Milena no respondió.
Él continuó: —No soy bueno con la incertidumbre.
—¿No?
—No.
Sonrió ligeramente.
—Me gusta saber dónde estoy parado.
—¿Y con Elena sabías dónde estabas parado?
La pregunta lo hizo callar.
Después de unos segundos respondió: —Creía que sí.
Milena inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué era lo que conocías?
—Todo.
—¿Todo?
—Su manera de pensar. Sus costumbres. Sus silencios. Sabía cuándo estaba molesta aunque no dijera nada. Sabía cuándo necesitaba que la dejaran tranquila y cuándo necesitaba que me quedara.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Ella también me conocía así.
—Entonces se entendían muy bien.
—Sí.
—Como amigos.
Julián levantó la mirada.
No respondió inmediatamente.
—Sí.
La palabra pareció incomodarlo.
Milena no insistió.
—¿Te daba miedo conocer a alguien que no supieras cómo iba a reaccionar?
Julián respiró profundamente.
—Supongo.
—¿Y Elena no representaba eso?
—No.
—¿Qué representaba?
Julián tardó unos segundos.
—Seguridad.
La palabra salió casi en un susurro.
Milena la dejó permanecer en el aire.
—¿Seguridad?
—Sí.
Julián se acomodó en el sillón.
—Con ella sabía que no iba a despertarme un día y descubrir que era una desconocida.
—Pero eso no significa que quisiera ser tu pareja.
Él bajó la mirada.
—Lo sé.
Milena lo observó.
—¿Lo sabes ahora?
Julián levantó los ojos.
La pregunta lo sorprendió.
—Creo que sí.
—¿Y antes?
Silencio.
—Antes no necesitaba preguntármelo.
Milena dejó la libreta sobre sus piernas.
—¿Por qué?
Julián miró hacia la ventana.
—Porque todo parecía encajar.
—¿Qué cosas?
—Ella estaba ahí.
—Eso no es suficiente para construir una relación.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabías entonces?
Julián no respondió.
La terapeuta esperó.
Finalmente él dijo: —No.
Milena asintió lentamente.
—Quizá eso sea lo que necesitamos entender.
Julián frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué cosa?
—Que una persona puede ser perfecta para formar parte de tu vida y, aun así, no ser la persona con la que debe construirse una relación romántica.
Él permaneció inmóvil.
—Y quizá —continuó Milena— tú confundiste una cosa con la otra.
Julián tragó saliva.
No quiso responder.
Porque por primera vez aquella posibilidad no le parecía completamente absurda.
Esa tarde regresó a casa más temprano.
Dejó el maletín sobre la mesa.
Se quitó el reloj.
Después permaneció de pie en medio de la sala.
Pensó en Elena.
En todos aquellos años.
En todo lo que habían compartido.
Y por primera vez intentó imaginar algo que siempre había evitado:
Una vida en la que ella siguiera siendo importante…
Pero no como su pareja.
La imagen le produjo una tristeza profunda.
No porque fuera imposible.
Sino porque comenzaba a parecerle posible.
Se sentó lentamente.
Miró sus manos.
Había pasado tantos años pensando que la historia entre ellos tenía un destino inevitable que nunca se preguntó si ese destino había sido solamente suyo.
Cerró los ojos.
Y entonces apareció un recuerdo.
No completo.
Solo un fragmento.
Una habitación.
Una maleta abierta.
La voz de Elena.
Y una frase que hasta ese momento no había vuelto a escuchar con claridad:
—Julián… somos amigos.
Abrió los ojos.
El corazón comenzó a latirle más rápido.
No sabía por qué ese recuerdo había regresado precisamente ahora.
Pero esta vez no intentó apartarlo.
Se quedó quieto.
Escuchándolo.