CAPÍTULO 19 — Lo que significaba estar juntos
Lo que significaba estar juntos
El lunes llegó acompañado de una sensación extraña.
Julián había pasado el fin de semana revisando fotografías, conversaciones y fechas.
No había encontrado el comienzo que buscaba.
O quizá había descubierto algo peor.
No sabía exactamente cuándo había dejado de ser amigo de ella para convertirse en su pareja.
Cuando llegó al consultorio, Milena ya estaba allí.
—Buenos días, Julián.
—Buenos días.
Se sentó en el sillón de siempre.
Milena cerró la puerta y tomó asiento frente a él.
—¿Cómo estuvo tu fin de semana?
Julián soltó una pequeña sonrisa.
—Largo.
—¿Pensaste mucho?
—Demasiado.
Milena esperó.
—¿En qué?
Julián bajó la mirada.
—En ella.
—¿Qué pensaste?
Él respiró profundamente.
—En cómo empezó todo.
—¿Todo qué?
Julián levantó la vista.
—Lo nuestro.
Milena no corrigió la expresión.
—¿Encontraste algo?
—No.
Su voz sonó más cansada que frustrada.
—Y eso es lo que me está volviendo loco.
—¿Por qué?
—Porque recuerdo casi todo lo demás.
Se acomodó en el sillón.
—Recuerdo cuándo nos conocimos. La universidad. Los viajes. Los cumpleaños. Las noches hablando. Recuerdo cuando empezamos a pasar más tiempo juntos.
Hizo una pausa.
—Incluso recuerdo cuando vivió conmigo.
Milena levantó ligeramente las cejas.
—¿Vivió contigo?
—Sí.
—Pensé que nunca habían vivido juntos.
—No fue permanente.
Julián sonrió al recordarlo.
—Fueron unos meses.
—¿Por qué se quedó contigo?
—Necesitaba un lugar donde estar durante un tiempo. Y yo le dije que podía quedarse conmigo.
—¿Y cómo fue?
La respuesta salió casi de inmediato.
—Bien.
Después sonrió.
—Muy bien.
Por un momento pareció olvidar que estaba en terapia.
—Ella se levantaba antes que yo. Preparaba café. Después discutíamos por quién iba a usar primero el baño.
Milena sonrió ligeramente.
—¿Discutían?
—Por tonterías.
Julián soltó una pequeña risa.
—Ella decía que yo tardaba demasiado. Yo le decía que se apropiaba del baño como si fuera suyo.
—Parece que tenían mucha confianza.
—La teníamos.
Su expresión se suavizó.
—Era como vivir con alguien que conocías de toda la vida.
Milena observó su rostro.
—¿Dormían en habitaciones separadas?
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
—Ella tenía su habitación.
—¿Y durante esos meses sentiste que la relación entre ustedes había cambiado?
Julián permaneció en silencio unos segundos.
—Sí.
—¿En qué sentido?
—Era diferente.
—¿Más cercana?
—Mucho.
Sonrió.
—Yo sentía que por fin estábamos viviendo algo que siempre había esperado.
Milena inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Ella también lo veía así?
La sonrisa de Julián desapareció poco a poco.
—Creo que sí.
—¿Crees?
—Estaba allí.
—Eso no responde la pregunta.
Él bajó la mirada.
—No sé.
Milena dejó que el silencio permaneciera unos segundos.
—¿Hablaron de lo que significaba para ustedes vivir juntos?
Julián negó con la cabeza.
—No directamente.
—¿Hablaron de ser pareja?
Otra pausa.
—No de esa manera.
—Entonces, ¿cuándo supiste que eran pareja?
Julián levantó la mirada.
La pregunta lo tomó desprevenido.
—Después.
—¿Después de qué?
—Después de esos meses.
—¿Hubo una conversación?
—No.
Milena esperó.
—¿Entonces cómo lo supiste?
Julián abrió la boca.
La cerró.
Miró hacia la ventana.
—Simplemente lo sabía.
Milena no escribió nada.
—¿Qué significaba para ti ser pareja?
Julián pensó unos segundos.
—Estar ahí.
—¿Solo eso?
—No.
Buscó las palabras.
—Elegirse.
Milena lo observó.
—¿Ella te dijo que te había elegido?
Julián negó lentamente.
—No con esas palabras.
—¿Te dijo que quería estar contigo?
—Sí.
—¿Cómo pareja?
El silencio volvió.
—No sé.
Milena apoyó la libreta sobre sus piernas.
—Julián, no estoy intentando demostrarte que no la amabas.
Él la miró.
—Entonces, ¿qué estás intentando demostrar?
—Nada.
Su voz permaneció tranquila.
—Estoy intentando entender cómo llegaste a una conclusión que nunca hablaron explícitamente.
Julián se quedó callado.
—Porque una cosa es lo que sentías por ella —continuó Milena— y otra es cómo ambos entendían lo que tenían.
—Yo la amaba.
—Lo sé.
—Y ella me quería.
—También lo creo.
Julián frunció el ceño.
—Entonces no entiendo cuál es el problema.
Milena hizo una pausa.
—Quizá el problema no está en lo que sentían.
—¿Entonces?
—En lo que cada uno entendía que significaban esos sentimientos.
Julián apartó la mirada.
Durante unos segundos ninguno habló.
Entonces él dijo: —Ella nunca me dijo que no.
Milena levantó ligeramente la cabeza.
—¿A qué?
Julián tardó en responder.
—A nosotros.
La frase quedó suspendida entre los dos.
Milena no insistió.
Todavía no.
Al salir del consultorio, Julián caminó lentamente.
La conversación había dejado una sensación incómoda.
No porque Milena hubiera dicho algo que no supiera.
Sino porque había conseguido convertir algo que para él siempre había sido evidente en una pregunta.
Mientras caminaba, recordó aquellos meses.
El apartamento.
El café de las mañanas.
Los libros sobre la mesa.
Las discusiones absurdas.
Las noches en las que hablaban hasta quedarse dormidos.
Recordaba haber sido feliz.
Muy feliz.
Y recordaba haber pensado: Ahora sí.
No sabía exactamente qué significaba ese pensamiento.
Pero sabía lo que había sentido.
Por primera vez creyó que ella también estaba viendo el futuro que él había imaginado durante tantos años.
Llegó a casa.
Después cerró los ojos.
Y por primera vez en mucho tiempo, dijo su nombre en voz alta.
—Elena.