Perdida CAPÍTULO 18 — El comienzo
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CAPÍTULO 18 — El comienzo

El comienzo

Julián llegó a casa antes del mediodía.

Había pasado toda la mañana intentando convencerse de que lo ocurrido en el parque no significaba nada.

Una palabra.

Eso era todo.

Una palabra dicha por un hombre que apenas recordaba cómo habían sido ellos tantos años atrás.

Amistad.

Podía significar muchas cosas.

No tenía por qué cambiar nada.

Dejó las llaves sobre la mesa y encendió la computadora.

Se quedó unos segundos mirando la pantalla.

Después abrió una carpeta.

Fotografías.

Documentos.

Conversaciones antiguas.

Todo estaba organizado por años.

Julián siempre había tenido la costumbre de guardar las cosas.

No porque temiera perderlas.

Simplemente le gustaba saber dónde estaba cada recuerdo.

Abrió la carpeta del primer año de universidad.

Fotografías de clases.

Trabajos.

Viajes.

Una celebración de cumpleaños.

Ella aparecía en casi todas.

Sonrió.

Pasó una por una.

Había tantas que dejó de contar.

Abrió una conversación antigua.

Leyó durante varios minutos.

Había mensajes a cualquier hora.

Ella preguntándole si ya había comido.

Él quejándose de un profesor.

Ella enviándole una fotografía de un libro que acababa de comprar.

Él diciéndole que tenía que dejar de gastar dinero en libros que no iba a terminar.

Ella respondiendo: “Algún día te demostraré que sí los termino.”

Julián sonrió.

Todo estaba allí.

La confianza.

La cercanía.

Los años compartidos.

Siguió bajando.

Buscó una fecha.

Después otra.

Intentaba encontrar algo concreto.

La primera vez que le dijo que la amaba.

La primera vez que ella se lo dijo a él.

El primer beso.

El momento en que habían decidido intentarlo.

Algo que pudiera señalar y decir: Aquí.

Aquí comenzó.

Pasaron veinte minutos.

Después cuarenta.

Después más de una hora.

Nada.

Julián se recostó en la silla.

Abrió otra carpeta.

Después otra.

Encontró una fotografía de ambos en una fiesta.

Otra durante un viaje.

Otra en la universidad.

Otra muchos años después.

El tiempo había pasado frente a sus ojos.

Y, sin embargo, el comienzo seguía sin aparecer.

Frunció el ceño.

—Tiene que estar.

Abrió una conversación al azar.

Leyó.

“¿Llegaste bien?”

“Sí.”

“Avísame cuando estés en casa.”

“Ya llegué.”

“Perfecto. Descansa.”

Cerró la conversación.

Abrió otra.

“¿Quieres que mañana pasemos por la librería?”

“Sí.”

“Entonces te recojo a las cinco.”

Otra.

“Gracias por hoy.”

“Siempre.”

Julián permaneció inmóvil.

Siempre.

Esa palabra aparecía una y otra vez.

Pero nunca encontraba un “te amo”.

Nunca encontraba un “quiero estar contigo”.

Nunca encontraba un “somos pareja”.

Solo estaba aquello.

La costumbre de estar.

La certeza de acompañarse.

La familiaridad de dos personas que parecían haber aprendido a caminar juntas sin preguntarse hacia dónde iban.

Julián cerró los ojos.

Por un instante volvió a escuchar la voz de Milena.

—¿Recuerdas cuándo descubriste que estabas enamorado?

Había respondido que no hubo un día.

Quizás porque no existía.

Abrió los ojos.

—No.

Lo dijo en voz baja.

—Tiene que haber ocurrido.

Pero incluso al decirlo, la seguridad había perdido fuerza.

A varios kilómetros de allí, Milena terminó su jornada poco después de las seis.

Cerró la puerta del consultorio y permaneció unos segundos en silencio.

Había sido un día largo.

Dejó la bata sobre el respaldo de una silla y guardó algunos documentos en su bolso.

Antes de salir, miró la libreta que había dejado sobre el escritorio.

La abrió.

En una de las páginas estaba el nombre de Julián.

Debajo había algunas anotaciones.

No eran diagnósticos.

Todavía no.

Solo observaciones.

Recuerdos afectivos muy vívidos.

Alta carga emocional al hablar de ella.

Dificultad para identificar acontecimientos que definan el inicio de la relación.

Milena leyó la última línea nuevamente.

Después añadió una palabra.

Contradicciones.

Se quedó observándola.

No le gustaba escribirla.

Las contradicciones no significaban necesariamente que alguien estuviera mintiendo.

Mucho menos que estuviera inventando una historia.

La memoria humana era más compleja que eso.

Cerró la libreta.

Tomó su bolso y salió.

Esa noche, Milena llegó a su apartamento.

Vivía sola.

No era un lugar demasiado grande, pero sí tranquilo.

Dejó el bolso sobre una silla y abrió una ventana.

La ciudad estaba húmeda después de la lluvia de los últimos días.

Preparó té.

Después se sentó en el sofá con las piernas recogidas y abrió un libro que llevaba semanas intentando terminar.

Leyó dos páginas.

No pudo concentrarse.

Cerró el libro.

La frase de Julián había regresado.

“Sentía que teníamos toda la vida por delante.”

Milena había escuchado cientos de historias de amor durante su carrera.

Historias intensas.

Historias breves.

Historias que habían durado décadas.

Y había aprendido algo: A veces una persona no recuerda un acontecimiento porque no ocurrió.

Pero otras veces no lo recuerda porque nunca necesitó ponerle un nombre.

Se levantó y caminó hasta la cocina.

Mientras calentaba agua, recordó otra frase de aquella tarde.

“Éramos amigos. Los mejores.”

No había contradicción en eso.

Podían haber sido amigos.

Podían haberse amado.

Podían incluso haber entendido de manera diferente lo que significaba estar juntos.

Milena no quería adelantarse.

Todavía no.

Volvió a mirar el reloj.

Era tarde.

Apagó la luz de la cocina.

Antes de irse a dormir, tomó nuevamente la libreta.

Escribió una última pregunta.

¿Cómo recuerda él que comenzó?

Se quedó pensando.

Después añadió: ¿Y cómo lo recuerda ella?

Milena cerró la libreta.

Todavía no conocía la respuesta a ninguna de las dos preguntas.

Pero había algo que sí sabía.

Si quería entender a Julián, tendría que dejar de buscar únicamente lo que faltaba en sus recuerdos.

También tendría que prestar atención a lo que sí estaba allí.

A la mañana siguiente, Julián volvió a sentarse frente a la computadora.

Había pasado casi toda la noche pensando en lo mismo.

Abrió nuevamente las fotografías.

Esta vez no buscó momentos románticos.

Buscó fechas.

Buscó lugares.

Buscó personas.

Intentó reconstruir los años como si fueran piezas de un rompecabezas.

Y entonces encontró una fotografía que no había visto la noche anterior.

Era antigua.

Mucho más de lo que esperaba.

Los dos estaban sentados frente a un edificio de la universidad.

Ella sostenía dos cafés.

Él tenía un libro bajo el brazo.

En la parte posterior había una fecha escrita a mano.

Julián le dio la vuelta.

La leyó.

Y se quedó inmóvil.

Era de años antes de todo lo que él consideraba el inicio de su relación.

Miró nuevamente la fotografía.

Ella sonreía.

Él también.

Parecían felices.

Pero no había nada diferente.

Ninguna señal.

Ningún comienzo.

Solo dos personas que ya parecían conocerse demasiado bien.

Julián sintió un vacío en el estómago.

Porque por primera vez se hizo una pregunta que nunca antes había necesitado hacerse.

Quizás no estaba buscando el momento en que se enamoraron.

Quizás estaba buscando el momento en que él decidió que aquello era amor.

Y no sabía si esas dos cosas habían ocurrido al mismo tiempo.